viernes, 5 de mayo de 2017

LA PASMA NO DUERME (I): KAMIKAZE











En ocasiones nos sobrepasan los acontecimientos, y cuando queremos darnos cuenta ya es tarde, para entonces estamos en caída libre hacia el abismo











Kamikaze. Con aquel apelativo le bautizaron sus compañeros en su primera actuación como policía novato. ¡Y tan novato!, recién llegado al cuerpo de la policía y a aquel destino, directamente del pueblo. Pasó bruscamente del seguro silencio de la oscuridad rural al peligroso murmullo de la noche de la gran ciudad.

Sensación que aunque percibiendo hosca, ceñuda y amenazadora no le amilanó; al contrario le provocaba cierto atrevimiento, rayano la temeridad, en la necesidad de percibir la adrenalina bullendo dentro de su joven cuerpo enfrentando situaciones extremas, con las que se sentía atraído, y a las que voluntariamente se expuso ya desde muy pequeño, en continuo tormento para la madre. Le fascinaba aquel despertar intenso de los sentidos frente al peligro.

Aún recordaba su primer contacto con ese deseado mundo, al que se dirigía convencido:  plagado en su imaginación de asuntos peligrosos, en lucha  constante contra los malos de la sociedad a los que pensaba, ya desde aquel primer momento, no darles cuartel hasta verlos entre rejas, y con el que había soñado mucho tiempo atrás. Aún tenía reciente la sorpresa en su encuentro con los desvencijados locales de la comisaría de policía, en el entresuelo de un viejo edificio del barrio más antiguo de aquella ciudad marítima, en donde a la noche le esperaban: ¡Qué es esto!, exclamó alarmado por el estado de degradación de las dependencias policiales.

Se identificó con su reciente y pulida placa insignia al guardia de la entrada. Éste le redirigió hasta el despacho del comisario de noche, al que al principio apenas pudo ver bien, envuelta la cara en una viciada mezcla de aire contaminado con humo de tabaco de un extraño olor dulzón. En la pausa de la adición durante la conversación de presentación de ambos, el humo empezó a desvanecerse entre volutas que ascendían al ennegrecido y alto techo, dejando al descubierto unas curtidas facciones de profundos surcos en la cara del comisario, que, como huellas delatoras, le habían marcado cada uno de aquellos espantosos casos que difícilmente había tenido que digerir en la profundidad de sus vísceras y en lo más intrincado de su mente hasta hacerse insensible al espanto. Secuencias continuas de una vida de actividad profesional, próxima a la jubilación, en contacto con la perversión de las conductas a las que conduce la miseria humana.

Ahora una pátina endurecida de insensibilidad cubría su expresión, la que mostraba sólo hastío y cansancio: Ya están aquí tus compañeros, le dijo con cierta bulla don Ricardo, su superior ahora, identificando en la escucha de algún ruido acostumbrado la llegada de estos. Recogió con desatada ansia la pipa de fumar que había dejado encima de su mesa mientras hablaban; prendió de nuevo el tabaco, ceremoniosamente prensado,  con una larga cerilla; y sin dejar de observar aquella insolente cara joven enfrente que retaba su degradada y acartonada piel, se acercó la cachimba a la boca con acusado gesto de melancolía: la del recuerdo mucho tiempo atrás, cuando ingresó en el cuerpo con la misma juventud que su interlocutor, y, seguramente, con las mismas ganas de pelear contra la canalla, que le mostraba el joven policía.

Expelió al ya cargado ambiente de la rancia habitación otra andanada de denso humo de tabaco oloroso a través de la bocacha de madera oscura, que como una chimenea no cesaba ahora en su función de la quema de tabaco haciendo de nuevo casi invisible su cara, cuando, tras un golpe seco de señal en la puerta, entró el inspector jefe del grupo de noche. Aprovechó entonces el comisario para presentarle al nuevo: Gerardo --era el único que no le llamaba por el apodo del Tuerto-- te he agregado un nuevo miembro al grupo, le decía con su característica voz grave y algo ronca, mientras le inquiría su nombre al pueblerino: ¿Me has dicho que te llamas?..., para después edulcorar los oídos de su subordinado más inmediato: Te dejo con el mejor maestro; despidiéndose de él en el relevo de la responsabilidad del servicio: Estoy en el sitio de siempre; ese disimulado lugar del que el Tuerto sabía no había que molestarle a no ser por algún asunto grave muy urgente.

Hola, bienvenido!, llámame Tuerto, se presentaba el jefe del grupo al mando ahora de la brigadilla de noctámbulos, a cuyos otros integrantes que entraban con cierto alboroto en ese momento conoció el nuevo en sus señas más irrelevantes, e inmediatamente exaltadas con cierto recochineo por el Tuerto: Este es Sevillano, como ves guaperas, alto y un experto en chorbas, en especial mulatas; este otro es Amancio, un seductor de arrabal, vamos la encarnación de Carlos Gardel; aquí Luis que, aunque tiene un aspecto de cura confesor ¡que te cagas!, es un neto follador, a lo mejor por eso; este es Jesús, el más normal de todos pero tiene un puto defecto: nos suelo desvalijar la cartera a todos en las timbas. A cada una de las presentaciones sus compañeros le hicieron sus acostumbradas contrarréplicas, también en clave de humor, que siempre acababan con el Tuerto haciendo aquella desagradable mueca del ojo derecho girándolo dentro de la cuenca, haciendo desaparecer la pupila hasta dejarlo en blanco; a la vez que le daban la bienvenida al nuevo compañero con un apretón de manos. 

Soy Salvador, dijo el nuevo presentándose después de relajar el gesto de repelús en su cara al ver voltear el ojo de su ahora jefe: ¡Encantado de conoceros! Después hablaron entre los veteranos si esperaban a Mora, el otro policía del servicio de noche que faltaba y que hacía la guerra aparte, o iban en su busca. No le revelaron al nuevo de momento el secreto de aquel último compañero: era una especie de policía bujarrón, y salieron del viejo edificio a salvar de las fuerzas del mal a los habitantes de aquella parte vieja de la ciudad.

Por el inicio de la rambla arbolada, calle abajo hacia el puerto iban los cinco veteranos hablando amigablemente entre ellos, distendidos aunque ojo avizor, aleccionando en su primera clase práctica al novato que, arropado por éstos, no hablaba; sólo escuchaba intentando captar rápidamente de entre aquella marabunta de gente que transitaba el popular bulevar, las actitudes escamadas y los gestos sospechosos que estos le advertían, a fin de que aprendiera a discernir los comportamientos del hampa desde el primer día.

Abandonaron la amplia calle en el límite bajo del distrito que quedaba señalizado por la ecléctica fachada del gran teatro de la ciudad que relucía de luces hacia la rambla, engalanada con sus viejos ropajes historicistas de arcos, pilastras y columnillas de antigua gloria de liceo de ópera; la que enseñoreaba todavía; y se introdujeron en el intrincado laberinto de tortuosas calles, algunas tan estrechas que se podía hablar desde los balcones de las casas enfrentadas. Al nuevo la noche le pareció aún más sórdida en aquellos ambientes semioscuros después de dejar el ancho bulevar, y no tardó en comprobarlo cuando de improviso oyó un grito ronco: ¡Agua va!,  que le sobresaltó, seguido de inmediato por un ruido secó detrás, como de lanzamiento de algún liquido desde arriba: Ya nos han mordido, dijo el Tuerto, sin darle mayor importancia. Ahora toda la calle sabía que por allí andaba la pasma de ronda, y seguramente habían contado uno más que de costumbre.

El silencio de las solitarias calles recorridas por el grupo; contrastaba, ahora, con la movida actividad de tránsito de personas en el cruce de las dos calles más conocidas y nombradas de aquella parte del distrito: la zona que tenía más densidad de viviendas antiguas, entre cuyas paredes no habitaban ya cuerpos de personas sino su seña más visible: la miseria fisiológica que había anidado profundamente en ellos. Eran los excluidos: habitantes inexistentes para los del otro lado de la popular plaza, que en el límite de la parte alta de la demarcación policial, era destino obligado de visitantes que se fotografiaban envueltos en los plumones, como manchas blancuzcas y grises, de innumerables palomas urbanas encaramadas hasta sus brazos en cruz, con las manos abiertas ofreciéndoles semillas de grano que se vendían en pequeños tenderetes. Borde que, en profundo contraste, indicaba el inicio de uno de los distritos más señoriales de la ciudad.

Encrucijada de las dos calles que era punto de encuentro de putas, chaperos, peras, chulos, bujarrones, camellos..., y visitantes varios apremiados por sus malandanzas, adiciones orgánicas, desahogos de bragueta, y otras urgencias innombrables para la cursilería del otro lado de la plaza.

El bar de camareras de una de las esquinas del cruce, lucía con tenues y macilentas luces de colores, como acostumbraba al paso de la brigadilla de noche por su puerta de cristal, desde la que el Tuerto y los otros cuatro veteranos reconocieron, entre algunos clientes dispersos la figura de Mora, su compañero, en el rincón habitual. Al fondo de la barra, en el encuentro con la pared, Mora con la misma apostura que daba en la imagen cinematográfica un joven Robert Mitchum --a quién se parecía bastante-- en su papel de detective barato de bajos fondos de suburbio, y con la misma sonrisa impostada de aquél en el dominio de la situación y el mismo mechón de pelo del galán del cine americano cayéndole por la frente, en ese momento le hacía una confidencia al oído de la chica que destacaba sobremanera --inclinada hacia él desde dentro del mostrador-- por su altura: una chorba diez venezolana de una leonina melena cobriza que estrujaba contra su cabeza, con las caras muy juntas.

Ella le miraba embelesada con unos grandes ojos claros de gata, proyectando su sumisión en el parpadeo ostensible e irreprimible de unas largas pestañas negras, ante la insistente mirada fija de ojos saltones del policía; su protector. Sin querer romper la tensión del momento íntimo con la chica, Mora solo giró levemente la cabeza hacia la entrada en donde ya había escuchado los familiares saludos de sus compañeros.

Amancio carraspeó aclarándose la garganta como de costumbre cada vez que se arrancaba con voz grave por Gardel: Barrio plateado por la luna / rumores de milonga / es toda tu fortuna /... Primeros sones que eran suficiente reclamo de la camarera más joven: una pebeta argentina que enseguida se le acercó arreglándole melosamente el pañuelo que cubría su cuello, y sobándole por los hombros le saludó retando su temple imitador de seductor porteño, en la proximidad susurrante de su fuerte aliento de tabaco y alcohol con reminiscencias azufradas: ¿Cómo estás vos querido?, acompañándole de inmediato, aunque desafinaba, en el estribillo del tango: Barrio / barrio / que tenés el alma inquieta / de un gorrión sentimental / ..., al tiempo que abrazados se dejaron arrastrar de mutua intención hacia el mostrador.

Al instante desde el interior de la barra se les acercó la venezolana de melena cobriza, marcando territorio. Saludó a él con zalamería, mientras miraba con displicencia de mastrenza a la joven camarera en la voluntad de que atendiera al resto de la clientela: ¡Vamos!, que tienes a todos estos caballeros muy apagados; quiero que sirvas copas sin parar. Al momento se acopló a ellos Sevillano con la camarera mulata, a la que la jefa caraqueña despachó con la misma indolencia y rapidez de antes; intimando conversación con los inspectores de policía.

De forma disimulada, para despiste de los clientes a los que servía sólo licor de garrafón, extrajo de debajo del mostrador un botellón de suave y añejo whisky de malta, sirviéndolo a ambos en vasos largos con mucho hielo, bajo la mirada de complicidad y beneplácito de su protector, al que ahora se habían unido el Tuerto, Luis, Jesús y, algo retrasado, el nuevo que fue inmediatamente presentado a su compañero. Sin bajarse de la banqueta en la que permanecía sentado, Mora le prodigó a Salvador una escrutadora mirada de arriba-abajo en un gesto de escéptica aprobación, algo así como perdonándole la vida, muy propio de pedante veterano hacia novato, dándole la bienvenida seguidamente con un fuerte apretón de manos que casi le hizo daño. Salvador no entendía lo que percibió visible del recién compañero: un verso suelto que campaba a sus anchas por el intrincado mundo criminal, en cuya difusa y peligrosa frontera, posiblemente, se estuviera manteniendo, siempre al borde del abismo.

No era sólo el dominio de la situación en el local, del que parecía fuera el dueño del cotarro, sino su aparente seguridad y conocimiento al hablar del submundo de la noche, del que formaba parte el ambiente cutre de aquel espacio al que Mora se mostraba perfectamente acoplado, y que, aunque sin figurar en los documentos, parecía regentarlo. Lugar de paso de policías, confidentes, macarras, mamporreros... y cualquier espécimen consustancial con aquella parte marginada de la ciudad en la que ahora Salvador estaba inmerso, recién llegado del pueblo, con sus oscuros personajes y sus complicados y peligrosos entresijos donde cualquiera se jugaba la cartera, y lo que era peor: la propia vida; submundo que --adivinaban bien-- afloraba sobre todo en aquellas intempestivas horas, cuando el resto de los habitantes de la urbe dormían: Sabemos algo del que mató a la vieja, le preguntó el Tuerto por lo bajo a Mora.

En una calle muy próxima a la comisaría, unos días antes de la incorporación de Salvador, los primeros bomberos que habían aperturado violentamente la puerta, les costó llegar hasta el cadáver de la anciana descubierto en una de las habitaciones, flotando sobre toda la basura inimaginable que se pudiera haber acumulado durante muchos años en una vivienda, y que ya había llegado hasta la puerta de entrada. Repugnancia por el mal olor y los pequeños insectos que pululaban por entre las inmundicias orgánicas, que tuvieron que vencer los cuatro inspectores del servicio de noche al mando del Tuerto, cuando los esforzados bomberos dieron paso a los investigadores de lo que parecía un crimen pues la anciana presentaba una hendidura en el cuello, en el que se alojaba, visiblemente apretado, un grueso cable eléctrico que, posiblemente, le produjo la asfixia por la señas amoratadas de su cara.

Cuando se preguntó a los vecinos, todos confirmaron las continuas denuncias por el mal olor, que, según decían, nunca fueron atendidas por los funcionarios municipales, sin aportar ningún otro dato relevante del trágico suceso, a excepción de la vecina del mismo rellano que ya en los últimos días había observado como la anciana abría la puerta con asiduidad a un chico joven, alto y rubio; señas que había observado a través de la mirilla de su puerta a la que pegaba literalmente el ojo con cada sonido de la llamada del timbre de la vecina mayor, extrañada de las visitas en la desconfianza de la solitaria vieja que nunca abría la puerta a nadie.

- Ha habido un individuo con las señas que dio la vecina pululando la noche del crimen, y hasta altas horas de la madrugada, por varios puti-clubs del barrio, en los que arrasó con la existencias de alcohol; vamos que bebió como un cosaco; le reveló Mora a sus compañeros. A él se lo había dicho su pibón venezolana, y a ésta varias de sus colegas: camareras de alterne de los bares de copas a los que visitó el mismo joven rubio, y a las que había prevenido del interés de su protector.

La Maña, desaforada aragonesa que inaugurara, muchos años atrás, el Gran Manhattan --club de alterne ahora venido a menos, al igual que su cuerpo-- en el límite con el vecino distrito policial en dirección al puerto --al que llamaban barrio chino--; le dio más detalles: Cuando entró en el bar... ¡ay maña! lo bebido que iba... empezó a desbarrar... ¡maña!... de algo de una vieja... no sé... no se le entendía muy bien porque hablaba así como farfullando y en raro, como si fuera extranjero...; ¡ay maña!, tu no sabes lo pesado que se puso con lo de la vieja; y como ya estaba muy borracho le obligamos a que pagara y le despachamos a la calle rápidamente, por donde se perdió... si tú hubieras visto ¡maña!... dando bandazos, cayéndose y levantándose del suelo como podía. Al ir a pagar sacó un pasaporte, creo que alemán... me lo dijo la Molinete que lo reconoció porque ella estuvo en Alemania de joven... además tenía ¡no sabes maña!... un montón de dinero. Informaciones éstas últimas que se guardó Mora para sí, por si en un futuro inmediato tuviera que jugar aquella baza que se escondía bajo la manga para beneficio propio: Si sabes algo más, ya sabes estamos peinando la rambla..., seguro que ha salido ya toda la mierda; le previno el Tuerto a Mora.

La pista del posible criminal, aunque fuera a medias avivó la fantasía de Salvador; el que inquirió con mucho interés sobre las señas del individuo que hablaban. Ya se imaginaba descubriendo su escondrijo --pensando que seguramente no andaba muy lejos de allí-- para apresarlo personalmente; cuando todos, despidiéndose de Mora y sus chicas, enfilaron de entre las dos calles la que les llevaba otra vez al bulevar arbolado de recios y viejos plátanos que formaban una bóveda verde-grisácea; fondo vegetal que iluminaban artísticas farolas de época, mostrando en el resplandor de sus lámparas los detalles modernistas elaborados primorosamente en el hierro fundido.

A la luz de una de ellas y desde la posición en que se hallaban, aún lejos del paseo, atisbaron al fondo la familiar aglomeración de personas: incautos transeúntes que como víctimas expiatorias del vil engaño del juego del trile, se estarían dejando, en su natural codicia de la fortuna fácil, un buen dinero; embaucados por los trileros. Era una artimaña para estafar a los viandantes y no un juego de azar, que en somera explicación captó rápidamente de urgencia el nuevo, al que enviaron en avanzadilla, ya que no era conocido aún por el mundo del hampa. El se sintió eufórico, muy contento, protagonista importante deseando entrar en acción.

¿Dónde está la bolita?... ¿en este cubilete?, no... ¿estará en este otro?, pues tampoco... ¿y en el tercero?, ¡sí señor, la bolita está aquí!, esperando que ustedes acierten y ganen la apuesta: Va  quinientas pesetas y ganan el doble por descubrir donde está la bolita... es muy fácil ganar dinero... venga apuesten y no se arrepentirán. El individuo de edad indefinida, moreno de tez, con abundante melena acaracolada de la que le caían rizos negros por la frente, publicitaba su iniquidad disfrazada de juego, mirando a un lado y otro del numeroso público congregado entre los que se hallaba en primera fila Salvador, muy atento en su proximidad al trilero, que, ahora, ante el brioso envite a la suerte de un jugador que surgió espontáneamente del grupo iba levantando rápidamente los cubiletes de plástico, intercambiándolos de posición, moviendo también la bola hasta el final; al principio con movimientos lentos antes de hacerlo con la rapidez de un ilusionista, sobre una enorme caja de cartón que le servía de mesa. Primero descubrió el de un extremo, luego el del otro para acabar levantando el que el jugador le había señalado; el del centro: ¡Sí señor, aquí está la bolita!, mil pesetas para el caballero; que no era otro que su gancho cómplice para incitar al juego a los indecisos.

Salvador que obviamente desconocía la mecánica de la troupe de fulleros que auxiliaban al principal, apenas se apercibió de la jugada del gancho, fijando sólo una misión en su mente: que aquella cara, la del trilero, no se olvidara nunca. Comprobó su color moreno, como sucio a la luz de la farola, que no ocultaba en las facciones unos acusados pliegues gestuales en el entrecejo, y otros dos que le recorrían a ambos lados del rostro, desde la nariz a la boca; pliegues que se agudizaban cuando intentaba camelar a los congregados con una impostada sonrisa de dientes de oro, que no le iba a la zaga en quilates con los de la colección de cadenas que lucía ostentosamente en la pechera abierta al hueco de la camisa, destacando el brillo del oro en el moreno de la velluda piel, en una palpable exhibición macarra.

Uno de los curiosos que se hallaba muy próximo a la caja de cartón se animó rápidamente incitado por la suerte del anterior jugador, del que, por supuesto, desconocía su condición. Esgrimió en alto el billete de quinientas pesetas que en menos de un suspiro le arrebató el individuo de pelo rizado; puso a continuación los cinco sentidos en el rápido movimiento de los cubiletes, y en esas estaba el jugador cuando oyó por detrás unos gritos antes de que alguien le empujara, sorprendiéndose de como el trilero se guardaba rápidamente su dinero en el bolsillo al tiempo que recogía con urgencia los bártulos del juego, prestándose éste último a la huida en el revuelo que el apostador no entendía, y que se había formado a continuación.

¡Agua!, ¡agua!, ¡agua!..., los gritos del vistero avisando a su compinches al ver acercarse corriendo al Tuerto y compañía, a los que hacía tiempo la panda de estafadores tenían mordidos, provocó ese instante de pánico entre los viandantes congregados, entre empujones y urgencias del trilero y sus compinches en la escapada, sin entender aquellos todavía qué sucedía; confundiéndoles aún más los gritos de fondo: ¡Alto, alto, policía!, de los componentes de la brigadilla de noche que centraron su atención en la persecución a aquel que Salvador les indicó como el actor principal. Salvador más cerca de él, salió como un resorte tras el trilero, intentando no perder de vista la espalda de la camisa que destacaba, como faro de colorines, en la semioscuridad de la calle a la que daba el lateral del gran teatro, por donde pretendía escapar.

No tuvo tiempo de apreciar la extravagancia en los detalles de los dibujos y colores de la prenda que cubría el cuerpo del trilero, ya que instintivamente, sin pensarlo dos veces, despegó del suelo y después de un increíble vuelo al que se lanzó en velocidad de carrera, le derribó como si le hubiera atacado un obús por la espalda; cayendo ambos, rodando éstos desde la acera al vial de la calzada, donde quedaron desparramados los cubiletes y la bola. Inmediatamente Salvador notó con cierto dolor el cabezazo hacia atrás del que ahora pretendía inmovilizar en el suelo rodeándolo con sus manos  --aprovechando los instantes de desconcierto en la sorpresa del perseguido-- como si fueran tenazas, al tiempo que percibió un repelente y penetrante olor a sudor y perfume barato, en el momento en el que acudían deprisa los otros policías: ¡Joder!... ¡¡¡como un kamikaze!!!, le gritaron sorprendidos sus compañeros, felicitándole ante la mirada de acojono del trilero que aún no entendía la operación derribo.

Desde aquel momento a Salvador ya no le llamaron por su nombre. Ahora era kamikaze, el joven policía que despegaba temerariamente del suelo para apresar a los delincuentes.


FranciscoMolinaGómez
(continuará)  

   
  


jueves, 6 de abril de 2017

DE LA MILI (III): SALIDAS DE PASEO










Así luzco en mi primer intento de salida de paseo, perfectamente pelado y uniformado a excepción de un detalle: me dieron una camisa de traje de paseo sin trabillas en los hombros. Tuve que agenciarme un par de ellas para, en un segundo intento, conseguir mi primer pase de salida del campamento









El casco antiguo de Cádiz --la Tacita de Plata--, bullía animado de gente aquella mañana de julio de mi primer domingo militar de paseo que ahora, en temporada alta de vacaciones de verano, habían colonizado residentes y advenedizos; llenando aquel ámbito de reconocibles y agradables sonidos --que había empezado a olvidar-- y de colorido: calles, aceras, tabernas, cafés, restaurantes...; los mismos que a la tarde colmatarían terrazas, paseos, cines, discotecas... divirtiéndose como sólo saben hacerlo los del sur: sin esperar a mañana; puede ser demasiado tarde; como si al día siguiente se acabara el mundo. Y en verdad que se acababa. Esa era la sensación real que me atenazaba conforme iba gastando las horas en libertad y se acercaba el momento de regresar a tiempo al toque de retreta . Sentimiento agravado al final de aquel día por la impresión, aunque solo fuera mía, de que todo el mundo me había estado observando con conmiseración durante la excursión festiva en mi condición de uniformado, de recluido al que habían perdonado la vida por un día.

En el reflejo, cual espejo, de las lunas de cristal de las tiendecitas que se prodigaban por las estrechas calles --al tiempo que escrutaba el interior de sus escaparates, repletos de objetos-- descubrí aquel día al extraño en el que me habían convertido; del que hasta aquel momento no era consciente: vestido de quinto con ese eterna estampa que siempre había observado durante mi adolescencia en los militares de reemplazo paseándose por Granada, con un uniforme cuyo diseño había quedado anclado en épocas muy atrás. Sus reconocibles gestos de unos rostros, por lo general, de contenida resignación a la reclusión, a la obediencia ciega, a la abstinencia de todo tipo. La imagen de continuo deambular el enclaustrado deseo sexual por los solitarios jardines, como escondiéndose, atentos al disparo del piropo soez-cuartelero al paso de cualquier chica que se cruzaba. La misma viñeta exhibiendo por toda la ciudad --entonces un mar de dibujos y colores en las vestimentas-- unas ropas que remarcaban reclusión y aburrimiento. Me observaba extrañado en el reflejo del cristal creyendo que aquella imagen era la de otra persona. Me costó reconocerme fuera del ambiente del campamento durante aquellas primeras salidas que agotaron los fines de semana del mes de julio.

Cansado de que me uniformaran en los internamientos forzosos, como si fuera un número y no una persona, y llegado este momento de mi vida no estaba dispuesto a exhibirme más veces vestido de pistolo por la ciudad en los siguientes domingos pendientes de disfrutar de mi ocio en libertad. Vino en auxilio de tan venerable propósito el conocimiento de la existencia de una casita --a mitad de camino entre san Fernando y Cádiz capital-- donde por un módico precio cambiaba mi vestimenta: del apagado traje caqui a los vaqueros y camisas de colores.

El negocio lo regentaba una señora que por la edad podía ser la madre de cualquiera de los reclutas que la visitábamos: de estatura baja; siempre risueña; muy amable y simpática; con ese deje en el habla, mezcla de la conocida zalamería y chirigota de las gentes de Cádiz; exhibía en sus comentarios y ademanes, además de la gracia gaditana, la seguridad de que aquello si no era legal, según las ordenanzas militares, al menos su práctica era costumbre tolerada y ya afianzada en el tiempo de existencia del propio campamento; dándonos a entender que aquel medio de vida era de dominio público, y, por toda lógica, de la propia policía militar. Seguramente los sabuesos de cascos, polainas, y guantes blancos --distintivos con los que se identificaban los policías militares-- participaran económicamente de lo que era más que un medio de vida: un gran negocio.

Un negocio más de los que proliferaban en los entornos de los campamentos y cuarteles, con una clientela segura que se iba relevando con cada uno de los reemplazos de llamamiento a filas, y que a buen seguro generaban unos buenos ingresos, según inicial impresión de aquella actividad, a la vista de la aglomeración de reclutas que observé en mi primer día de trasgresor de las normas militares, ya en agosto, apelotonados en la entrada de la reconocible casita aislada en el paisaje que me habían indicado. Ni en los días libres estábamos a salvo de las colas que había que hacer siempre para cualquier cosa en el campamento.

El abono del servicio te daba derecho a guardar la ropa militar en una taquilla personal de la que conservabas la chapa numerada durante tu ausencia, a fin de que al recogerla no hubiera equívocos o posibles desapariciones de ésta. Posibilidad impensable y no deseable por sus funestas consecuencias. Era preferible que te robaran la cartera al uniforme. No viví ninguna de estas situaciones: la mercancía guardada estaba perfectamente vigilada, pues de lo contrario hubiera sido nefasto para el negocio. El peligro residía en otra situación adversa distinta, de la que no fui advertido al principio y de la que vine en conocimiento más tarde.

Me vestí con la ropa de paisano que guardaba en el petate, con la lógica prisa de desprenderme cuanto antes del uniforme, y la satisfacción de reconocerme en el instante retroactivo de mi ingreso en el centro de instrucción; ansioso por salir afuera con mi nueva indumentaria; pues cerca de allí --en corto viaje en autobús-- me esperaba un día de relajo reposando sobre la arena fina y dorada de  la playa de la Victoria, pegada literalmente al caso viejo de Cádiz, y que descubrí aquel domingo de agosto, mezclado entre la gente solazándose al sol, para despintar a los policías militares que intermitentemente hacían rondas de vigilancia; y así no descubrir mi condición de ilegal civil.

Cada domingo de agosto y principios de septiembre cumplí el mismo deseado ritual: un transformismo más mental que físico en la solitaria casita de blancos encalados a las afueras de san Fernando. Era en las primeras horas de esos días un hervidero de reclutas que entraban y salían, sin solución de continuidad. Lo que se repetía a última hora de la tarde cuando nos recogíamos para llegar a tiempo al campamento. Pero un día el momento del retorno fue el elegido por la policía militar para hacer una redada; y esa fecha no era casual como después comprobé.

Sucedió el domingo anterior a la jura de bandera. Regresaba de la playa confiado en la suerte de que cada vez estaba más próximo el final de los días de instrucción militar --aunque cualquier arresto siempre pendía sobre nuestras cabezas-- y que en un corto plazo de tiempo estaría fuera de allí. Lo estaba deseando. Retornaba tranquilo, como de costumbre, andando desde la parada en la que me dejó el autobús procedente de Cádiz; atravesando --a la par que otros colegas del campamento-- el descampado donde ya visualizaba al fondo la casita que se distinguía blanca azulada en sus encalados por el reflejo del sol ya poniente que caía casi apagándose hacia la línea del horizonte. Todo me resultaba familiar, aunque desde lejos se percibía algo extraño: raramente no se observaba movimiento alguno de reclutas ni de otras personas en la inmediaciones de la casa salvo el de una persona joven que corría hacia nosotros, y que al acercarse lo pude reconocer: era uno de los hijos de la señora. Nos gritaba haciendo aspavientos con las manos mientras se acercaba a nosotros, jadeando, casi sin aliento, advirtiéndonos de algo: ¡Atrás!, ¡atrás!... ¡cuidado no os acerquéis a la casa!... ¡hay redada! Lo que hicimos escondiéndonos en los matorrales del descampado hasta el momento de ver marchar el jeep militar gris con el rótulo en grandes letras blancas: PM, y que visualizamos a rebosar de reclutas vestidos de paisano, cogidos in fraganti; siendo conducidos por la policía militar con destino hacia dependencias policiales.

Apostada la policía en el lugar, en la fachada opuesta a la de acceso a la casa, donde se habían emboscado, fueron sorprendiendo a los que iban llegando hasta que el vehículo militar estuvo lleno y acabó la operación jaula. Objetivo logrado. Posiblemente fuera aquel el cupo de arrestados por infringir las ordenanzas militares de uniformidad correspondiente al reemplazo de reclutas del llamamiento del mes de julio de mil novecientos setenta y cinco.

Me salvé como vulgarmente se dice : por los pelos, de un seguro arresto o de algo peor: la repetición del período de instrucción con el consiguiente aplazamiento de tres meses de la jura de bandera que ponía fin a aquellos días, y que ya estaba muy próxima.



FranciscoMolinaGómez
(continuará)    
     
  








miércoles, 1 de marzo de 2017

UNA DISCULPA PENDIENTE











Septiembre 1965. Grupo de internos del orfanato cuyo centro cohesionamos los cuatro estudiantes pioneros: Agustín, primero por la izquierda de pie, abrazando a un niño pequeño; Miguel, cuarto por la izquierda de pie, como apoyándose en la cabeza de otro chico; Antonio, en el centro acuclillado al lado del chico de la carpeta; el autor del blog, junto a éste último a la derecha, sentado en el suelo, a punto de desaparecer. De otra parte y segundo por la derecha de pie, casi escondido, un tal Segura, apodado Cebolla menor. Cinco protagonista para una historia. 

En bachiller adscrito al grupo de Ciencias estudié química, aunque no la deseada, sino aquella de la teoría sin prácticas, sin probetas, sin matraces, sin tubos de ensayo que envejecían en los polvorientos estantes del viejo laboratorio de la academia; cerrado a perpetuidad desde hacía mucho tiempo atrás a mi ingreso en el centro, como lo atestiguaba aquel espeso velo de polvo depositado en los utensilios de cristal, cubriéndolos de un color pardo. De eso se quejaba, y con razón, nuestro docto profesor de química don Miguel para el que aquel recinto, ahora abandonado a su suerte, había tenido sus días de gloria. Días que se podían adivinar fácilmente observando la cantidad de extraños artilugios que dormían el ocaso científico del anterior bachiller, entre la incuria del paso del tiempo. Incuria que únicamente transcendió al exterior envuelta en una nube de polvo ocre con fuerte olor a fertilizante, cuando, en una ocasión, la pelota proveniente del patio innoble aterrizó, como meteorito, entre la infinidad de tarros de cristal con los compuestos químicos ordenados en la mesa de ensayos ubicada en mitad de la estancia, después de fracturar el vidrio de la débil puerta cristalera, con visible agujero...








El guardapolvo


La verdad es que nuestra venia más sonriente en los comienzos de clase durante el curso de cuarto del bachillerato en la Academia Isidoriana de Granada se la reservábamos a nuestro profesor de Física y Química, don Miguel Montes: de mediana estatura, delgado, impecablemente vestido a lo dandy, lucía debajo del recortado bigotito una afable sonrisa, la que exhibía cordial como contestación a nuestro saludo matinal. Nuestra joven intuición detectó, enseguida de conocerle, las buenas vibraciones que hacia nosotros desprendía su persona. Estábamos tan necesitados de comprensión en aquel serio contexto, que lo hicimos --sin su permiso-- nuestro aliado.

Comenzada la clase de física, un silencio sepulcral dominaba el ambiente como telón de fondo de las explicaciones del profesor. Nos encantaba escucharle y comprobar como, a menudo, la árida lección del día derivaba, hábilmente dirigida por nosotros, hacia una amena charla sobre temas científicos de actualidad, sobre todo los que tenían relación con la astrofísica y todo aquel novedoso mundo de cohetes y astronautas... hasta el segundo trimestre: el del otro gran capítulo del libro de texto que trataba de las lecciones de química, que, curiosamente, no recogían en ninguna de las páginas del libro de texto nuestro doctorado en bombas fétidas y polvos pica-pica, pero que activó, como espoleta, veleidades ahora por el mundo científico de los ensayos químicos... y sucedió aquello... bueno no fue intencionado... todo se precipitó, y...

Espoleados por la misteriosa ciencia de la química en la que nos había introducido magistralmente nuestro profesor; y como de viejos alquimistas se tratara, interesados en lograr sustancias desconocidas hasta entonces, decidimos los cuatro iniciales estudiantes del orfanato --Agustín, Miguel, Antonio, y yo-- dedicarnos por un tiempo a la práctica de aquella rama científica que, mediante provocadas reacciones, trasmutaba las propiedades físicas de los elementos naturales puestos en contacto; convirtiéndolos en otras sustancias distintas, nuevas, quizás peligrosas --ahí radicaba el suspense de aquella aventura-- y que tanto nos intrigaba. Lo primero era definir el tipo de ensayo, los componentes que iban a intervenir en las reacciones, y establecer con bases científicas el elemento nuevo resultante.

Hablamos de varios ácidos que quedaron descartados por laxos en favor del temible ácido sulfúrico --queríamos sobre todo emoción--  al que añadiríamos en un primer experimento un trozo de cobre. Hechos los pertinentes estudios y establecidas las posibles reacciones, quedaba por descubrir la sustancia resultante; es decir poner manos a la obra, o mejor dicho al experimento. Para ello era imprescindible proveernos del conveniente material haciendo un ingente esfuerzo económico entre los cuatro. Tarea que se le encomendó a Agustín que siempre había mostrado un gran interés por esas movidas; incluso tenía ya relacionadas todas las sustancias legales que podíamos adquirir según la especialidad de las distintas droguerías que las expendían en la ciudad. También había que conseguir algún que otro tubo de ensayo de cristal, como los que existían en el viejo laboratorio de la academia. Aquello no era problema para Agustín, el que ya tenía también localizado material tan delicado. Todo lo necesario lo adquirió en la droguería Santaella de la calle san Jerónimo --próxima a la academia, y de abigarrada infinidad de comercios--. Como encimera de improvisado laboratorio habilitamos para tal fin, y al azar, una de las bancas de la clase donde estudiaban los internos en el orfanato. Nos confabulamos con la noche para realizar el ensayo, por aquello del anonimato que da la nocturnidad.

Cuando el resto de estudiantes se acostaron, y sin más testigos que los cuatro, nos dispusimos a manipular el peligroso líquido que guardábamos en seguro tarro. Con gran cuidado deslizamos algunas gotas de ácido sulfúrico dentro del alargado tubo de ensayo cubriendo rápidamente su fondo semiesférico. A continuación introdujimos un trozo de cobre de cable eléctrico y ¡hete aquí! contemplando nuestra primera experiencia química, asombrándonos del brillante efecto de cambio de color de las distintas fases de la reacción del material tratado, pasando del incoloro del ácido al azul y después al verde del óxido de cobalto; desprendiendo en el calor de la reacción extraños gases que evitamos respirar. 

Nos felicitamos por el éxito de la experiencia, guardando aquel tóxico en tarro de cristal con su leyenda: sulfato de cobre; como primera de una serie de pócimas que pretendíamos obtener en una continuada labor de la práctica química, en nuestro particular y secreto laboratorio. El morbo radicaba en el carácter letal de la sustancia lograda. Habíamos obtenido un tóxico semejante al que en plena posguerra casi acaba con todo un regimiento militar en Granada, según nos refirió en cierta ocasión nuestro profesor don Miguel, advirtiéndonos ya en el relato de sus estragos: la intoxicación masiva que cursó con vómitos y diarreas toda la tropa  a la que se sirvió una ensalada en recipiente de cobre aderezada con gran cantidad de vinagre que reaccionó con el metal produciendo el peligroso cardenillo que, en mayor o menor medida, ingirieron los soldados: La escasez en aquellos duros tiempos, iba unida con frecuencia a la ignorancia; sentenció don Miguel Montes.

A los pocos días pensamos en nuestro segundo experimento como algo espectacular, un hecho que nos sorprendiera; o mejor, un acontecimiento que nos desbordara casi sin posibilidad de reaccionar. Y no faltó razón para dejarnos sin habla. Queríamos experimentar en propias carnes el asombro de los antiguos alquimistas ante algún descubrimiento inesperado en su búsqueda de la piedra filosofal. Para ello había que huir de los ensayos controlados, de las fórmulas consabidas, de los elementos conocidos a favor de los inexplorados: aquellos que no aparecían referenciados en los documentos, como era aquella pasta gris que los domingos por la tarde y a la acción del calor, inundaba la iglesia de un humo agradablemente oloroso.

Uno de aquellos días del Señor, cuando los internos asistíamos por la tarde a los oficios religiosos --triduo dominical--, mientras los muros de las frías y alargadas naves de la iglesia reverberaban con los cánticos en latín: Pange, lingua, gloriosi / Corporis mysterium / Sanguinisque pretiosis..., uno de los cuatro, no recuerdo ahora quién, se deslizó hasta la sacristía a fin de coger prestada para nuestro siguiente experimento una de aquellas pastillas de incienso...: Nobis datus / nobis natus / ex intacta Virgine / et in mundo conversatus...: ¿Dónde estarán guardadas las dichosas pastillas?...: Verbum caro, panen verum / Verbo carnem éfficit: / fitque sanguis Christi merum...: ¡Ah!, aquí están, cogeré varias, ahora que nadie me ve. No era difícil dar con el lugar donde se guardaban: un armario que conocíamos bien por nuestra dilatada experiencia como monaguillos cuando éramos pequeños. El mismo sitio donde se guardaba el dulce vino de misa y al que mostramos siempre cierta querencia. Una vez en nuestro poder la exótica sustancia de reminiscencias bíblicas, convinimos mezclarla con el ácido sulfúrico sobrante, en una segunda jornada de prácticas de química, cuyo día, lugar, y hora no publicitamos entre los demás estudiantes. Como en la anterior experiencia nos resguardamos de curiosos y mirones aprovechando las sombras de la noche.

La expectación y el nerviosismo eran patentes en nuestro ánimo cuando, al fin solos, pudimos disponer el material sobre la encimera del mismo pupitre en la que se fraguó nuestra anterior experiencia química, y que había constituido todo un logro. No había motivo para cambiar de banca. Contemplé durante unos segundos, examinando sus dimensiones y grosor, el tubo de ensayo que me había dado Agustín, pues aquella vez me tocaba sostenerlo durante todo el experimento. Agarré decididamente el tubo de cristal inclinándolo para que otro de mis compañeros introdujera más fácilmente el ácido sulfúrico que rápidamente se alojó en su parte más profunda, cubriendo un par de dedos por encima del redondeado fondo.

Estabilizado el ácido procedimos a continuación a mezclarlo con el fragmento de incienso proveniente del troceado de la pastilla que habíamos sustraído de la sacristía, y que celosamente habíamos guardado para aquel momento. Entrar en contacto ambos elementos y comenzar una extraña reacción burbujeante de acelerada ascensión hacia la boca del tubo de ensayo, fue sólo unos segundos; el tiempo suficiente para deshacerme del cilindro de cristal con la desconocida sustancia que amenazaba quemarme la mano, envolviendo rápidamente el tubo de ensayo con un  guardapolvo  --que cogí del respaldo de la banca-- ; el que lo mantuvo en posición vertical sobre el asiento del pupitre --donde perentoriamente lo dejé por razones obvias--  merced a la amalgama del tejido que le circundaba; justo en el momento en que la espumante sustancia desbordaba la embocadura del vidrio, desparramando sobre la fina tela de rayas azules la viscosa pasta gris que rápidamente se iba extendiendo quemándola, conforme la invadía, avanzando hacia el total de la prenda con un cerco de color negro y aspecto chamuscado, ante nuestras sorprendidas miradas que reflejaban terror.

En aquellos instantes desconocíamos si una vez quemada la bata, la sustancia se cebaría con la medara del asiento, y ¡quién sabe! si con el resto de bancas; y de éstas a la combustión del aula sólo un suspiro; después se extendería al resto del pabellón; y, posiblemente, más tarde a todo el orfanato... Para nuestra tranquilidad aquello fue decreciendo hasta detenerse cuando se consumió toda la extraña sustancia de nombre y formulación desconocida, pero de consecuencias devastadoras. Del guardapolvo solo quedó un minúsculo e irreconocible resto calcinado. Lo que apremiaba de inmediato era tranquilizarnos y pensar cómo hacer desaparecer, sin dejar rastro ni huellas, el instrumento auxiliar del delito; es decir lo que quedaba de lo que  poco antes era un guardapolvo. En aquel momento comprobé con preocupación como me escocía una pequeña quemadura en la muñeca de mi mano izquierda. Con todo el barullo no sentí la gota de la reacción que me había salpicado, dejándome una casi imperceptible marca que aún conservo.

Al día siguiente lejos del orfanato nos deshicimos de aquel resto calcinado, a la vez que nos conjuramos en no contar el incidente, ni el posible paradero de aquella prueba comprometedora; con final, posiblemente, en seguro vertedero. Semejante precaución no era baladí, pues sin quererlo, ni pretenderlo, habíamos condenado a su propietario o, mejor dicho, su depositario --un interno apellidado Segura y apodado Cebolla menor; por más señas hermano pequeño del Cebolla mayor--  a la peor de las penas: la cadena perpetua. Mil veces que se le interrogó  sobre la desaparición de la prenda, mil veces exteriorizó su perplejidad, y mil veces no le creyeron. Aunque repetidamente esgrimió su desconocimiento por lo que se le preguntaba, se le castigó sin postre y sin recreo hasta que apareciera el guardapolvo. Obviamente nunca apareció. ¿A ver quién era el valiente que se confesaba culpable del suceso en aquel rígido contexto, con la espada de Damocles siempre gravitando peligrosamente sobre nuestras cabezas?

Aquella imaginaria visión del orfanato ardiendo por los cuatro costados, con los dedos acusadores señalándonos como los culpables, hizo que desistiéramos de los misterios de la química por descubrir... bueno en realidad aquel temprano abandono tuvo que ver más con la necesidad de evitar acabar con todos los guardapolvos de los chicos... o tal vez lo más seguro es que nuestras ya crónicas carencias económicas nos impidieran seguir con los experimentos. La verdad es que lo dejamos pero sin contarle al afectado el episodio de la volatilización de su guardapolvo y el destino final de sus restos en alguna papelera pública de la ciudad. Claro que durante este tiempo nosotros veíamos a la víctima expiatoria de un acontecimiento que nos desbordó; nos cruzábamos con él sabedores de los castigos que perduraban en el tiempo y que por nuestra culpa le habían infligido; nos compadecíamos, eso sí, pero ni mú de la prenda quemada... sabíamos que con el paso del tiempo los castigos se diluirían hasta desaparecer, como así sucedió alegrándonos por ello, proveyéndosele de un nuevo guardapolvo a estrenar. 

Señor Segura, cualquiera que sea el lugar donde te encuentres, si al leer este episodio nos tildas de canallas, ten a buen seguro que lo entiendo. También entenderé que te acuerdes, y no de forma amistosa, de todos nuestros familiares. Lo que no entendería es que no aceptaras en mi nombre y, estoy seguro, también en el de mis compañeros nuestras disculpas. Nunca es tarde para disculparse. Gracias de antemano.


FranciscoMolinaGómez 
          




miércoles, 1 de febrero de 2017

DE LA MILI (II): LOS PRIMEROS DÍAS










Tardes de descanso, después de las clases teóricas compartiendo con los recién conocidos compañeros las primeras impresiones de todo aquello que nos era tan nuevo, tan raro; intentando asimilarlo con un buen trago de cerveza y alguna tapa enlatada de conserva en uno de los reservados que se prodigaban en el bosque de eucaliptos y pinos, dejando que el día se fuera apagando entre amigables conversaciones hasta la hora de la cena. De izquierda a derecha: el autor del blog, un catalán del que no recuerdo el nombre, y Juan el T´ópolla




En la formación del primer día frente a la compañía, aún cuando la vaga luz de la amanecida difuminaba las edificaciones del entorno, me congratulé por la suerte de lo que veía enfrente y a mi alrededor: me habían destinado a uno de los edificios de nueva construcción: recio, con cerramiento de ladrillo visto y cubierta plana, que contrastaba visiblemente con las antiguas naves-barracones de delgados muros, degradados revocos de un color claro turbio y cubierta a dos aguas de placas de fibrocemento, que recogían mayoritariamente la población del resto de compañías. Además el moderno edificio asignado proyectaba visualmente los huecos de las ventanas sobre un agradecido bosque de eucaliptos que bordeaban la marisma gaditana en cuyas aguas --como si de un espejo se tratara-- se miraba el sol a la caída de la tarde, dibujando un ocaso de intensos colores desde el amarillo chillón al violeta e incendiando de misteriosa luz el horizonte del otro lado --el de la libertad-- del que nos separaba una alambrada de puntiagudas púas de acero que quedaban perfectamente delineadas en la claridad del fondo.

Aquél hábitat de vegetación y agua lo agradecimos sobremanera más adelante: en las deseadas jornadas de descanso que regía en todo el campamento --a media tarde-- después de las clases de teórica, disfrutando gran número de reclutas de una cerveza y un sabroso bocadillo de los que vendían en la cantina, contemplando maravillados las puestas de sol, sentados en grupos diseminadas a la sombra de los eucaliptos que esparcían por todo el ámbito ese olor terapéutico característico, agradeciendo la brisa que provenía de los humedales. A veces el generoso viento nos regalaba, aparte del frescor, inoportunos intrusos: unos molestos mosquitos, como aviones. Era el único espectáculo que se nos ofrecía en aquel espacio cerrado.

Durante unos días vagamos de paisano por todo el recinto, esperando a los rezagados de otros sitios del territorio nacional, cuya demora nos concedía un pequeño respiro que algunos avispados veteranos aprovechaban para hacer caja. Distribuidos en varios puntos del campamento se publicitaban como expertos peluqueros dispuestos a salvarnos del arresto en la primera revista de tropa, si accedíamos a su virtuoso corte de pelo. Dicho virtuosismo llevaba aparejado un artístico resultado: un extraño dibujo en puzle de líneas que se entrecruzaban distribuido por todo el cráneo, que ahora hubiera hecho las delicias de los modernos. Lo más sorprendente era que esos dibujos a base de trasquilones de la cabellera, reducida ahora a su mínima presencia, lo realizaban en un tiempo récord y con sólo una modesta maquinilla manual como único instrumento. La única pega, aparte del intrusismo profesional, era que aquellos antiquísimos artefactos, heredados de otros veteranos ya licenciados, fallaban más que las carabinas de tiro de las casetas de feria. Se auxiliaban para su labor de un paño que hacía tiempo no había visto el detergente y una vieja silla. Cuando me tocó mí y me vi aquella ignominia grabada en mi cráneo, eché de menos al viejo y gruñón barbero del orfanato que en el pelado a rape conseguía un corte parejo en toda la mollera, aunque nos atizara continuamente con la propia maquinilla en la cocorota, cada vez que movíamos la cabeza.

Muchos a la vista del artístico resultado acabaron afeitándose la testa. Una obra de arte en uno de ellos que era de mi compañía, y que en la formación provocó tal admiración del compañero que le antecedía, el que girándose para contemplar de frente aquella magnífica protuberancia lisa que asemejaba las formas redondeadas de un glande, con tal parecido que no pudo reprimirse, le espetó en alta voz, para que el resto nos apercibiéramos, glosando en andaluz y en tres palabras tal maravilla: ¡¡¡H´ío éreh t´ópolla!!!, y así entre las risas de los demás quedó irremediablemente bautizado. A partir de entonces era el T´ópolla, por más señas granadino de nacimiento --como el que le rebautizó-- pero residente en Barcelona. Fue uno de los reclutas con el que mantuve bastante confianza, quizás compadecido hacia él por cierto aire de desvalimiento que mostraba, hasta tal punto que fui su confidente de una extravagante experiencia íntima: una noche en su litera, no pudiendo aguantar más la abstinencia sexual, sintió la perentoria necesidad de masturbarse, eyaculando en el interior de un sobre de carta: Para no manchar --me dijo--; el que después cerró con una nota dentro y lo envío por correo a la casa de su novia en Barcelona. Para muchos el prolongado encierro empezaba a ser preocupante.

La incesante actividad de las hormonas en ebullición de tanto cuerpo joven era motivo de preocupación de los mandos militares. Otra de las leyendas de la mili: ¿quién no había oído hablar del famoso bromuro que le echaban en el café que ingeríamos en el desayuno, para que se nos bajara la libido durante todo el día? No sabíamos si era cierto. El que si tenía información al respecto era el cocinero: un civil con una obesidad mórbida que debía rondar los doscientos kilos brutos que retaban, todos los días, el aguante de su pequeño coche en las entradas y salidas del campamento.

Desde el primer día hubo mucha curiosidad por saber como se resolvía aquella desproporción de escalas: el enorme cocinero conducía un pequeño utilitario: un Seat-600. Si era todo un espectáculo verlo salir del vehículo cuando llegaba al campamento; el retorno a su casa era apoteósico, intentando acoplarse a las formas rígidas del interior del auto: asombroso milagro de acoplamiento. Tal suceso conseguía congregar alrededor del coche gran número de tropa que al final aplaudíamos al "Seíllas" que a duras penas --con el chasis rozando el suelo por efecto del enorme peso de su dueño-- conseguía rodar por aquellos caminos terrosos hasta la salida del campamento.

Un día, alguien, quizás preocupado por los desconocidos efectos del brebaje que el "perverso" cocinero añadía al café --decían que producía impotencia crónica-- o, tal vez, cansado del exceso de condimentos artificiales para disfrazar el sabor de la bazofia que nos daba, aprovechando el exceso de confianza del gordo restaurador que no cerraba con llave el Seat-600, le manipuló el asiento del conductor desplazándolo hacia delante, momentos antes del final de la jornada laboral de éste.

Paco --creo se llamaba el cocinero-- que no entendía porqué su cuerpo era rechazado al intentar penetrar en el vehículo, hizo un esfuerzo supremo de presión de todo el magma de su organismo contra los obstáculos del exiguo espacio que le impedían acomodarse en el asiento como de costumbre, distribuyendo dicho magma de carne adiposa por todos los huecos disponibles, consiguiendo entrar aunque a costa de quedar irreversiblemente bloqueado entre el asiento y el volante, sin posibilidad de movimiento alguno; y, por tanto, de poder desencajarse de aquella trampa mortal. Empezó a hacer aspavientos con los brazos, únicas partes del cuerpo que podía mover, y a dar voces pidiendo ayuda. Después transcurrieron momentos de descojono e incertidumbre en el que los ahogos del cocinero, previos a un colapso respiratorio, se mezclaron con la euforia en los gritos de victoria de los reclutas: ¡¡El cocinero ha quedado atrapado!!, ¡¡El cocinero ha quedado atrapado!!... Tras complicadas maniobras pudo ser extraído del vehículo. Nunca supe si realmente allí hubo una conspiración de parte de reclutas para confinar a perpetuidad en su coche a nuestro cocinero, y así poder deshacerse de él y, por ende, del bromuro y del repelente guisote. Supongo que su vejado amor propio, una vez liberado,  juró vengarse de toda la tropa, sin distinción de la canalla, pues las comidas pasaron de incomestibles a vomitivas, aunque no había que esmerarse mucho para empeorar el bodrio que nos había estado endilgando durante todo este tiempo.

Poco tiempo tardó en aflorar el tórrido submundo de la "chusquería"; una más de las leyendas de la mili . En lo que a mí afectó: un brigada chusquero. Eran estos mandos intermedios --suboficiales-- provenientes de los infinitos enganches desde que ingresaran en el ejército por el escalón más bajo, los más temidos por la tropa, a la que trataban humillantemente para desahogar la frustración de su procedencia y la escasa y tardía promoción dentro del escalón militar --el que tenían limitado--, y a cuyos puestos más altos permitidos llegaban casi a la edad de la jubilación; sentimientos adversos que ya pude observar en su cara de perro, muy próxima a la mía, en la revista de tropa previa a la primera salida de fin de semana.

Presentarse correctamente en formación de firmes: rígidos como un palo, con la mirada al frente y el pecho alto manteniendo la inspiración de aire, casi sin respirar; convenientemente pelado, y debidamente uniformado de paseo, sin presentar ninguna incorrección en el vestir, era la prueba a superar para poder salir fuera del campamento. Me miraba con el desdén acumulado de las infinitas revistas de tropa a lo largo de su carrera profesional, escudriñándome de arriba a abajo, de adelante a atrás, de izquierda a derecha... a lo que siguió una sonrisa de sabueso al haberme descubierto una falta en la uniformidad: ´¿¿¿Dónde están las trabillas de su camisa!!!, me espetaba con desdén mientras me asía fuertemente el hombro con su mano derecha a la que le faltaba dos dedos (según referían algunos veteranos se volatilizaron en un accidente con una granada de mano) para apartarme de la formación, al tiempo que me defendía: Perdón mi brigada, no las tengo puestas porque no me las han dado con el uniforme. Creí hallar en la verdadera respuesta la justificación de una situación que no dependía de mi voluntad; ¡incauto de mí!, estaba en la mili y yo era el único culpable de todo lo que me pasara: ¡¡¡Pues si no las tienes, las pintas!!!; y dicho aquello me arrastró fuera de la formación a la monotonía del encierro del fin de semana.

La siguiente vez que noté muy de cerca su agrio aliento, mezcla de tabaco y alcohol, lucía en mí camisa de paseo unas trabillas impecables, con un lustre y color que no desmerecían el del estrenado uniforme. Posiblemente fueran las originales de la camisa, sustraídas antes del reparto de la ropa por el propio cabo furriel (encargado de la intendencia de la compañía, y por tanto de la vestimenta) que luego me vendió haciéndome un gran favor, según me dijo. 

En la garita de control mostré mi identificación militar y un segundo después --¡¡¡libre!!!-- saturaba mis pulmones de ese aire que en la mañana de mi primer domingo de paseo provenía de las marismas, percibiendo la humedad que hasta allí traía el viento --mientras me alejaba de las tapias del campamento-- empujándome con su fuerza invisible fuera del descampado hasta el deseado territorio liberado de la chusca uniformidad y de la inaguantable disciplina militar: un viaje en autobús hasta Cádiz, ciudad.


FranciscoMolinaGómez
(continuará) 
  

lunes, 2 de enero de 2017

Y AHORA, ¿DÓNDE QUEDAMOS?











Punto D: un punto de encuentro. En cierta ocasión, siendo estudiante de arquitectura, me examinaron con un extraño ejercicio: representar un punto de encuentro. Solicité datos concretos del lugar. Me dijeron que no eran necesarios. Alivié mi perplejidad en la inmediata constatación de que había equivocado el día de convocatoria de examen y la unidad docente. Ahí quedó el asunto hasta hace muy poco tiempo cuando he entendido que lo que me pedían no era un lugar concreto, sino una emoción, un querer llegar cuanto antes, un abrazo, un apretón de manos, un estamos de nuevo juntos...; pero ¿cómo se dibuja eso? Insólito ejercicio de abstracción el pretender representar en el papel sentimientos.













Hace unos meses murió un amigo. No tengo ninguna fotografía con la que ilustrar nuestra relación que no sea el punto físico donde quedábamos: el punto D. Es curioso que después de casi tres décadas de amistad no necesitáramos hacernos ninguna foto juntos. El último día que nos vimos, tras una ausencia más dilatada de lo normal, convenientemente acicalado y arreglado como siempre había lucido --espécimen de gentleman en la versión de gentilhombre por donaire y amable trato-- esgrimía en su generosidad hacia mí, y en la corta distancia de la amistad, su mejor sonrisa a fin de despistarme de su mal que ya le carcomía por dentro; el culpable de que el impecable traje le bailara, ahora, en el cuerpo que había empezado a encoger y a mostrar en su cara una sospechosa palidez. Unos días antes de su huida hacia no sé dónde, volviendo en tren de una de mis visitas de obra en el sur del país, le noté cierta euforia en su llamada, emplazándome en vernos en breve. Después de aquella llamada ya no hubo otras. Ni más conversaciones. Ni puntos de encuentro.

De vuelta de tan luctuoso acontecimiento, y de otros próximos de intenso calado en los últimos meses, y en la reflexión de que los seres queridos, y en este caso los buenos amigos, no nos abandonan del todo, he llegado al convencimiento de que la mayoría de las veces no se necesita un punto físico para encontrarse o reencontrarse. Ni siquiera hubiera sido necesario constatar donde se ubicaba aquel sitio. No es importante. Pudo haber sido cualquier otro. Qué más da ahora, a no ser el de avivar ese sentimiento de añoranza en las ganas de vernos, de darnos un abrazo, un buen apretón de manos; sonrientes --él mostrando su dentadura de dientes grandes-- cada vez que lo transito. Todavía lo sigo sintiendo acompañarme en mi solitario paseo ahora, bajo la copa de las viejas acacias; compartiendo en el recuerdo, al igual que entonces, distendida conversación ante una taza de buen café, o una fría cerveza, o un vino de crianza en alguna de las terrazas que se prodigan en el paseo del punto D; la que aprovechaba para darle salida a su adictiva necesidad de mezclar palabras de todos los colores con el torrefacto sólo oscuro, o la rubia espumosa, o el rojo brillante del rioja; y el siempre evanescente y grisáceo humo del cigarrillo, al que recurría en su adición a la nicotina al poco de apagar el anterior.

Digo que de vuelta de tan luctuoso acontecimiento he trasladado el punto de encuentro definitivamente a un lugar importante en la memoria. Un sitio seguramente donde aliviar la extrañeza insalvable de quién se ha dado de baja forzosamente en la amistad. Le han obligado a marchar sin su consentimiento; digo más: en contra de sus deseos de seguir viviendo; de saludar cada día el amanecer, entendiendo tal acontecimiento como una nueva oportunidad de prolongarse en los demás. Era su mejor patrimonio: ser importante para los otros. Lo hacía tan fácil que no podía evitar que le envidiara por ello; mi asignatura pendiente: después de tantos años vividos, de tantas situaciones sobrellevadas, de tanta gente conocida mi destino ha ido tejiendo vínculos que tan pronto ha desbaratado para volver a tejer otros nuevos, también con final cierto en la despedida; en una laboriosa y continuada actividad sin dar tiempo a que, en la mayoría de las veces, se haya consolidado una verdadera amistad; aunque a veces el nudo es tan potente que no se puede deshacer y entonces ocurre el milagro: un extraño que has conocido en un lugar remoto al que has llegado como otra escala más de tu ruta existencial se convierte en parte de ti mismo. Eran tiempos difíciles para la verdadera amistad: la no interesada.

Al final solo pervive lo auténtico: la honradez con uno mismo y con los demás próximos, la bonhomía que es atributo singular, la simetría buscada de querer y sentirte querido... y en ambos se daba; pero antes hubo que pasar las pruebas de los que buscaban la amistad amañada y esquivar las trampas de los especuladores, los aduladores, los felones, los serviles, los charlatanes, los encantadores de serpientes, los vendedores de humo..., los tontos contemporáneos; infinidad de canalla a la que supimos combatir, y de la que hacíamos la más exquisita sátira en nuestras dilatadas conversaciones que tuvieron su inicio, creo recordar, en una agradable comida en las Cuevas del Conde Duque, un antiguo restaurante muy cerca del palacio del mismo nombre en Madrid, hace ya la friolera de treinta años.

Nos han obligado a renunciar de la "más imprecisa de las verdades", como alguien ha definido la amistad. Aquella que sólo existe trabajándola día a día, pero que en nuestro caso no era necesario. Sabíamos ambos que aunque promediaran intermitentes silencios en la relación, siempre estábamos ahí; bastaba con pulsar la tecla de llamada en el teléfono: Oye José Luis, tengo un problema...: ¿Es que estás enfermo, o acaso alguien de tu familia?...No, no. Todos estamos bien...: Pues entonces tranquilo, no es nada importante. En su lapidaria aseveración obtuve la prueba más contundente de su verdadera amistad que anteponía su interés sincero por mi salud y la de los míos a cualquier otro contratiempo de la vida. Lo demás era secundario. ¿Cuánta razón! Ante tal contestación minimicé rápidamente el problema; ya no era tal. Aún así sólo lo pude resolver con su ayuda. Era un regalo sin contrapartida, como siempre había ocurrido entre nosotros cuando uno u otro lo hubo necesitado; aún así me empeñé en regalarle una pintura a la acuarela del Templo de Debod que se eleva en un promontorio ajardinado muy cerca del punto D; gesto de amistad que era más que el deleite de un paisaje, un perpetuo abrazo; un estar al lado sin necesidad de estar físicamente juntos.

En el amor a los tuyos y en la amistad uno cree sobre todo en las cosas que no ocurren; bueno en todo caso: que sólo les ocurre a los demás. Vamos transitando en la vida, quemando etapas, oyendo esas noticias que le suceden a los otros hasta que, incrédulos y sacudidos internamente, algún próximo rompe esa engañosa suerte de creernos algo inmortales... y entonces piensas en las cosas que quedaron por hacer, en las conversaciones que han quedado pendientes, en los elocuentes silencios que seguían a éstas... en la foto juntos pospuesta indefinidamente; pero inmediatamente, como un bálsamo ante el vacío que se instala dentro, la mente rebobina como una película todos los momentos compartidos que si lo fueron: una crónica fabulosa que aunque no se haya escrito todos los días, si se siente como tal... y entonces recuerdas... cuando con treinta años más joven tenía el mismo eterno porte de gentleman, perfectamente trajeado y encorbatado, siempre de colores discretos que no deslucían, al contrario avivaban, unos zapatos brillantes como si estrenara todos los días; estética que contrastaba con la más informal, escorada a la bohemia artística, de la mía. Un buen contraste que proseguía en el trato cuando simulando seriedad me congratulaba en su desatada risa a mis bromas e ironías sobre cualquier tema de actualidad y de interés para ambos... luego, sin poder aguantar más le acompañaba en la aparatosa risa...; y que perduró en el tiempo cuando, ante mis resquemores por abandonar sin conocimiento de mi jefe el trabajo, me convencía, algunas veces, para escaparnos por la ciudad, haciendo de taxista con su coche: a desayunar, tomar el aperitivo, almorzar... cada vez en un sitio distinto con empeño en descubrirme todos esos rincones encantadores de la ciudad, que él bien conocía... y era: la sorpresa, el reírnos a carcajada suelta, el conversar un rato... la justificación de aquellas huidas juntos. Creo recordar que una vez estuvimos a punto de montarnos una mañana en el teleférico con estación de salida en el propio paseo del punto D y destino en la Casa Campo --extenso pulmón verde de Madrid-- para desayunar y conversar a casi tres kilómetros de mi lugar de trabajo. Y es que aquél era el tiempo que teníamos para nosotros; el fin de semana era de la familia; así lo entendimos siempre. Era curioso como desde un primer momento delimitamos ambos territorios, aunque no nos hubiera importado mezclarlos, pero al igual que la foto juntos siempre lo aplazamos.

Amigo José Luis después de haberte dado involuntariamente de baja de aquellas escapadas, no he vuelto a hablar con los conocidos a los que frecuentábamos. Te acuerdas de María... sí, la del Subterráneo... ha cerrado el bar y ahora publicita el traspaso del local. Es como si todo empezara a venirse abajo, como si los acontecimientos se empeñaran en constatar el final de una época. Otros siguen abiertos: Cuenllas, Entrevinos... La Montaña con sus eternos regidores: Valentín, Lorenzo... les veo tras el cristal atareados cuando paso al lado; como cada día, como si no hubiera sucedido nada --bastante tiene cada cual con sus problemas--, como si el mundo funcionara al margen de los sucesos trágicos de los otros, con la inercia de la continuidad de las cosas. Indolencia del todo sigue y nada se para en la necesidad de la supervivencia, de la conservación de la especie, coadyuvando a superar condiciones adversas. Indiferencia injusta de lo que me rodea ante mi congoja que no me da ni un segundo de tregua, al contrario se hace presente y dolorosamente  ruidosa... y al final en mi evocador paseo por los recuerdos diluyo mi agujero negro en el eco de los pasos sobre el enlosado, en las propias vibraciones del martillo compresor rompiendo la acera, en el intenso y agudo ulular de las sirenas de las ambulancias que pasan cerca... en el murmullo de fondo del ruido ronco del tráfico de coches; mientras camino apesadumbrado por el paseo del punto D.

Ahora, al transcurrir de los meses, sé que no tendré más remedio que gestionar un nuevo tiempo de amistad. Un tiempo del que al principio me costará habituarme, negando a mí mismo haber finalizado el anterior por aquello de que no quiero descontarme un amigo, mientras subsistiré perennemente en la incertidumbre de la pregunta: y ahora, ¿dónde quedamos?


FranciscoMolinaGómez
(Tiempo largo de amistad que hemos aprovechado, amigo José Luis. Pueda parecer que este tiempo haya transcurrido muy rápido percibiendo cierta insatisfacción de la vida; craso error de percepción: el tiempo transcurre siempre igual. Es nuestra torpeza la que lo pierde en asuntos fútiles en vez de amortizarlo en lo importante: Venturosa amistad para todos en el año nuevo: 2017... y en el siguiente... y en el otro...)