jueves, 19 de diciembre de 2013

SIGUE LA ESTELA DE LA ESTRELLA...












Hace muy poco releí aquel cuento que había escrito casi treinta años atrás y me he sorprendido a mi mismo por ese lenguaje tan simple, tan directo y tan infantil, y no queriendo renunciar a nada de lo que fue mi inicio autodidacta en el empeño de escribir, he querido recuperarlo como regalo para estas fiestas de Navidad; ¡qué mejor ocasión!
La situación está extraída de la realidad: aún recuerdo aquella paloma que un día nos visitó en el orfanato, quedándose a vivir con nosotros en la torre --entre amigos, adoptándonos mutuamente-- durante una larga temporada. Un día se marchó cuando ya era nuestra mejor amiga y no la volvimos a ver más; ¡qué pena!
En los días siguientes, recordándola, ansiábamos poder volar como ella y así evadirnos de aquel cerrado y opresivo recinto; sólo un sueño.

Dedicado a los niños que fuimos y a todos los que ahora son, en especial a mis nietos: Inés, Pablo y Daniel











- ... cuarenta y uno..., cuarenta y dos --Gafosito iba contando los escalones que conducían a la torre, mientras los subía tan deprisa como sus pequeñas piernas le permitían--... cuarenta y tres... y ...¡cuarenta y cuatro!

- ¡Uff, al fín!! --dijo una vez alcanzado el suelo de baldosín de color tostado.

Toc, toc, toc, toc..., como el galopar de un caballo desbocado, intentando salirse de su pecho parecía su corazoncito que se palpaba con una mano, mientras que con la otra se sujetaba las gafas, siempre a punto de caérsele.

Desde muy pequeño Gafosito usaba unas enormes gafas que apenas dejaban ver la cara y que cuando corría le bailaban en la nariz. Sus gafas era lo primero que se apreciaba de su cara, de tal suerte que los demás niños del "Hogar" le llamaban por aquel mote: Gafosito, lo que no sólo no le importaba, sino que, al contrario, le parecía divertido.

A simple vista nadie diría que era distinto a cualquier otro niño de la calle, pero mientras éstos vivían con sus padres, Gafosito ni siquiera tenía conciencia de haberlos conocido. Una desdichada enfermedad agravada por la penuria económica había acabado con sus vidas cuando él apenas apuntaba dos años de edad. Desde entonces vivía recogido con otros niños huérfanos en el "Hogar" --como le llamaban-- al cuidado de la hermana Isabel.

Gafosito fue creciendo entre el cariño de la hermana Isabel y el juego.

Pero hay una edad en la que el niño deja de serlo un poco porque a su alrededor se va desmoronando el mundo mágico que ha fabricado. Empieza a adentrarse en los preliminares de la pubertad y a hacerse preguntas; algunas sin respuesta. Para cuando Gafosito cumplió los siete años, no había duda que su mundo de ilusión había terminado. Hasta ese momento había sido un niño extrovertido, alegre y hasta divertido; pero a partir de entonces se recluyó en una coraza en su preocupación por saber donde estaban sus padres.

La hermana Isabel, que era como una madre para Gafosito, le explicó que sus padres vivían pero no en la tierra sino en otro lugar más maravilloso llamado: cielo. Gafosito insistió una y otra vez, ante la hermana Isabel, en querer saber de ese sitio, para algún día poder ver a sus padres.

Una de estas veces la hermana Isabel cansada de la insistencia de los ruegos de Gafosito le dijo.

- Hijo mío, el cielo está muy alto, tan alto que es imposible llegar a él.

Esa imposibilidad de ver y alcanzar el cielo es la que obsesionó a Gafosito con las alturas y, desde entonces, siempre que podía subía a la torre tan deprisa como sus pequeñas piernas le permitían y contando todos los escalones.

Uno de esos días, una vez alcanzada aquella altura, y como se aburriera, se acercó a uno de los huecos de la torre y se quedó mirando fijamente arriba, a lo que creía era posiblemente ese cielo del que le había hablado la hermana Isabel y se quedó escudriñando cada rincón del mismo, deseando que alguien le saludara o le hiciera una señal. El cielo aparecía más azul que nunca, contrastando con el ocre del ladrillo del ventanal, perdiéndose en la serranía del fondo aún con algo de nieve aunque se estaba acabando el verano, y de repente gritó a viva voz, dirigiendo su mirada hacia lo más alto.

- ¡Por favor!... ¿¡hay alguien ahííí!?

Desde abajo un grupo de tres niños que jugaban en el patio, advertidos por el grito, le increparon.

- ¡Gafosito... estás chiflado --le decía a grito pelado el mayor del grupo.

- ¿Pero que hará ése siempre subido a la torre? --preguntaba el más pequeño.

- ¡Estás como una cabra! --le gritó el tercero, disponiendo las manos como un altavoz.

Gafosito se tapó los oídos, y como el grupo de niños fue aumentando y éstos persistían en su ánimo, vociferando cada vez más fuerte, se volvió hacia el otro lado de la torre.

Desde esa posición nada se oía, ningún ruido le molestaba; todo permanecía aparentemente inmóvil: la sierra al fondo; la campiña más cercana; y entre medias la ciudad.

Aquella paz: la tranquilidad que se respiraba a raudales, el olor de la mies que se esparcía por el campo y que ascendía hasta la misma torre, provocaban en Gafosito un sentimiento de confianza inspirado en la naturaleza, más fuerte que el que le inspiraban las personas. Todo era como un presagio de que algo iba a ocurrir; algo bueno, no sabía qué, pero lo presentía --en la forma en que un niño puede presentir un suceso--, o más bien lo deseaba --con la fuerza que un niño desea una cosa--, y con ese esperanzado presentimiento se entusiasmaba observando la alta sierra, con su cambio de color conforme el sol la iba recorriendo, y se decía para sí.

- Algún día cuando sea mayor escalaré esas montañas y desde lo más alto llegaré al cielo y veré a mis padres y ... --no acabando la reflexión de aquel agradable propósito pues en ese instante, sobresaltado por un ruidoso aleteo, se distrajo de sus montañas, de su cielo y del feliz encuentro con sus padres.

Asustado Gafosito miró hacia atrás, hacia donde había escuchado el ruido, comprobando que una paloma se había introducido, con gran alboroto, por el ventanal abierto de la torre que daba al patio.

No había visto nunca tan de cerca una paloma, por ello, con el animal enfrente mirándole fijamente, no se reponía aún del susto.

Lentamente sin dejar de darle la cara al ave se deslizó por la pared hasta el rincón donde guardaba una espada de madera y esperó en el mismo, esgrimiendo ésta en actitud amenazante, a que aquella atacara.

La única acción de la paloma fue hurgarse con el pico, repetidamente, el denso plumaje, cayendo un resto de plumón blanco al suelo. Después permaneció quieta y majestuosa. A la vista de ello Gafosito soltó la espada y se acercó lentamente al animal. Cuando estaba tan cerca que casi podía tocarle, el ave alzó un corto vuelo para posarse en el alféizar de ladrillo del ventanal por donde había entrado. Gafosito creyó que la había espantado y que, irremediablemente, iba a emprender vuelo.

Pensó que no debía acercarse hasta donde estaba; luego empezó a requerir sus atención haciendo extraños sonidos con la boca, como si la estuviera besando.

- ¡Muá!, ¡muá!, ¡muá!... --repetía disponiendo los labios a modo de pequeño hocico.

La paloma después de observarle un rato, bajó hasta el suelo de baldosín emitiendo graves sonidos, mientras su vientre se contraía y dilataba, muy cerca ya de donde estaba Gafosito. Éste se agachó y, como quiera que no apreciara desconfianza en el ave, le pasó su mano por el rechoncho cuerpo comprobando la suavidad de su plumaje entre blanco y moteado ceniza, recogido todo él en una redondeada cola.

Entonces la paloma empezó a bajar y subir repetidamente la cabeza en un además de picotear el suelo; lo que le produjo gran risa.

-¡Já!, ¡já!, ¡já!..., ¿pero que te pasa?..., ¿es que quieres hacer un agujero en el suelo?..., ¡ah!, ya sé, lo que tienes es hambre ¿verdad?

En un rincón de la torre había almacenados varios sacos de granos de maíz y de pipas de girasol que se guardaban como semilla. Gafosito no dudándolo un segundo, abrió uno de los sacos e introduciendo sus pequeñas manos cogió un puñado de maíz que puso delante de su pico. La paloma, no estando quizás acostumbrada a tanto festín, se quedó por un momento olisqueando el grano que seguidamente fue engullendo con gran fruición.

- ¡Anda que no tienes hambre! --le hablaba Gafosito a la paloma, como si fuera una persona.

- Oye..., si quieres puedes quedarte y ser mi amiga. Porque, la verdad, ahora tengo muy pocos amigos. Los otros niños creen que estoy loco porque me gusta subir sólo hasta aquí, en vez de jugar con ellos --le seguía hablando Gafosito, sin dejar de acariciarla.

- Oye... sabes..., no siempre estoy sólo aquí; tengo un montón de otros amigos que me visitan..., mira todos esos gorriones --le decía señalando a los pájaros que revoloteaban desde las ramas de las moreras hasta el tejado--..., yo creo que me conocen y me saludan. ¡Sabes?, algunas veces se meten aquí en la torre pero ninguno se queda, cuando voy a acercarme se espantan.

- También sé donde hay un nido de golondrinas --Gafosito se levantó y se dirigió a uno de los abiertos ventanales señalando un nido de barro que había debajo del alero del tejado--..., ahora no están. Son dos, pero no sé si son mis amigas porque siempre están ahí arriba y nunca bajan a verme.

A Gafosito se le hizo de noche jugando y hablando con su ya amiga la paloma. Entusiasmado por la visita, no se había apercibido que los días eran más cortos. Posiblemente fuera aquel el día más btreve de su vida.

- ¡Andááá, la hermana Isabel! --exclamó echándose las manos a la cabeza.

Acomodó a la paloma en un rincón y rogándole que no se marchara y se precipitó escaleras abajo, más deprisa que lo que sus pequeñas piernas le permitían.

Se podría decir que la hermana Isabel era todo bondad envuelta en hábito religioso. A Gafosito, y desde muy pequeño, le había intrigado aquella forma tan rara de vestir, y sobre todo le hacía mucha gracia aquel gorro tan raro, con dos alas, como si en cualquier momento pudiera echar a volar. También le divertía mucho cuando entre los densos ropajes hacía aparecer: rosarios, crucifijos, tijeras, silbatos..., como si de un prestidigitador se tratara.

Pero cuando encontró a la hermana Isabel, ésta vez, no le pareció tan divertida y menos aún después de castigarle sin subir a la torre por haber llegado tarde a la cena, amenazándole con cerrar la puerta con llave.

Cuando Gafosito se fue a la cama esa noche estaba muy disgustado y preocupado por su reciente amiga la paloma. Como no podía conciliar el sueño se fue hasta la cama de su amigo Sabiote, algo mayor que él, y le despertó. Quería que le contara cosas sobre las palomas que tenía su padre en la casa del pueblo, de las que le había referido alguna que otra vez.

Su amigo Sabiote con signos evidentes de sueño y no saliendo de su perplejidad se negó, dándose media vuelta en la cama e intentando dormirse de nuevo. Gafositó insistió.

- ¡Anda!, cuéntame aunque sea un poco, ¡por favor!... sólo lo de los mensajes, ¡anda!

Su amigo, algo más despierto y sabiendo de la terquedad de Gafosito, le contó que su padre había sido un gran aficionado a las palomas; dándole, a continuación, detalles de cómo amaestró a una de ellas, la más grande y fuerte, como paloma mensajera.

Como Gafosito mostrara mucho interés por el relato de su amigo, éste acabó por despertarse del todo y, entusiasmándose en sus recuerdos, prosiguió el relato, iluminándosele la cara.

- Mi padre me dejaba la paloma mensajera a veces, para que yo practicara; llevándomela hasta el palomar que tenía en la terraza de su casa un amigo mío que vivía en el pueblo de al lado... ¡no te creerás!... pero aprendió el camino de vuelta a mi casa... y el de la casa de mi amigo. Un día la solté con un mensaje para mi amigo enrollado en una de sus patas y ... --Gafosito no le dejó continuar, deseoso de que le contara lo que realmente quería saber sobre todo lo demás.

- Sí, ¿pero como hacías lo de los mensajes? --le apremió muy interesado.

- Bueno, lo escribes en un papel que no sea muy grande, lo atas con un hilo a una de las patas de la paloma, procurando no apretarle para no hacerle daño y la sueltas desde un sitio alto... --entusiasmado Gafosito no le dejó terminar.

- Por ejemplo desde la torre del Hogar, ¿no te parece? --le instaba Gafosito a quién se le notaba muy feliz.

Los pasos de la hermana Isabel que se oyeron al final del pasillo hizo que Gafosito se fuera rápidamente a su cama. Aquella noche se durmió pensando que es lo que había que decir a unos padres con los que nunca había hablado.

Al día siguiente después del desayuno contó los cuarenta y cinco escalones hasta alcanzar el suelo de baldosín de color tostado. No hizo falta casi ni empujar la puerta.

- Gracias, hermana Isabel --fue lo primero que dijo cerrándola de nuevo.

Los incipientes y madrugadores rayos de sol acariciaban a la paloma que arrojaba sobre el suelo una alargada sombra, la que se movía continuamente, al mismo ritmo que ésta picoteaba los restos del festín del día anterior. Gafosito después de saludarla, dándole los buenos días, sacó del bolsillo del pantalón un trozo de pan de hogaza de su desayuno y partiéndolo en diminutos trozos los dio a comer a su amiga. Quería que estuviera muy fuerte para llevar el mensaje a sus padres hasta el cielo.

Aquel día la paloma efectuó un corto vuelo hasta el tejado de una granja vecina, ante la expectación de Gafosito, quién la había lanzado desde uno de los huecos abiertos para que se familiarizara con el entorno y comprobar, de modo propio, si después volvía a la torre, tal como le había dicho su amigo Sabiote.

La paloma volvió, ante el regocijo de Gafosito, con el mismo alboroto de la primera vez. A partir de entonces efectuó muchos vuelos, posándose siempre en los tejados de los caseríos próximos al "Hogar"; volviendo siempre a la torre.

Pronto empezó el nuevo curso y Gafosito aprovechaba las salidas de clase para visitar a su cada vez más amiga. Se entretenía observando como la paloma iba de un lugar a otro con ese andar tan gracioso, como si estuviera dando saltitos; lo que le divertía un montón imitándola. Éste le contaba muchas cosas de la escuela.

- ¡Oye!... ¿sabes que estoy aprendiendo mucha geografía?... he leído en mi libro que el pico más alto del mundo es el Everest, que tiene nada más ni nada menos que..., bueno ahora no me acuerdo..., pero más de ocho mil metros. Eso es mucho ¿verdad?..., ¿cuánto tiempo se tardará en subir al Everest?, ¡eh! --le decía Gafosito a la paloma, haciendo una ademán de subir por una cuerda muy tensa.

Todos los días conforme transcurría el otoño Gafosito le hablaba al tiempo que jugaba con su amiga. Como ya hacía frío le había fabricado a ésta un pequeño habitáculo con una caja de cartón que rellenó de hojas secas de morera. Durante todo este tiempo la hermana Isabel no volvió a amenazarle con castigo alguno, ya que siempre bajaba antes que anocheciera.

Conforme se acercaba el invierno la torre de ladrillo del "Hogar" se convertía en un lugar muy solitario y gélido. Desde sus ventanales en arcos, abiertos a la intemperie, ahora Gafosito visualizaba un paisaje gris, alfombrado con las hojas caídas de los árboles por efecto de los vientos --los mismos que cruzaban rápido los desprotegidos huecos de la torre-- que dejaban al descubierto, en las copas de los árboles, los nidos vacíos de los pájaros. Hacía muchos días que éstos habían emigrado a lugares más cálidos para pasar el invierno. Golondrinas, vencejos y otras aves más grandes se habían marchado, como hacían todos los años, en un largo vuelo estimulado por el acortamiento de los días, y guiándose sólo por el sol y las estrellas.

Gafosito se puso muy triste por la partida de todos sus amigos y sólo la presencia de la paloma le devolvía la alegría.

- ¿Anda!, si ya estamos en Navidad y aún no he escrito el mensaje para mis padres --dijo un día Gafosito, acurrucado entre los sacos de maíz y pipas de girasol, que había dispuesto a modo de refugio, dirigiéndose a su amiga.

Los días sucesivos hasta la Navidad Gafosito se aplicó en escribir en un pequeño papel sobre su pupitre ese mensaje para el que nunca tenía las palabras adecuadas.

El día de Navidad amaneció nublado, si bien el cielo no amenazaba lluvia. Acurrucado en su rincón de la torre, junto a su amiga, recordaba otras navidades y su mente evocó días de intensa soledad en el corazón, pero, a su vez de esperanza; días de montañas plateadas y de frío viento de sierra colándose por entre las rendijas de los balcones; días de lluvia con las gotas de agua jugando a componer sorprendentes dibujos en los cristales de las ventanas..., mientras escribía algo.

Sin darse cuenta había escrito en un papel: "Papá y mamá, siempre me he acordado de vosotros y os he echado mucho de menos. Me gustaría veros para daros un fuerte abrazo y muchos besos. Os quiero".

Lo leyó una y otra vez y le gustó. Sólo del corazón de un niño podía haber salido mensaje tan maravilloso. Mientras le ataba el mensaje a una de las patas, la paloma permaneció quieta, sin inmutarse, con la mirada brillante fija en la suya presagiando la partida. Después de acariciarla repetidamente y de arreglarle el plumaje Gafosito se colocó enfrente del ventanal por donde entrara hacía ya unos meses y aupándola hacia el cielo la soltó.

- ¡Por favor!, tienes que llegar hasta mis padres..., ¡sube!..., ¡sube hasta el cielo! --le rogaba Gafosito, mientras le resbalaban por sus mejillas dos gruesos lagrimones.

El incipiente llanto se convirtió en un mar de sollozos. Gafosito no sólo estaba llorando el adiós a su amiga, sino también y por primera vez la falta de sus padres que ahora la sentía más que nunca. La paloma no se posó en ningún tejado próximo, sino que voló... y voló... y voló..., hasta hacerse un punto en la lejanía, donde desapareció. Gafosito se dio cuenta en ese momento que no había puesto nombre a su amiga.

El estado de tristeza y esperanza que siempre le embargaba cuando llegaba la Navidad lo tenía más acusado esa noche --Nochebuena-- No queriendo conciliar el sueño se quedó observando el cielo encapotado a través de los cristales del balcón que quedaba junto a su cama. Estaba seguro que sus padres le harían una señal; pero a pesar del esfuerzo por mantenerse despierto se quedó profundamente dormido, presa de agotamiento y soñó con ella, con su amiga la paloma, la que ahora, cuando entró de vuelta a la torre donde la esperaba, tenía otro papel con un mensaje enrollado en la misma pata donde dejó el suyo. Lo desenrolló con ansiedad y se le dibujó una gran sonrisa en el rostro cuando lo leyó: "Sigue la estela de la estrella y hallarás la auténtica Navidad". Después en el sueño dejó marchar para siempre a su amiga.

Despertó casi al alba, iluminada su cara por una extraña luz que penetraba por el balcón; la que se fijó provenía de una estela luminosa como polvo de estrellas, y que siguió con la mirada haciendo caso a su mente que le decía y repetía: ¡Síguela!... ¡síguela!... hasta su origen: un enorme lucero que tintineaba, muy perceptible, haciendo señales luminosas, destacando los guiños muy brillantes sobre la negrura de fondo. Era sin duda la señal esperada. La alegría que experimentó Gafosito en ese momento, sería la mayor de su vida.

Gafosito volvió a ser otra vez el niño extrovertido que era antes. Dejó de subir a la torre y se le podía ver todos los días jugando con los demás niños en el patio. En las noches estrelladas mirando al cielo, decía.

- Papá y mamá, os quiero.

Gafosito ya no tenía obsesión por las alturas, ni quería ser alpinista. Ahora cuando alguien le preguntaba qué quería ser de mayor, respondía que deseaba ser cartero y agregaba ... para llevar mensajes de cariño a los padres que estén muy lejos.



A mis tres debilidades --mis nietos: Daniel (el más pequeño), Inés y Pablo--: Que esa alegría que me regaláis siempre, sea una constante en vuestras vidas. ¿Que si os quiero?: Os quiero hasta el infinito... y más..., como me decís vosotros a mí

FranciscoMolinaGómez
(cuento presentado a concurso en noviembre de mil novecientos ochenta y cinco; aún estoy esperando noticias de su fallo ???)

martes, 10 de diciembre de 2013

A PROPÓSITO DE ARQUITECTURA. II: LA CABAÑA PRIMITIVA













"(...)
Al principio plantaron horcones, y entrelazándolos con ramas levantaron paredes que cubrieron con barro, con terrones y céspedes secos, sobre los que colocaron maderos cruzados, cubriendo todo ello con cañas y ramas secas para resguardarse de la lluvia y del calor; pero para que semejantes techumbres pudieran resistir las lluvias invernales, las remataban en punta y las cubrían de barro para que, merced a los techos inclinados, resbalase el agua.
(...)
Pero como en el diario trabajo los hombres fueron haciendo sus manos más ágiles en la práctica de edificar y, perfeccionando y ejercitando su ingenio, unido a la habilidad, llegaron con la costumbre al conocimiento de las artes; y algunos, más aplicados y diligentes, se llamaron artífices de la edificación.
(...)
Después merced a continuas experiencias y a estudiadas observaciones, pasando de los juicios vagos e imprecisos hasta llegar al conocimiento de ciertas proporciones de la medida en los edificios, y dándose cuenta de que la Naturaleza le suministraba con manos espléndidas madera y toda clase de materiales de construcción, se sirvieron de ellos, los aumentaron con el cultivo, y de este modo acreecieron con el auxilio de las artes las comodidades de la vida humana.
(...)"
Del Libro II del "De Architectura de Vitrubio"










Del mito de la cueva al mito de la cabaña primitiva



Y del mito de la cueva --del que he escrito a raíz del fabuloso descubrimiento en mi jardín de una huella circular de piedras blancas-- al mito de la cabaña primitiva, como el "edificio primigenio" en el que se encontrarían ya resumidas las reglas naturales de la arquitectura. Esta idea que teorizaron modernamente los filósofos y pensadores de la Enciclopedia en el siglo dieciocho --postulados que abrazaron incondicionalmente los nuevos arquitectos de la Razón-- era ya reflexionada por Vitrubio --ingeniero militar romano-- en el siglo uno antes de Cristo. Pero no es mi propósito el hacer una sesuda exposición de la cuestión del inicio del arte de la arquitectura; ni imaginarlo siquiera, para esto ya existen otros blogs y webs especializadas; sobre todo teniendo en cuenta que para algunos autores contemporáneos la idea del edificio primigenio (aquella primera cabaña) no es original ni privativa de estos tratadistas y pensadores, sino que está presente de modo ancestral en la mayor parte de las culturas históricas, y como tal patrimonio éstas imágenes han pervivido siempre en la memoria colectiva en el discurrir del tiempo. Quizás también en la mía.

Las entradas del blog tienen, en una visión general, modesta pretensión en lo intelectual, con más énfasis, sin embargo, en transmitir emociones, y con ello --a través de la obra creativa del relato-- motivar, aunque fuere un poco, a la reflexión. Entiendo que los titulares con letra mayúscula están implícitos en leyendas con letra minúscula, lo que sucede es que están escondidos y como andamos algo despistados no somos capaces, a veces, de descubrirlos. Quiero decir que los grandes temas que nos asombran a los humanos están reflejados, muy a menudo, en las cosas ordinarias, en los sucesos cotidianos; muy cerca. En este caso en las propias experiencias personales a propósito de la imagen de esa cabaña primitiva. ¿Quién no ha deseado alguna vez construirse su cabaña? Afortunadamente yo conseguí materializar ese deseo. Creo que al igual que llevamos un eficaz colonizador dentro, también portamos con el inmenso bagaje recibido el de un efectivo constructor, aunque sólo sea en potencia.

Cuando firmé el contrato de compraventa del escarpado terreno que adquirí en la "Ciutat del Remei", de Santa Coloma del Cervelló en Barcerlona estaba haciendo un mal negocio; situación desfavorable de la que en aquel momento no me apercibí --para los asuntos del dinero soy poco espabilado; nunca me han interesado-- ni puse empeño en ello, pues lo realmente importante es que ya tenía un suelo rodeado de viejos y altos ejemplares de pinos, en una parcela de roca y tierra en pendiente, como privilegiado mirador en plena naturaleza de montaña, donde erigir ese sueño que todos llevamos dentro de hacernos nuestra primera casa: al principio esa cabaña de madera que desde siempre habíamos visualizado construir a los colonos vaqueros en las películas del viejo oeste americano.

En una de las secuencias cinematográficas: sólo una futura ilusión cuando el joven aventurero protagonista, abrazando tiernamente a su lozana esposa, señalaba un altozano del terreno virgen conquistado, fabulando ambos una vida de hogar con hijos correteando por los alrededores de la casa, cuya silueta con recia chimenea de piedra dominaría toda la pradera: "Te haré la casa más bonita que jamás hayas podido imaginar", y ella sonreía mirándole amorosamente a los ojos. Durante el transcurso de la proyección, ignorando un poco la trama del film, me entusiasmaba con las escenas de los duros pero ilusionantes trabajos del montaje de las escuadrías de madera para las estructuras y el de los tableros para los cerramientos...; escaleras, suelos, cubiertas y porches se sucedían en una vorágine constructiva que me impedía visualizar los detalles. Al final en otra secuencia ambos sonreían abrazados alzando la vista hacia la casa ya terminada con el humo del hogar expandiéndose por todo el valle. Una de mis fantasías a realizar cuando pudiera. Casi una obsesión.

Si no lo mismo algo parecido le dije a Teresa, el amor de mi vida, enseñándole unos dibujos. Yo tenía veinticuatro años --ella veinte-- y hacía poco que nos habíamos conocido. Teresa había viajado desde Jaén a Barcelona para estar juntos unos días y la llevé al terreno: "Primero construiré una cabaña allí, en lo alto...", en el sitio justo donde luego nos sentamos para contemplar el hondo paisaje mediterráneo que desde aquella altura se nos abría inmenso, inabarcable, saturado de pinares donde la decreciente luz solar de aquella tarde de principios de verano ponía pinceladas de verde cambiante en razón a la orientación de los pronunciados faldones vegetales: de suaves sombras de verdes azulados en los fondos y de brillantes verdes amarillos en las cimas: ¡qué delicioso cuadro impresionista!; para oír en el silencio del lugar la misma quietud de fondo de valle que nos envolvía, sólo el gorjeo de los pájaros y los suaves y dulces sonidos de los arrumacos que nos prodigábamos nosotros, aprovechando las ventajas a nuestro favor de todo aquel inmenso canto de la naturaleza: "Tendrá dos habitaciones, una más grande con chimenea y otra más pequeña; las dos con salida a un porche". La siguiente vez que llevé a Teresa a la parcela a finales del otoño siguiente ya la criatura mostraba su esqueleto y parte de su piel de tal suerte que ya podía asomarme a través de lo que sería una de las ventanas... gesto que quedó inmortalizado en la película de mi pequeña "Agfamatic", en un instante captado por el ojo de ella; hubo muchas más fotos, sin más intención que la de recordar aquellos momentos tiempo después, cuando ojeáramos los álbumes fotográficos.

Hoy constituyen, sin lugar a dudas, un testimonio muy estimable que habla de un tiempo en el que sólo tenía dos ideas, dos fijaciones por este orden: la chica que amaba y la cabaña que deseaba para ambos... y en este último empeño me pasaba las horas de todo el tiempo libre de que disponía... como improvisado moderno fundador clavé las picas de madera delimitando el espacio ilusionante, sobre un suelo ya allanado de tierra sobre rocas. Aquella mañana después de marcar las trazas de nuestra futura cabaña me quedé contemplando un buen rato el paisaje, y ya relajado regalé el siguiente pensamiento a Teresa que se hallaba muy lejos.
Sólo un empecinado fundador puede valorar lo extraordinario de acto tan simbólico. ¿Y ahora qué?, entonces no tenía los suficientes conocimientos de construcción. Casi todo era intuición. Aún quedaba muy lejos mi sueño de arquitecto, el que dormía aplazado pero seguro, esperando oportunidad. No había planos, sólo imágenes que estaban ahí, desde Dios sabe cuándo... tampoco especificaciones de materiales... no hacía falta: sería de madera como todas las cabañas.

Los meses siguientes me divertí como nunca lo había hecho en mi vida, evocando las escenas centrales de aquellas películas con el joven protagonista en plena turbulencia de los trabajos de construcción, imitándole en su soledad de colono y en los pasos lógicos que él mismo había dado: hincar primero los recios postes de la estructura que configuraría la osamenta del habitáculo, después mucho trabajo manual de sierra para proporcionarle a la recién nacida una piel de tableros de madera que fue atrapando dentro el aire conforme iba clavando todas las tablas, el que quedó definitivamente atrapado cuando estructura y cerramiento quedaron rematados por una cubierta inclinada. ¡¡¡Qué estampa!!!, desde abajo. ¡Ah! en uno de los lados menores del espacio más amplio, lucía vertical una chimenea de piedra del lugar, justo a tiempo para probarla recién iniciado el invierno: los dos acurrucados frente al fuego oyendo absortos el chisporroteo al arder la resina de los troncos de pino; ensimismados con los movimientos de agitación de las llamas jugando con el aire que le circundaba, iluminando el ambiente de color fuego, fuego pasión como la que nos embargaba a nosotros dos, mientras con mucho amor le dábamos salida a los sentimientos normales de final de adolescencia. Afuera las gotas de lluvia cayendo sobre el terreno ponían música en una inagotable sinfonía de sonidos. Todavía evocamos aquellos tiempos como los más intensamente vividos pese a estar uno muy separado del otro. No importaba, en cuanto podíamos reunirnos marchábamos a nuestro singular refugio: sólo nosotros. ¡Qué remembranzas más gratas las de aquellos días!

Era asombroso, había escenificado sin proponérmelo, miles de años después, el paso de la cueva a la cabaña; el que relata el abate Marc-Antoine Laugier en su "Essai sur l´Áchitecture": "... El hombre mal cubierto al abrigo de sus hojas --de los árboles--, no sabe como defenderse de una humedad incómoda que le penetra por todas parte. Aparece una caverna y se introduce en ella, encontrándose a resguardo. Pero nuevas desazones le disgustan también en este refugio. Se encuentra en tinieblas y respira un aire malsano y se decide, por ello, a suplir con su industria la falta de atención a las negligencias de la naturaleza. El hombre quiere hacerse un alojamiento que le cubra sin sepultarlo. Algunas ramas caídas en el bosque son los materiales propios para su designio. Escoge cuatro de las más fuertes y las alza perpendicularmente disponiéndolas en un cuadrado. Encima coloca otras cuatro de través, y sobre éstas coloca otras inclinadas que se unen en punta por los lados. Este especie de tejado está cubierto de hojas lo bastante apretadas entre sí como para que el sol ni la lluvia puedan penetrar a través de él; y he ahí al hombre ya alojado. Es cierto que el frío y el calor le harán sentir su incomodidad en esta casa abierta por todas partes, pero entonces llenará los espacios comprendidos entre los pilares y se encontrará guarnecido..."

Igual que la cabaña de que hablara el abate Laugier, la nuestra también había quedado solidariamente implantada en el paisaje natural, del color de los troncos de los árboles que la rodeaban, discreta sin destacar sobremanera sobre el fondo de roca y vegetación pero dejando su impronta en el terreno, marcando lugar como centro de atención donde gravitaban nuestros ociosos fines de semana. Casados ya Teresa y yo, fue lugar de repetido peregrinaje a los ansiados momentos felices, en innumerables viajes que nos llevaban siempre al mismo sitio de la montaña...; hasta aquel último.


Teresa que ya estaba embarazada de nuestra hija Elena,
posa con la cabaña al fondo casi perdida en el paisaje

Había que proveerse de leña para que el fuego del hogar
no se apagara y en ello me empleo con fuerza


Más que un viaje de ida, era un viaje de vuelta, intentando retener por siempre, primero en la retina y luego en la memoria los últimos momentos. Las imágenes de los lugares que atravesábamos, aquel final de primavera, desde Castelldefels, donde vivíamos, hasta pasado el pueblo de Sant Vicent dels Horts en donde acababa el asfalto de la carretera dando paso a un camino de tierra y grava por el que se subía a la montaña para llegar hasta "la cabaña" --como la llamábamos-- eran las mismas de siempre, pero los ánimos eran muy distintos a los de otras veces; y no sólo durante el viaje, sino durante las horas de aquella jornada en la propia parcela: presentíamos que eran el viaje y la estancia de la despedida. Así ha sido; no hemos vuelto más pues, además de cambiar nuestra residencia a Madrid, todavía entonces diez años después de adquirir el terreno persistían los problemas de legalización urbanística del monte, antiguos predios donde había implantada una ermita consagrada a la Virgen del Remei. La especulación y la falta de escrúpulos de gente abyecta acabó con el sueño. Pero que importaba el mal negocio, ni el dinero: temas triviales... lo realmente importante, vital para mí, era que no solo había cumplido mi fantasía deseada sino que, además, habíamos disfrutado durante casi un decenio de su amparo; pero no sólo nosotros tres --fruto de aquel amor había nacido nuestra hija Elena-- sino también de otras personas allegadas, convirtiéndose la cabaña en el punto de encuentro de gozosas jornadas de campo, compartiendo con familiares y amigos: vivencias, risas y complicidades mientras degustábamos un delicioso arroz hecho allí mismo en el hogar de la chimenea. Las recordaremos toda la vida.

Hoy, treinta y cinco años después, la pregunta obligada: ¿Qué habrá sido de nuestra cabaña?... ojala le haya servido de refugio a alguien.


FranciscoMolinaGómez

lunes, 2 de diciembre de 2013

LA SALIDA EQUIVOCADA











Salió al andén y no lo reconoció... habían desaparecido las vías de hierro y ya no habría más trenes... se lo habían advertido hasta la saciedad... después la esperó sentado en el banco de aquella estación abandonada durante varios días... inútil esfuerzo: había tomado la salida equivocada


Un tercio de nuestra vida es una sucesión de sueños en donde se mezclan, se amalgaman y se funden las personas, los objetos y las situaciones vividas...; un tercio de nuestra vida la pasamos, engañados por el subconsciente indicándonos las salidas equivocadas que nos abocan a extraños mundos...; o quizás las tomamos conscientemente escudándonos en los sueños y engañándonos a nosotros mismos.
Dos tercios de nuestra vida los pasamos justificando en los actos de los demás nuestras equivocaciones, los engaños, las mentiras...; ¿condición humana?... de cualquier forma es parte de la existencia.













Pedro conducía el auto resguardado en la penumbra de los altos ejemplares de plátanos que orillaban la avenida principal. Al detenerse en el semáforo se sorprendió al observar a la gente que esperaba el autobús, creyendo reconocer a Marta en una de las jóvenes que parecía no quitarle ojo durante unos segundos, para luego desaparecer en el interior del alargado vehículo. Conducía de nuevo hacia el centro a través del verde bulevar que lideraba la modernidad de su ciudad, una amable capital de provincias, intentando retener en su memoria aquella imagen, su inconfundible cara, su penetrante mirada; sí, era sin lugar a dudas Marta, la última chica que había conocido a la que esos días embelesaba en periodo de seducción pendiente de asalto a su cama, y en cuyo pensamiento ahora se regodeaba, para de repente rechazar tan placentera secuencia y recordar sólo a María, su novia, la que no había visto desde hacía dos años y casi tres meses, cuando ésta se ausentara a otro país y a cuyo reencuentro iba queriendo sorprenderla.

Ralentizó la marcha a que le obligaba las estrechas calles del casco urbano hasta confluir por una de ellas a la estación del tren, cuya vieja fachada presidía una recóndita plaza configurando un atractivo lugar de descanso y ocio de sus conciudadanos que, en aquel momento del día, abarrotaban las mesas de las terrazas, brillando metálicas, salpicadas entre el verde esplendor de las acacias, bajo una de cuyas sombras aparcó el automóvil. Se bajó del coche y se fijó, una vez más de tantas, en el antiguo y descolorido cartel que anunciaba el edificio. Su alargada y blanca portada, con la luz del sol mostrando la imperfección de sus revocos, le condujo al interior de la estación, en semipenumbra, enmarcando a contraluz unos grandes y luminosos ventanales, desde donde pudo observar cómo, en ese preciso instante y lentamente, hacía su entrada un tren hasta detenerse con un fuerte chirriar de ruedas metálicas. Su reloj de agujas doradas marcaban las doce horas y diez minutos y salió al andén en busca de María sin que ésta diera señales de vida entre los pasajeros que, minutos después y entre efusivos saludos, bajaban de los vagones y se amontaban frente a las salidas, por donde desaparecían más tarde.

La hora de espera, sentado en el banco de madera que amueblaba en solitario el exterior resguardado por la marquesina, le pareció una eternidad hasta vislumbrar como otro tren se aproximaba a los lejos. El corazón le dio un vuelco y como un resorte Pedro se dirigió al jefe de estación y le preguntó en que andén se iba a detener, señalando hacia la locomotora que se acercaba con agudo silbido advirtiendo su entrada. Pedro tomó la salida equivocada, que sin embargo le indicara el hombre con uniforme oscuro y gorra de color rojo, y abocó a un lugar extraño en el que no veía edificio alguno, ni avenida principal, ni arcén central, ni a Marta, ni a Paula, ni a Yolanda, ni a Regina, ni a María... sólo oscuridad de un interminable túnel donde circulaban velozmente y sin detenerse otros trenes como saetas cortando aquel aire enrarecido; caminando angustiado hacia el lejano foco de luz que vislumbraba al final del agujero negro, que era la salida del suburbano, y en Pedro anidó la congoja de no haber encontrado el tren que le traía a María.

Buscando el aire fresco subió hasta la calle dejándose arrastrar por la tracción mecánica de la escalera eléctrica que le expulsó, casi violentamente, a la negrura del exterior --del mismo color oscuro como pintan las noches muy cerradas--, mientras se preguntaba porqué el hombre de uniforme le había mentido, o es que tal vez él no entendió la correcta indicación del experto en salidas. A Pedro le asaltó inmediatamente la culpa de la deslealtad y pensó que , actuando preso de un profundo estado de ansiedad, se había precipitado hacia la salida que no era, y ahora, como castigo, habitaría de por vida aquel lugar oscuro por el que transitaba a tientas sin reconocer el sitio, con los edificios recortados en el tibio y macilento alumbrado urbano como masas grises alineando la semioscuridad de las calles sin nombres, sin números, sin árboles...; sin gentes, sin Paula, sin Yolanda, sin Regina, sin Marta, sin María.

Marchaba con gran desasosiego rozando las texturas de los edificios hasta dar con la puerta abierta de uno de ellos. Entonces suspiró aliviado pues necesitaba acogerse en algún sitio para descansar. Subió a tientas guiándose por el pasamanos de la barandilla anclada a unos desgastados escalones de madera hasta la luz que salía de una de las viviendas: una luz intensa, cegadora que incitaba a penetrar en ella. La recorrió hasta descubrir un escritorio antiguo de maderas nobles en donde en el tablero levemente inclinado había dispuesto papel y tinta. Se sentó frente a él y en un impulso automático, necesitando dar testimonio del otro lado de la salida equivocada, escribió sobre ese mundo ahora perdido; un mundo todavía recordado con muchos momentos de éxtasis retozando en los lechos de sus amantes Paula, Yolanda y Regina, en ausencia de María; con la última conquista femenina --en fase de abordaje a su tálamo-- esperando el autobús en la parada del arcén central; con antiguas estaciones de fachadas soleadas a mediodía; con otras estaciones que lo parecen pero no lo son; con gente dispersa en terrazas que relucen metálicas al sol; con trenes que se observan a lo lejos pero que nunca arriban a la estación; con trenes que no van a ninguna parte; con jefes de estación que mienten señalando salidas equivocadas... obviándose a él mismo, a las personas que justifican sus propias mentiras, sus infidelidades. Escribió obsesivamente intentando encajar todos los elementos de aquel universo para entenderlo, pero fue inútil; no halló ninguna relación.

Avanzada la noche, ya cansado, ordenó y guardó en el cajón del escritorio las hojas escritas, quizás como arrepentimiento para contarle todo a María o simplemente como argumento para autoconvencerse que los sucesos de aquella jornada no habían sido un sueño, que no estaba levitando fuera de la realidad percibiendo un mundo virtual de sombras, y se quedó profundamente dormido agrupando brazos y cabeza encima del escritorio, cuando... súbitamente despertó sudoroso y angustiado,reconociendo aliviado las paredes de su propio dormitorio, y recordando ahora ya calmado que su novia María, a la que no veía desde hacía dos años y tres meses, tiempo que la había estado negando, llegaba al día siguiente en vuelo regular desde Brasil.

Se asomó al balcón de su casa que flotaba sobre una extensa alfombra de hojas verdes, las que brillaban con los primeros rayos de sol de la mañana. Extendió la mano hacia la luz percibiendo el calor de la vida. Se alegró por él más que por María.



¿Qué vía tomar en las encrucijadas de la vida?... es decisión de cada uno

FranciscoMolinaGómez

martes, 26 de noviembre de 2013

DE VOCACIÓN: ETERNO ALUMNO











Portada de la escuela superior de arquitectura de Madrid; el final de la larga y accidentada travesía: mi particular Ítaca.



Epílogo en clave singular de una despedida... la de toda una vida de alumno que empezó cuando aún no tenía uso de razón, hace muchos años en Granada allá por finales de la década de los años cincuenta del siglo pasado, y ha perdurado constante en el tiempo, caminando paso a paso, subiendo peldaño a peldaño: primaria... bachillerato elemental... bachillerato superior... oposiciones... otras oposiciones... curso profesional... arquitectura técnica... oposiciones restringidas... curso profesional... y ¡por fin!, el colofón: arquitectura superior, lo último; por lo que este desenlace era también un adiós a mi querida escuela de arquitectura de Madrid, donde pasé los años más fascinantes de mi formación humana e intelectual; pendiente de relato.








Hace ahora trece años y en la escuela técnica superior de arquitectura de Madrid se produjo un hecho para mí insólito hasta entonces: a mis cuarenta y ocho años de edad me daban de baja como alumno. ¡Qué barbaridad!

No me lo podía creer. ¿Cómo me hacían eso a mí?, después de tantos años ocupando en alegre camaradería las espaciosas aulas, compartiendo efusivos saludos en los alargados pasillos y entablando maratorianos debates arquitectónicos en los vastos vestíbulos entre las exposiciones de dibujos y de maquetas de edificios. ¡Era tan feliz!

No me resigné y fui a protestar a la delegación de Alumnos que estaba en el pabellón nuevo --junto a publicaciones--, recibiéndome su responsable, un joven al que al identificarme como alumno no daba crédito a tan larga y dilatada estancia en la escuela: ¿Lo tuyo acaso sea un claro caso de abducción?, me preguntó sin interesarle el asunto que me había llevado hasta la delegación: ¡No!, ¡no!, lo mío es vocacional --argumenté--. Esta prolongada estancia, como podrás comprender, me ha hecho ser un adicto al aula. Ahora no puedo dejarla y sin embargo me conminan, sin mi permiso, a dejar de ser alumno. ¡Tienes que hacer algo!, le supliqué. Me miró de arriba abajo sin dejar de sorprenderse: Yo no puedo hacer nada... compréndelo... la defensa de tu caso es muy difícil. Lo tendrás que hablar con el director de la escuela, me dijo con cierta desconfianza, dejando entrever que el mío era un caso perdido.

El despacho del director de la escuela sigue estando aún en el primer piso del pabellón antiguo, en la planta noble, al que se accede a través de unas ampulosas escaleras. Llamé a la puerta e ingresé en el despacho cuando una voz me dio la venia desde el interior: ¡Hombre!, don Paco Molina, yo le creí ya fuera de esta escuela --la primera en la frente, pensé--, ¿que le trae de bueno por aquí?, me preguntó el director, mientras me invitaba a sentarme: Señor director yo quiero seguir siendo alumno de esta escuela de por vida. Se lo solté de golpe y porrazo, sin preámbulos a fin de no perder tiempo: Pero criatura lleva usted demasiado tiempo con nosotros; ¡hooombre de Dios! no se da cuenta que esto sería un dato anómalo en las estadísticas de esta escuela, incluso diría yo un mal ejemplo para nuestros jóvenes alumnos; bueno ¡mírese!, por su edad pudiera hasta ser ya el director de la escuela, me lo dijo con ese aire paternalista que tienen todos los directores de escuela: ¿Hombre?... ¿tanto tiempo?... ¿tanto tiempo?..., no creo, balbuceé sin querer reconocerlo: Pero ¡alma cándida!, acaso usted no es consciente del paso del tiempo, no se acuerda de que cuando ingresó en estas aulas se dibujaba con tiralíneas y tinta china. Aquel dato me hizo reflexionar y pensar que quizás el señor director llevaba razón y había llegado, tal vez, el momento de la despedida: Además mírelo usted por su lado positivo --prosiguió el director--: le vamos a dar un título de arquitecto y una gran fiesta de graduación.

Aquellos reconocimientos acabaron por vencer mis reticencias y agradeciendo el docto consejo de tan ilustre persona me marché aquel día definitivamente de la escuela, pero no por la puerta de atrás que da a los aparcamientos; lo hice por la puerta principal que da a la sublimada explanada de acceso.

Bueno definitivamente... definitivamente..., no --pensé volviendo para atrás la cabeza y echando un último vistazo a la portada de entrada, cuando me marchaba, mientras mi mente confabulaba una intrigante idea--; aún podía seguir un tiempo más como alumno, sin que el director se pudiera oponer, cuando iniciara los estudios de doctorado: ¡Jé!, ¡jé!... ¡volveré!, me dije.





Portada de la academia Isidoriana en Granada --calle Arriola, 9-- donde cursé los años de bachillerato; inicio del viaje.


Trece años después, en relax... me estoy desquitando de toda una existencia de aulas y clases. No sé si volveré pues he hallado otras aulas que están en todas partes sin necesitar de un edificio en concreto. La contemplación de lo que te rodea sin tener que hacer nada más, o haciendo otras cosas, es también bagaje de aprendizaje...; y esto, a estas alturas de la película de mi vida, me complace enormemente. Es como seguir siendo alumno eternamente. Todo tiene su tiempo. Lo importante es no haberlo perdido en aras a conseguir los sueños anhelados. Siempre lo pensé.

FranciscoMolinaGómez
(Dedicado a mi mujer Teresa y a mis hijos Elena, Miriam y Borja, a los que, imponderables de las circunstancias, les privé de muchos momentos familiares que ellos entendieron cariñosamente --¿es más importante la calidad que la cantidad?... pienso que todo es importante--. En la paz del sueño cumplido me afano por recuperar el tiempo con ellos.)

jueves, 14 de noviembre de 2013

LA ABSTRACCIÓN HECHA FORMA

















Las noticias de la existencia de un museo de arte abstracto en una ciudad tan antigua espoleó mi curiosidad, durante mucho tiempo, por conocer Cuenca y sobre todo su singular museo. La oportunidad de visitar la ciudad se forjó en el final del verano e inicio del otoño de dos mil once. 













Ya a la mitad de la década de los años sesenta del pasado siglo la habían intitulado la ciudad abstracta. La vista desde el Parador --dónde nos alojábamos mi mujer Teresa y yo-- de sus casas colgadas sobre la cumbre rocosa enfrente daba fe de ello; visión de cuadro cubista, de abigarrados y complicados volúmenes que se descomponían en multitud de planos superpuestos, materializados en variaciones de color por efecto de la luz, hasta conformar en la retina del ojo la tercera y esa cuarta dimensión de la que hablaban las vanguardias artísticas de principios del siglo veinte y cuya transposición al papel no me pude resistir. Dos o tres colores y una pequeña hoja de bloc eran suficientes.
Desde la explanada del Parador --antiguo convento de dominicos del siglo diecisiete-- se dominaba todo el perfil de la antigua ciudad vieja: sucesión de civilizaciones y periodos históricos, unos superpuestos sobre otros; materia ingrávida desafiando el equilibrio al borde del profundo barranco de rocosa piedra, desbordándose hacia el valle desde su punto más alto, donde destacaba tenebrosa la silueta del edificio de la Inquisición --más modernamente correccional--; sobrio, carcelario, de paredes muy gruesas y pequeños huecos, el que quedó materializado en el reflejo del cristal de la ventana de la habitación que ocupábamos en el Parador. Aquella imagen impresa en el vidrio al abrir la ventana de la celda, era seguramente la primera que percibían sus moradores dominicos: los propios inquisidores. La imagen era tan extrañamente atrayente cuando abrí la ventana que inmediatamente quise hacerla mía. Todo era como irreal, de alguna manera:sugestivamente abstracto; el paisaje de fondo de piedra redondeada de lo que había sido un profundo cauce de río, se fue transformando por la magia del lápiz de color en las fantásticas formas que el propio terreno sugería: figuras sensualmente voluptuosas, cuerpos amorfos maclados unos con otros.


Ahora las habitaciones del antiguo sombrío edificio acogían actividades culturales y su fachada se constituía en lienzo, sobre cuya piedra, la misma noche que llegamos a Cuenca, se hacían proyecciones de colores con luces de neón, las que acompañaba una ruidosa música electrónica --¡chun-da!, ¡chun-da!, ¡chun-da!...-- de fiesta joven. Habíamos llegado en plenos festejos de San Mateo, patrón de la ciudad.

De una ciudad --como pudimos comprobar cuando la visitamos atravesando un largo puente de hierro que salva el hondo cauce-- de la que se ha ausentado cualquier superficie horizontal, donde abunda lo inclinado o lo muy inclinado, en la que todo parece sin sujeción al suelo, en un equilibrio al límite de la masa edilicia en peligro de deslizarse, en cualquier momento, pendiente abajo. Y hacia abajo apresurados por la aceleración del peso de su propio cuerpo en rampa tan pronunciada --calle principal del casco antiguo-- iban los nativos, la tarde del patrón, acompañando al novillo atado por los cuernos, que se precipitaba con más brío por su gran peso desde la plaza de la catedral --cuya fachada aparecía plagada de chavalería, encaramados los chavales a sus cornisas e impostas a resguardo de la res-- hasta el fondo donde se hace visible el Júcar, después de atravesar las arcadas del ayuntamiento en sus bajos por donde se desmaterializaba el notable edificio que transversalmente cerraba la plaza; ¿hay algo más abstracto que un ayuntamiento que se traspasa por debajo, una y otra vez, obviándolo como si no existiera?... los archivos de mi mente sobre este tipo de edificios públicos se bloquearon intentando descifrar tamaña visión.

Después el novillo subía cuesta arriba, resoplando ruidosamente, acompañado por los paisanos; éstos sudando y vociferando, los que en el penoso recorrido se iban relevándose... para después hacer todos el camino contrario pendiente abajo... y más tarde cuesta arriba... sin solución final y sin que mi mujer ni yo encontráramos en aquel interminable ir y venir el punto de diversión... así que en un momento de aburrimiento, aprovechando la bajada de toda aquella caterva de emuladores de sanfermines hacia la zona más baja, traspasamos las rígidas tablas de las vallas de protección y sin perder de vista la dirección por la que había desaparecido el torito nos escabullimos, atravesando con mucha prevención las repetidas y numerosas vallas de madera que cerraban las calles más próximas al centro, hasta refugiarnos a salvo en el patio del Parador nuestro particular oasis al que envolvía un artístico claustro porticado con columnas acabadas en capiteles con cierta figuración manierista en donde apoyaban la sucesión de arcos de medio punto con despiece en piedra caliza, y en cuyo centro las relajantes notas del fluir del agua en la fuente daban tregua al cansancio de la jornada festiva, relajados en la agradable visión de la piedra que iba perdiendo su color oro conforme la luz del día iba desapareciendo. Luego al calor visual de unos velones y al más intenso y corporal, por la ingesta del alcohol, de unos combinados en copas anchas y mucho hielo oíamos a lo lejos, avanzada la noche, el vocerío de las gentes que se perdía en el tronar de los fuegos artificiales: ¡¡Viva San Mateo!! Tampoco me resistí en uno de aquellos momentos de relajación, que se prodigaron aquellos días, en atrapar esa luz de principios de otoño que por las tardes se aposentaba en el patio, cuando la sombra proyectada cubría la mitad del mismo.
La posibilidad de penetrar en la propia abstracción se nos ofreció los días después de la celebración del patrón, cuando el museo de arte abstracto abrió de nuevo sus puertas tras las fiestas. El propio contenedor --buena parte del interior de las casas colgadas-- es ya de por sí singular. No es un museo al uso organizado en largas galerías con una sucesión infinita de cuadros, no; aquí las obras individualizan el ámbito: los pequeños espacios que se suceden sin un itinerario prefijado, solo sujeto a la agradable sensación de la sorpresa de las pinturas y esculturas; de su descubrimiento en un recorrido de casa antigua, con sus recovecos, retorcidas escaleras, anchos muros que hacen de fondo neutro valorando extraordinariamente la obra creativa expuesta: la de la vanguardia del arte abstracto español; ¡casi nada!

Que envidia no haber estado allí, no haber pertenecido a ese grupo visionario haciendo a contracorriente la revolución artística del arte en este país, en los años cincuenta y sesenta, en lucha contra la adocenada oficialista cultura de un Régimen gris, anodino y zafio en lo creativo, que les denostaba; y un inmenso público, ignorante de su propia historia, que solo visualizaba el arte en clave figurativa, con los mismos códigos de muchos siglos atrás --como si nada hubiera ocurrido desde entonces--; error en el que también caí yo al principio, en un comprensible mecanismo automático de percepción mimética que se ha fijado en mi mente y el que cada vez con más ahínco intento ignorar; cuando contemplando la obra expuesta de pintura "Toledo" de Rafael Canogar intentaba en la explosión del gesto pictórico que simulaba un promontorio ver en él el conocido territorio de la capital manchega, sus torres, sus calles, la curva del río..., luego la reflexión que como penitencia me impuse ante tan truculenta debilidad y la lectura del prospecto con la sinopsis de la exposición me salvaron momentáneamente de la quema... ¡no es una ciudad real!, es una ciudad fabulada sólo en la mente del artista --una metáfora de vivencias personales-- en el que emplea medios puramente plásticos, en un énfasis gestual ligado al action painter americano que bien conocía su autor, pero con recursos locales en el empleo masivo en el cuadro de los colores blanco y negro con leve tono rojo aludiendo al dramatismo de una ciudad antigua invadida por varias civilizaciones. Aún me cuesta disociar ambas visiones.

Me alegré enormemente de que entre otras esculturas hubiera algunas de las primeras obras de Oteiza y Chillida en las que ya aparecía la obsesión de ambos en modelar el espacio interior alojado en la materia, rellenándola de vacío aún más denso que la propia masa... inigualables ejercicios de experimentación de lo tangible para entender la arquitectura a través de la plástica... ¡qué puedo decir de todas las obras expuestas?... un gozoso descubrimiento al estar frente a los originales que eran un manifiesto programático de un cambio en la concepción del arte en una complicada época, y el propósito de seguir indagando en ellas como primeros referentes de la abstracción en este país y en sus autores como avanzadilla quimérica, y el de repetir la visita al museo en cuanto pueda. ¡Por cierto!, muy recomendable para todos los que estéis interesados en la vanguardia del arte abstracto español.

Unos días después la vuelta a Madrid, no sin antes pasear tranquilamente y durante toda una mañana por una casi solitaria Ciudad Encantada de Cuenca. Piedra hecha paisaje abstracto, donde la naturaleza supera a la imaginación...¿o es al contrario?... no sé.






Cuenca en fiestas: ¡Cuidado!... ¡cuidado!... ¡cuidado!... ¡qué viene el toro!

FranciscoMolinaGómez

viernes, 8 de noviembre de 2013

LECCIÓN DE VIDA



Hay ocasiones tan extraordinariamente difíciles en la vida que uno no sabe como enfrentarlas. Una de ellas es el primer momento junto al amigo al que han diagnosticado un mal grave; no sabes que decir; no sabes como confortarlo... pero hay personas que te lo ponen fácil, aquellas que ante tu azoramiento por lo complicado de la situación, al contrario, son ellas las que te animan.







La mañana de final de verano había amanecido algo fresca con un cielo despejado que presagiaba un día de "encuentro" soleado y templado. El encuentro era doble: vernos, después de algunos años, con nuestros amigos Pepi y su marido Miguel, en nuestra querida Barcelona.

Habíamos partido, mi mujer Teresa y yo, en tren desde Calafell --Tarragona-- donde veraneábamos hacia la ciudad condal, bordeando la costa del Mediterráneo y aquel paisaje se nos hizo familiar, muy recordado cuando pasamos por Castelldefels --Barcelona-- donde habíamos vivido durante siete años. Concurrencias del destino: tan cerca de la nueva familia y sin embargo no nos conocíamos. ¡¡Qué rabia!!

Barcelona nos recibió con la animación de las grandes ciudades --muy parecida a la de Madrid, nuestra residencia actual-- reconociendo rápidamente en el característico bullicio de gente transitando por el paseo de Gracia el mismo ambiente que siempre ha animado este bello bulevar. Residentes y advenedizos nos cruzábamos en una ciudad abierta que ya, muy de mañana, nos daba la bienvenida. Los primeros en sus actividades cotidianas y los segundos arremolinados frente a las artísticas fachadas de los edificios modernistas, o saturando las numerosas terrazas que se prodigaban en los alrededores de la plaza de Cataluña. El punto de encuentro con Pepi no podía ser otro: la puerta del "Corte Inglés" orientada hacia la plaza.

Luego unos deliciosos cafés, sentados los tres en una de aquellas terrazas, eran testigos del relato de los últimos acontecimientos familiares que nos contábamos en un agradable y gozoso diálogo cruzado, mientras esperábamos a Miguel atareado en aquel momento en asuntos de vital importancia; en tratamientos farmacológicos en su lucha contra una inesperada y malsana visita: el cáncer que se le ha aposentado, sin ser invitado, en la sala de espera de su vida con perversa intención.


Por los aledaños del barrio Gótico de Barcelona: Teresa, Pepi, Paco y Miguel
 
En cuanto le vi, luego de fundirnos en un muy deseado abrazo y de comprobar en él una aparente buena forma física y, sobre todo, su alegre estado de ánimo --complaciéndose festivamente en el reencuentro-- sin haber perdido su buen humor catalano-cordobés, le di a la inesperada visita que aún habita en el vestíbulo de su existencia pocas probabilidades de éxito; después ninguna conforme transcurría la jornada de encuentro y Miguel iba desplegando en mi ánimo, mientras transitábamos hacia la parte vieja de la ciudad, todo un manual de lecciones de vida, viviendo intensamente el presente, el día a día con Pepi y sus hijos Miguelito y Sergio, y sus nietos, y las cosas cotidianas de las que se ha rodeado: su casa unifamiliar en Vilassar de Mar(lugar que ha elegido para su jubilación) donde ha invertido los ahorros de una vida; su pequeña barquita de la que me habló con ilusión --yo me he quedado con el "cante" y no renuncio, en un tiempo más pronto que tarde, en acompañerle a pescar--; la pasión de padre y abuelo que mostraba cuando nos hablaba de la felicidad de sus hijos y la de sus nietos a los que adora.

Bajamos por la calle Puerta del Ángel, de gratos recuerdos de un tal señor España, empleado de Jorba-Preciados (almacenes de ropa que destacaban en la calle),que nos atendía muy amablemente en lo que ya era una costumbre para una economía media-baja como la nuestra: equiparnos todo el invierno y pagar el resto del año. Un descubrimiento del que nos advirtió Pepi, entonces ya compañera de trabajo de Teresa; recuerdos que íbamos desgranando mientras nos perdíamos en la irregular trama de calles estrechas que rodeaban aquella calle principal. En el restaurante de una de ellas que publicitaba buena comida, alrededor de una de sus mesas, plantamos nuestros reales en el deseo de no perder ni un solo segundo de conversación. Teníamos muchas cosas que contarnos.

Referimos la primera vez que nos vimos todos juntos, cuando, aún en obras, nos recibieron en el garaje de lo que era entonces su ansiado proyecto de casita de campo en Viladecavalls, para la que le había dibujado los planos de distribución y diseñado un agradable espacio de barbacoa al exterior. Recuerdo su familia casi al completo, la madre de Pepi que se afanaba en prepararnos un delicioso arroz en la improvisada cocina y a cuyo alrededor revoloteaban, muy pequeños, Miguelito y Sergio, a los que se añadió en el juego nuestra hija Elena, de tres o cuatro añitos. El tiempo pasó tan deprisa que la noche nos sorprendió a la luz de la lumbre de una hoguera, haciendo costillas a la brasa para la cena, a la vera del camino. Un día por siempre inolvidable. También recuerdo cómo disfrutaban Miguelito y Sergio los fines de semana en la playa de Castelldefels, cuando en los veranos les invitábamos a todos a casa. Tenemos muchas ganas de verlos, de saber de ellos, de tener noticias de sus vidas todos estos años.

La jornada de encuentro, sin que decayera la conversación, derivó en paseo por las Ramblas. ¿Qué puedo decir del bulevar más conocido de Barcelona, si lo frecuenté casi diariamente durante largo tiempo? No me resistí y realizé algunas fotos para el recuerdo.

Segunda parada en una de las terrazas de la plaza Real. La aprecié mejorada, como más amplia, con una acertada proporción de dimensiones que no recordaba, en cuyo espacio cerrado bullía un ambiente de verano con gente muy distinta a la otrora "canalla" que por entonces deambulaban por sus soportales. Pero nosotros a lo nuestro: no dábamos tregua a los recuerdos y a las novedades surgidas desde la última vez que nos vimos en el puerto de Castelldefels, casi quince años atrás.

Demasiado tiempo sin vernos. Ya se sabe; la distancia; la crianza de los hijos; la realización de los proyectos pendientes, eternamente aplazados; los cambios de teléfono y de residencia... ¿trampas que nos pone la vida para alejarnos de las personas que queremos?... no creo... simplemente la inercia que adquirimos, sin apercibirnos apenas, en el vertiginoso giro de la rueda de la vida... A pesar de todo ello siempre les hemos llevado en el corazón. Nunca les hemos olvidado.

El último paseo por el barrio Gótico, comprobando su agradable y acertada peatonalización...Catedral, plaza de san Jaime, vestigios romanos del templo de Augusto..., hasta abocar otra vez al punto de partida --el paseo de Gracia-- en donde hicimos un alto en la artística fachada de la casa Batlló. Nunca me canso de verla. Siempre descubro en sus detalles cosas nuevas.

Hubiera estado todo lo que restaba de tarde-noche con ellos, contemplando las arquitecturas surgidas del genio de Gaudí que, afortunadamente, se prodigan en el lugar. Quisimos incluso poder acercarnos al edificio de la Pedrera ubicado cerca de donde nos hallábamos pero se hacía muy tarde y tocaba la despedida, pero esta vez no un: ¡Adiós!, sino un:¡Hasta luego!, porque ahora que nos hemos reencontrado, Pepi y Miguel, no os dejaremos marchar.

Ahora somos más; entre todos echaremos a patadas a la inoportuna visita que espera inútilmente en el zaguán de entrada su oportunidad, un descuido, una bajada de defensas. Incauta, Miguel tiene la moral muy alta y una familia y muchos amigos que le quieren.

Aunque no hace falta que te lo diga, querido amigo, no me resisto a gritar:¡¡¡Mucho ánimo, Miguel!!!




FranciscoMolinaGómez

viernes, 1 de noviembre de 2013

UNA APURADA JORNADA FESTIVA







Uno de ellos no es Dalí, es Sergi. Y el otro..., ¿será Dalí?
(continuará)

La primera vez que te vi no se bien quién llevaba a quién: si la enorme maleta a ti o tú a ella. Venías de terminar de grabar un programa de televisión en Madrid y en el ínterim de tiempo entre el hotel y el piso de tus amigos en la capital. habíamos quedado a media mañana en la terraza del bar Habana Vieja en el paseo de Rosales. No me podía creer que por fín te iba a ver en persona --no es que mi sobrino Sergi se haga de rogar, es que es una persona importante con muchos compromisos--.
En el regocijo de unos bien servidos mojitos, el tiempo de conversación, hablando sobre lo divino y lo humano del arte, se me hizo tan corto que ansío volver a repetirlo otras veces. Ya las habrá, ¿verdad Sergi? Mientras tanto: ¡Por favor!, que no se desdibuje de tu cara esa cautivadora sonrisa que regalas con generosidad.
A los pocos dias trasnochaste en casa pues al día siguiente íbamos todos a visitar la exposición de pintura sobre Dalí en el museo Reina Sofía de la capital. Ni imaginar entonces la trepidante jornada.










¿Porqué mi mujer Teresa y yo hemos abjurado siempre de la bulla necesaria a fin de lograr la puntualidad aconsejable en el cumplimiento de una cita cualquiera?; mucho menos si esta es de ocio, como la festivo-museística del otro día... creo que en nosotros es una cuestión irresoluble... o quizás sólo aplazada ante la posibilidad de hacerla menos emocionante.

¿Porqué estar una hora parados, aburriéndonos, antes del inicio de un evento? No se puede desperdiciar los sesenta minutos anteriores a...; así como así. Anda que no puedo hacer cosas en ese lapso de tiempo: levantarme tranquilamente un sábado --10 de agosto-- y después de asearme, preparar un pródigo desayuno para cinco en el jardín de la entrada a la casa: ¡Ah!, que no se me olvide hacer zumo natural de naranja y café, y calentar la leche desnatada; ¡ojo! que el Sergi --nuestro sobrino-- es vegano y no toma leche; no es problema, aquí junto a los paquetes de cereales coloco los brits de leche de soja y asunto resuelto.

La noche en que Sergi había llegado a nuestra vida --es una larga historia que excede este corto relato-- habíamos trasnochado cómodamente sentados, contándonos cada uno episodios pasados de nuestra existencia, en el otro jardín en el que la luz de un potente foco ilumina cada noche la insistente mirada de una Venus de Milo, eternamente confinada en su rincón, vigilándonos; deseando, seguramente, dar una calada al tabaco de la pipa de agua que vanamente --aquello tiraba poco-- intentaban aspirar Sergi y Borja --nuestro hijo menor-- a los que ya desde primer momento les unía, aparte de la sisa que como primos compartían, y entre muchas otras cosas, haber nacido el mismo año. Yo me recreaba en la conversación deleitándome con un don Julián del número uno, cuyo olor del humo, importunaba, probablemente, a Miriam --nuestra hija mediana-- aunque amablemente no protestaba. No era para tanto, simplemente saboreaba un buen veguero en una ocasión extraordinaria. Creo que molestaban más los infames mojitos comercializados que mi mujer Teresa nos ofrecía: ¡Mujer!, dímelo antes y compramos un buen ron blanco.

A la mañana Sergi dormía como un bendito, de tal suerte que me dio pena despertarle recordando que aquella noche, cuando llegó a casa, se encontraba algo pachucho con algunas décimas de fiebre: Voy a dejarle dormir un poco más... habida cuenta todavía quedan cuarenta y cinco minutos para la entrada al museo... vamos sobrados. Me coloqué los auriculares del mp3 y me relajé oyendo música mientras desayunaba; momento vital al que se incorporó mi mujer con la evidencia en la cara de no estar todavía en este mundo, al que tardó poco en volver; el tiempo del primer sorbo de café: Creo que vamos bien de hora, me dijo y aquella afirmación en ella me produjo más desasosiego que tranquilidad. Siempre que refiere esa frase llegamos tarde al sitio.

No sé porqué mecanismo el tiempo acelera su paso cuando menos lo deseas, así que tuve que despertar a Sergi a mi pesar: ¡Sergi!, ¡Sergi!, son las diez y media y tienes que desayunar y arreglar la maleta. Y nuestro sobrino se incorporó a la trepidante jornada con las mismas molestias en los ojos --conjuntivitis-- que ya traía la noche anterior: Ahora cuando termine de desayunar tengo que ponerme las gotas... ¡dónde están las gotas?... y cundió el pánico justo cuando sólo quedaban quince minutos para la entrada a la sesión del museo contratada: Bueno si no las encuentras vamos a una farmacia y las compramos...: No, no hace falta, tienen que estar en la habitación, es que soy un desastre con el orden --más que desorden, Sergi practica el mismo orden dinámico, marca de la casa, que también practicamos nosotros; le vendrá de familia--.

Al poco rato nuestro sobrino nos regalaba una amplia sonrisa exhibiendo el botecito de las gotas, momento en el que me entró el auténtico pánico ante la pachorra que mostraba, a cinco minutos del inicio del evento, nuestra hija Miriam que se incorporaba al desayuno. Si lo de mi mujer Teresa y mío es raro, lo de nuestra hija mediana raya lo patológico. Tiene la facilidad de ir estirando los cinco minutos finales de una hora hasta convertirlos en otros cincuenta y cinco minutos anteriores, engañándose a sí misma en el convencimiento de la elasticidad del tiempo. Resultado: sus amigos y amigas siempre la tienen que esperar un buen rato cuando vienen a recogerla a casa.

Ya en la capital, dejando a buen recaudo la maleta de Sergi en el coche y el vehículo a resguardo en un parking del centro urbano, nos lanzamos a la búsqueda de un taxi. Tuvimos suerte: el taxista era normal, de los que hablan poco; apenas dos frases, la de inicio: ¿Adónde vamos?...: Al museo Reina Sofía...; y la del final: Pues ya estamos... :¿Cuánto es?...

A pesar de haber llegado veinte minutos más tarde aún persistíamos en nuestra extraña percepción del tiempo, pues nos entretuvimos en obtener algunas instantáneas fotográficas de tan especial momento, justo enfrente del cartel desde el que un Dalí de ojos saltones y erizados y finos bigotes nos lanzaba su paranoica mirada, anunciando la exposición: 27 abril-2 septiembre 2013/ Dalí/ "Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas".

Por si no habíamos perdido ya bastante tiempo equivocamos la entrada al museo, al que se accedía rodeando toda la manzana hasta la plaza donde dos torres de vidrio en clave high tech nos daban la bienvenida. Y a partir de aquí la marabunta: la primera cola para pasar los objetos por el arco de detección, los primeros zigzagueos buscando los ascensores hasta en nivel 3, la segunda cola aguantando el calor que por efecto invernadero nos prodigaban los cristales de las torres que conforman las cajas de los montacargas y parada en el control de las salas, donde percibí, inmediatamente, un extraño cruce del flujo de entrada a la exposición con el de visitantes que estaban dentro. Motivo: la exposición no empezaba allí había que buscar la sala 1 que estaba al fondo doblando la esquina del patio del edificio de lo que fue antiguo hospital general de Madrid en el siglo dieciocho. Entre unas cosas y otras habíamos perdido casi una hora y eso no hubiera sido ningún problema si nuestro sobrino Sergi no tuviera billete de tren-Ave a Barcelona para las cuatro y media de la tarde. Apenas tuvimos dos horas para ver una exposición para la que, visionando todas las obras y documentales, se necesita una jornada completa de museo: de las diez de la mañana a las nueve de la noche, como mínimo.

Por ello cuando solo estábamos en el ecuador de la exposición empezamos, mi mujer y yo, a "tirar" de Sergi que como futuro gran historiador de arte se resistía a abandonar tan rápidamente las salas y malgastar aquella oportunidad de contemplar los originales de tan celebrado artista --"Figura en la ventana", "Persistencia de la memoria", "El rostro del gran masturbador", "El hombre invisible", "El espectro del sex-appeal", "El enigma sin fin"...--: Venga Sergi, solo tenemos tiempo para ir a comer algo aquí cerca y recoger la maleta..., si no pierdes el Ave.

Lo más socorrido que encontramos a un tiro de piedra del museo, teniendo en cuenta las necesidades culinarias --vegetariano-veganas-- de nuestro sobrino, fue un restaurante chino justo al cruzar la calle Ronda de Atocha. Aunque intentamos pedir rápido, incluso Miriam --todo un milagro de decisión vertiginosa que agradecimos-- de entre todo el personal del restaurante dimos con el estereotipo clonado de camarera china programada para repetir y repetir lo mismo: Menú hoy sólo plimela página...: Menu hoy sólo plimela página...: Menú hoy sólo plimela página...; ante nuestra insistencia de poder elegir otros menús de la carta, no tanto por ser más baratos sino por adaptarse más a las necesidades de comida de nuestro sobrino; instamos, suplicamos, incluso Sergi pensó en una reclamación... nada que hacer: era irreductible, persistente, tenaz, perseverante, constante, firme, terca, resistente, incansable: Menú hoy sólo plimela página...; al final claudicamos teniendo en cuenta que no podíamos perder más tiempo en disquisiciones de comida china. Comimos con la misma rapidez de los pavos, obviando postres y cafés.

Cuando subimos al taxi que paramos en la misma puerta del restaurante chino comprobamos que nos había tocado otro estereotipo que abunda por la ciudad de Madrid: el taxista pesado, pero no pesado un poquito... no, no... ¡pesado!¡pesado!... y enseguida, nada más acomodarnos en el vehículo, inició el relato de las Crónicas completas de las batallas del gremio de taxistas contra el "perverso" ayuntamiento de Madrid, lo que le obligaba a ir despacito al objeto de que le diera tiempo de endosarnos todos los episodios, sin parar de hablar. Yo lo sufría más que ninguno pues iba a su lado en el asiento de delante: Jefe, usted no puede hacerse una idea desde dónde viene esta lucha... y antes de que se remontara a la época del primer sapiens-taxista le mandé una carga de profundidad en su amor propio: Métale usted al coche que va muy despacio y tenemos que recoger una maleta en la calle Evaristo San Miguel y después marchar a coger el Ave a Barcelona de las cuatro y media: Habérmelo dicho usted antes, entre otros galardones tengo el de taxista más veloz...; ahora mientras circulaba por la calle Bailén a toda pastilla glosaba en su persona toda una retahíla de virtudes de volante que yo celebraba en el convencimiento de que llegar a tiempo al tren conllevaba un esfuerzo disimulado de simpatía hacia el conductor: Bueno, menudo soy yo de rápido; os va a sobrar media hora.

Efectivamente ese era el tiempo que quedaba para el inicio de la partida del tren cuando aquel espécimen sin dejar de hablar paraba el coche enfrente de la puerta principal de la estación de Atocha: Bueno, nos quedan aún treinta minutos... si quieres echar un pitillo, aquí se puede, le dije a mi sobrino: Es que no tengo papel de fumar, se lamentaba Sergi en la necesidad del último cigarrillo antes de subir al Ave. A los pocos segundos mi mujer Teresa le ofrecía a su sobrino un cigarrillo de los comercializados que le había pedido a una señora muy emperifollada que fumaba muy próxima a donde nos encontrábamos: Si se lo pides tú, seguro que no te lo da, le dijo la tía al sobrino. Y es que Sergi luce unos primorosos tatuajes en su pecho y brazos y un reluciente pirsin en la nariz. Nos encanta su personalidad.

Ya en la puerta de embarque después de los efusivos besos de despedida casi le empujábamos al interior, no fuera que después de toda una apurada jornada festiva, aquella terminara con nuestro sobrino en tierra. Aunque, en verdad, hubiéramos deseado tenerle con nosotros un día más: ¡Adiós! y llama cuando llegues. Besos a Diana y tus padres y uno muy grande para ti.


Un mes después, cuando nos reencontramos, te regalé una libretita en la que estaba recogida toda la reseña de la exposición de Dalí --la que vi hasta en dos ocasiones más--, dibujos a mano incluidos, y en la que que ya pudiste leer --como primicia-- esta misma narración. Ojala que ese pequeño empeño te resulte útil.



Gracias por incluirme entre las personas que quieres

FranciscoMolinaGómez
 

miércoles, 23 de octubre de 2013

EL VACÍO ESTABA HÚMEDO Y FRÍO
















La lacra de la violencia de género se extiende como una mancha negra por todo el país..., ¿hasta dónde?..., ¿hasta cuándo?






Caminaba con temor como si la "pesadilla", de la que había intentado desasirse desde hacía mucho tiempo, le acechara en cualquier esquina dispuesta a abalanzarse sobre ella sin piedad queriendo apoderarse, también, de su última voluntad; con la fiereza del animal posesivo, del macho que combate con la fuerza su complejo de inferioridad, engreído en su autoestima de dominante, sin intención de perder la pieza de la caza que veinte años antes había emprendido, en cuyo malsano juego había caído inocentemente ella: "O eres para mí o no eres para nadie".

Mientras andaba cautelosa de la amenaza por las calles próximas al paseo marítimo, rebobinaba en su mente los últimos meses, cuando tuvo que marchar precipitadamente de la casa, dejando con la "pesadilla" lo que más quería: sus hijos, y el recuerdo le desgarraba el corazón y las entrañas, y de los ojos muy enrojecidos brotaron invisibles las últimas lágrimas secas. Sin hijos, sin casa, sin lágrimas se sentía inmensamente sola y al final del paseo atravesó el espigón de dura piedra que se clavaba en el mar, como ánima dócil que va al sacrificio. Sin tiempo para ordenar los recuerdos se aturullaban en su mente, mezclando en el magma de las vivencias de tantos años los primeros días felices, muy escasos, y toda una vida de congoja y desazón que aún perduraba en su ánimo.

Volvió para atrás rápidamente la cabeza antes de enfilar el embarcadero de tablas de madera cuyo final se perdía en la bruma matinal, muy densa a horas tan tempranas, de un color gris que hacía invisible la línea del horizonte confundiendo cielo y mar. Comprobó que no la seguían y suspiró profundamente. Ningún alma en el lugar excepto la suya aunque ella ni la reconociera en aquella última obsesión.

En el silencio del crepúsculo matutino, sobre el fondo muy apagado de los sonidos atávicos del nacimiento del nuevo día, oía muy perceptibles sus pisadas sobre la madera y cada paso desdibujaba un año de su vida: con cada crujido de la madera se iban borrando, a su pesar, los acontecimientos de su existencia de la que aquel preciso día cumplía cuarenta años; pocos para un cuerpo ya consumido en vida.

A la décima pisada la tabla suelta sonó fuerte cediendo levemente al peso de un cuerpo aún hermoso en su delgadez, vibrando todo él en el recuerdo de la imagen de su madre, cuando la besó por última vez antes de huir por las mismas razones por las que ahora ella quería escapar de la vida. Durante el resto de sus días había intentado que no se le borraran los rasgos de aquella cara, su piel suave al contacto con la suya, sus alargados dedos acariciándole el pelo, sus invisibles lágrimas secas, como las suyas de ahora, que le habían marcado dos profundos surcos en los pálidos pómulos, su esperanzada sonrisa que le prestaba un gesto brillante a su mirada..., pero ahora se debatía profundamente en el dolor a perder aquella visión que se borraba inevitablemente en el recuerdo... y su voz susurrante y sus caricias se esfumaron por segundos sin poderlo evitar... ¡qué gran dolor!

A mitad de recorrido por las tablas del embarcadero ya se le había borrado media vida: su infancia, a ratos los únicos momentos felices; el final de su corta adolescencia porque ya esgrimía una adelantada madurez cuando con veinte años le conoció y se volvió loca de ilusión, en los días, entonces, que no tenían suficientes horas para pensar en él; en los tiempos del galanteo del cazador que se pavoneaba ante una presa fácil, dócil, que se le entregaba, y aquella primera muestra de amor propició la alegría del nacimiento de su primer hijo. Después una boda precipitada, su segundo hijo y el infierno que le había dejado sus marcas de fuego en el cuerpo; señales que iban desapareciendo en la medida que se acercaba al final del embarcadero, a cada leve crujido de las tablas.

Los últimos metros hasta el filo de la madera se le hicieron insoportables en el recuerdo de sus hijos, aquellos últimos besos a escondidas, las últimas caricias calladas ante las miradas sorprendidas de los adolescentes que no entendían del todo aquella actitud de la madre, el silencio insoportable de quién no puede decir y de quienes no quieren preguntar adivinando lo peor, en un diálogo sólo de lágrimas que ahora ella intentaba enjugarlas de sus caras de las que comprobaba con pavor que empezaban a borrarse, primero las miradas, después las sonrisas... hasta desaparecer del todo... ¡¡qué intenso dolor!!

Ahora ya sin hijos, sin casa, sin lágrimas, sin recuerdos... al borde del embarcadero, pisando la última tabla, se preguntaba qué hacía allí... miró hacia atrás y comprobó que todo seguía aún latente como si no hubiera solución a sus desvelos... luego se abrochó el escote del vestido que dejaba ver el inicio de unos proporcionados pechos, se mesó los cabellos rojizos que le colgaban hasta el inicio del cuello, se arregló el resto del vestido, se ajustó correctamente los zapatos, asió con seguridad el bolso... y se quedó escudriñando quedamente unos segundos lo que tenía delante intentando descubrir algún rayo de esperanza, pero delante no había nada, todo era una amalgama plomiza que impedía la visión de la luz, una mancha grisácea que poco a poco iba expandiéndose, cubriendo de desesperación todo aquel ámbito, al que sólo ponían ahora sonido el insistente graznido de las gaviotas, como presagio agorero antes de lanzarse al vacío, a la inmensidad del agua que no veía pero que presentía a sus pies y al poco comprobó que el vacío estaba húmedo y frío y se sumergió en aquella humedad que la fue envolviendo conforme descendía rápidamente, aprisionándola, ahogándola, asfixiándola, deseando en un último instante de consciencia habitar eternamente las oscuras profundidades. Vano deseo pues la líquida humedad que la envolvía la fue devolviendo después lentamente a la superficie del mundo que, desde hacía algún tiempo, ya no deseaba.

Sobre el embarcadero vacío sobrevolaban ahora, hoscos y muy ruidosos, los agudos ecos del graznido de las gaviotas.


FranciscoMolinaGómez