lunes, 2 de abril de 2018

LA ABUELA QUE VIAJÓ MÁS ALLÁ DE LA LUNA












Verano de 1969:
Fue aquél un verano expectante, lleno de acontecimientos. Vivía complacido en el gozo de imborrables momentos de éxito por la superación de los estudios de bachillerato que, pensaba, me iba a cambiar favorablemente el futuro, cuando el mes de julio de ese mismo verano fui unos más de los millones de telespectadores que asistimos atónitos con las imágenes del final del viaje más extraordinario que ser humano alguno hubiera hecho a lo largo de la historia de la humanidad. Con su narración lenta retando con la mirada y el gesto grave en una cara ligeramente girada a la cámara que retransmite, el joven corresponsal de televisión española ha ido desgranando día a día el discurrir de la epopeya que había comenzado en Cabo Cañaveral, en los Estados Unidos, a las diez horas y treinta y dos minutos del día dieciséis de julio, con el lanzamiento de la nave espacial Apolo Once en dirección a la órbita de nuestro satélite y con la misión de posar en su suelo el módulo lunar Eagle con los astronautas norteamericanos Armstrong y Aldrin a bordo, los que tras cinco días de vuelo y multitud de vicisitudes, a las veinte horas y diecisiete minutos del día veinte de julio mandan a la central de seguimiento un mensaje tranquilizador: ”Houston… aquí la base de la Tranquilidad, el Águila ha alunizado”, mientras un tercer astronauta –Michael Collins-- orbita con el módulo de mando alrededor de la luna. Con la voz impostada, podando el idioma, y la expresión pausada ralentizando el relato, sin la grandilocuencia de otros locutores, el nuevo corresponsal nos ha ido relatando con cada retransmisión y durante estos días todos los detalles de la travesía, esos que por parecer menores no dejan de ser importantes.
Ahora enfrentaba el instante más emocionante esperado por millones de telespectadores; su reto más importante como periodista: contar en tiempo real al país aquel hito de la humanidad que iba a suceder en breves momentos. ¿Quién hubiera imaginado que el chaval con boina y gabardina que algunos años atrás había llegado a Madrid desde su Huelva natal a buscarse la vida, estaría ahora, en el día decisivo, con un micrófono en Houston, aventurándonos lo que podía sentir un hombre al alunizar por primera vez?: ”Buenas... noches... España... para... televisión... española... les habla.... Jesús Hermida… Estamos... a... la espera… hoy... ya... veintiuno... de... julio... de... mil ...novecientos.... sesenta... y nueve…”
Hablaba cada palabra como forzando una conversación entrecortada por intermitentes pautas, dando la impresión de que cada cosa que iba a contar venía envuelta en misterio, dilatando las frases entre silencios, cuando inesperadamente exclamó sin sobresaltarse: “Son... las dos horas... y cincuenta... y seis minutos... y.... me... comunican... que... ya... tenemos... señal”…, en el instante en que en la pantalla del televisor; que regía en alto en el rincón del salón del pabellón de mayores del orfanato y de la que estábamos pendientes algunos pocos internos, dispensados de no estar durmiendo a horas tan intempestivas, venciendo el sueño a una plácida noche de verano; vimos aparecer una imagen rara y desenfocada.
Era una escena cabeza abajo, cegadora por el contraste; después señales de reajustes y movimientos en la imagen; una enorme nube negra que acabó concretándose en la forma de un ser extraño que descendía por la escala de lo que parecía una máquina; confusión de objetos; vaga e informe visión del ser extraño con una tremenda giba en la espalda; oímos una difusa y entrecortada señal de comunicaciones con conversaciones en inglés sobre un sonido de fondo ensordecedor, y de repente otra vez el ser extraño ahora erguido sobre una superficie brillante: “La emoción... que... se... ha... vivido... en ...esta... sala... de seguimiento... ha sido... indescriptible… todo... el auditorio... ha ...prorrumpido... en... aplausos... cuando... Neil Armstrong... ha... puesto... su... pie izquierdo... sobre... el polvo lunar... al tiempo... que... pronunciaba... para... la historia: Este... es... un... pequeño... paso... para... un hombre ..., pero... una... zancada gigantesca... para... la humanidad”.
Continuaba relatando el comunicador español, con la misma expresión de sucesivas pausas en repetitivos silencios entre palabras y frases el instante vivido, el del primer paso de un hombre en la luna, que, ciertamente nunca vimos, pues las imágenes seguían siendo maravillosamente abstractas, como las de esas ecografías en las que hay que ir adivinando las formas, y que desciframos en la pantalla del televisor como las de una futurista estructura con largas patas metálicas que destacaban sobre un fondo gris algo brillante, un paisaje desértico conformado con lo que parecían ser dunas de arenas y el que identificamos como la superficie de la luna. Al poco rato eran dos los seres extraños, enfundados en trajes hinchables que remataban con aparatoso casco y que se movían a saltos, como jugando, cerca del artefacto en unas imágenes aún muy borrosas: ¡Jóder!, eran ellos: ¡los astronautas!... ¿entonces?... ¡¡¡era verdad que habíamos llegado a la luna!!!














Ahora cada noche mirábamos al astro esperando algo extraordinario, tal vez algún cambio en nuestras vidas, no sé; lo cierto era que una semana después del alunizaje --sábado-- la vida proseguía igual en el orfanato, y, como no, en la rutina de los ensayos del grupo de cantores del coro. Bueno no del todo igual. La noche apacible y quieta tenía un brillo de luna como nunca lo habíamos percibido, una luminosidad explosiva que diluía cualquier atisbo de sombra --sentimiento de saturación de luz explicado, quizás, por la insistencia en observar ahora el disco brillante con más interés--, cuando para ir al ensayo abandonamos el pabellón de mayores en dirección a la iglesia.

Al llegar a la escalinata de piedra de acceso al templo por la puerta de la comunidad de monjas, la intensa luz pintaba de un blanco pulido las dos caras que nos recibían en lo alto de la gradería: sor Josefa la Chica, encargada del coro, nos esperaba en el descanso de la pronunciada escalera, mirando con descaro al satélite aprovechando la altura de aquella atalaya; maravillada, proclamando ininterrumpidas alabanzas hacia el creador de aquel fenómeno que nos iluminaba como si fuera de día: Pues grande sólo es Dios; y al que ahora, habían llegado los hombres, a los que refería, quizás, en la letra de la canción de misa que canturreaba. 

Dándonos el tono cogimos los primeros compases, sin música, sentados en los escalones: Cuando contemplo el cielo / obra de tus dedos / la luna y las estrellas que has creado / ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? / el ser humano, para darle poder..., y a cuyos sones no dejaba de reír aquella otra cara de cera, plagada de surcos --como ríos de luna-- de la abuela Rafaela que sentaba su vejez de muchos años como madre de crianza de niños cuneros, ajena a tan importante acontecimiento, a la vera de la misma puerta en una silla baja de anea, disfrutando oír cantar a sus niños.

Para la abuela Rafaela las noches de verano era su momento de conexión con el mundo exterior. Su único mundo conocido. Toda una vida entre las cuatro paredes del pabellón de la Casa Cuna donde se criaban los bebés y niños pequeñitos del orfanato. A ellos se dedicó en cuerpo y alma desde sus inicios, muy joven, como ama de cría; sin dar tregua al cansancio, al sueño, al agotamiento de noches en vela en lucha contra la enfermedad, la fiebre, el malestar infantil..., aliviando, en lo posible, con su cariño y delicado trato -- A la nanita nana / nanita ¡ea! / mi niño tiene sueño / bendito sea...--, las terribles consecuencias de las virulentas infecciones víricas de fácil contagio en colectivo tan frágil y desprotegido, expuestos continuamente a los estragos de enfermedades como la poliomielitis, viruela, tuberculosis..., en una época con un índice notable de mortalidad infantil que se prolongó hasta los últimos años de posguerra, donde ya se dispuso de los socorridos antibióticos y de las benditas vacunas. 

Aquellos, a los que había velado sus sueños sin cansarse; a los que en la desazón de sus sollozos había apretado contra su cuerpo para darles tranquilidad y seguridad; a los que en infinidad de ocasiones había calmado sus llantos arrancándoles una sonrisa; a esos otros a los que a su pesar no logró borrar su tristeza, o a los que no consiguió que con su compañía se sintieran menos solos..., y que tan injustamente se fueron para siempre o sufrieron graves secuelas como las de no poder caminar de por vida, apenaron para siempre el corazón de la abuela Rafaela.

Pero siempre se sobrepuso. Había tanta necesidad de afecto en materia tan delicada que esta grave carencia no le daba ocasión a que en su corazón anidara la pena; sino, al contrario, aflorara la esperanza de sacar adelante la crianza de sus niños, aunque siempre al final de la crianza otra vez el desgarro cuando sus tesoros pasaban de la Casa Cuna al pabellón del Destete, sin que tampoco se diera oportunidad a la tristeza pues otros bracitos le esperaban reclamando su atención. Todos eran sus hijos, queriendo abrazarlos a la vez, sufriendo por no poder atenderlos en la inmediatez de sus reclamos. Eran tantos. Los reconocía en sus gimoteos, en sus gemidos, en sus lloriqueos... y como no en sus risas. 

No había renunciado a tener hijos, sino al contrario quiso tener más que nadie, por hornadas, sin dar ocasión al desaliento, contribuyendo a proyectos de vida conformando materia tan delicada: la humana. No extrañó los suyos propios pues nos consideró siempre como si en realidad hubiéramos salido de sus entrañas. Era tanto su cariño que, al parecer, había dado sus apellidos a varios bebes sin padres reconocidos. Su calidad humana hizo que los regidores del centro, comprobada la importancia de su labor en la mejora de la salud afectiva de los chiquillos, la hicieran empleada fija de la Casa Cuna, y referente del trato amable y paciente para las otras amas de cría, cuidando del orden entre ellas. Nunca se marchó. Muchos años de dura pero congratulante siembra que había dado su cosecha: el cariño y reconocimiento de sus niños cuando se hacían algo más mayores.

Ahora con más de ochenta años se resguardaba durante el día dentro del edificio, de la cegadora luz del sol sureño, protegiendo así sus delicados ojos, rojos, muy irritados por tantas horas de vigilia robadas al sueño; esperando que llegara la noche para, con su andar lento y torpe al que le había sometido la mala circulación sanguínea de las piernas, después de toda una vida sin tregua al descanso; arrastrar una silla de anea tan pequeña como su encogido cuerpo y salir a tientas, agradecida y sonriente, a la puerta del pabellón a disfrutar de una refrescante y apacible noche en el ecuador del verano. Allí se quedaba quieta, expectante, como una mancha negra sobre el fondo pardo de la fachada, con sus lentes oscuras para que ningún atisbo de luz le hiriera los delicados y velados ojos, agudizando los únicos sentidos que habían resistido algo las enfermedades y el paso del tiempo.

Le gustaba arraigarse en el sitio, marcar mentalmente los límites de lo que siempre había sido su hogar, y para ello se servía de los reconocibles sonidos de esas noches de estío: de fondo el impresionante y profundo silencio que gravitaba en el ambiente envolviéndola, desde el que podía oír nitidamente el chirriar de los grillos entre los matojos, y a lo lejos en las albercas el croar de las ranas; también, y más cerca, el susurro que la brisa nocturna producía, conforme avanzaba la noche, al agitar suavemente las hojas de las moreras esparcidas por todo el recinto, llevándole a su ánimo paz y tranquilidad; también sosiego al mezclarse el susurro del aire con el continuo murmullo del fluir del agua de los surtidores del estanque que presidía los jardines de la entrada, enfrente; de vez en cuando el silencio era inoportunamente roto por un ruido de afuera de su mundo: el del motor de una moto, amortiguado su repiqueteo mecánico por la lejanía de la carretera en dirección a la costa, y que se iba diluyendo en la medida en que se alejaba en la distancia, imaginando, quizás, un fugitivo huyendo apresuradamente de sus fantasmas, como ahora ella de los suyos... o ¿quién sabe? quizás todo lo contrario: atrayéndolos con sus recuerdos.

Pero el sonido que más le gustaba escuchar era el saludo de sus niños cuando casualmente nos encontrábamos con ella; y en esta oportunidad los cantores del coro teníamos más probabilidad de hacerlo que los demás niños cuando, renunciando a regañadientes del recreo de la noche, los sábados nos requerían para los ensayos de la misa del domingo. Aprovechando los minutos previos al ensayo nos arremolinábamos sentados o agachados alrededor de ella: ¡Hola! abuela Rafaela..., y enseguida nos echaba los brazos sin parar de sonreír, regalándonos cariño a raudales, complaciéndonos en los elogios que nadie nos decía. Quizás la necesitáramos nosotros más a ella, que al contrario. Necesitábamos como el respirar sentirnos queridos por alguien al que identificábamos como ese familiar próximo al que se quiere. Todos la adoptamos como si realmente fuera nuestra abuela, incluso los que --como fue mi caso-- no tuvimos que pasar por el pabellón de la Casa Cuna. Era igual. Era nuestra abuela.

Y a la par para ella todos éramos sus hijos cuneros; los que aquella noche en corro cercando la silla baja le hablábamos sin parar, queriendo que nos oyera a todos a la vez; aunque ahora, con evidente pérdida de audición en ambos oídos, le costaba escucharnos: ¡Abuela!, ¡¡¡hemos llegado a la luna!!!” , le dijo uno de nosotros levantando la voz, a lo que respondió: ¡Ah, sí!, sí, a ti te tuve en la cuna…, percibiéndonos como sombras en la poca visión que ya poseía, tocándonos la cara para asegurarse de nuestra presencia con esas manos agarrotadas por la artrosis, ya torpes: Y a ti también te tuve…, y a ti…; las mismas que aún en la enfermedad pretendía que todavía nos fueran útiles, ofreciéndose en algunas labores menores en la cocina, como la de pelar patatas. Bueno, más que pelar patatas, la abuela Rafaela hacía dodecaedros --¡qué gracia!--, vamos que con la piel se quedaba la mayor parte de la carne del tubérculo; ante la exasperación de sor Dolores la Mayor, encargada de las comidas, que le amenazaba con desterrarla definitivamente de los dominios de sus fogones, a lo que ella respondía con una aparatosa risa de dentadura postiza: Mañana será otro día.

Día tras día, aquellos que duró el acontecimiento que cambiaría el curso de los viajes espaciales, como si no hubiese otra noticia en el orbe, se rigieron por las informaciones que nos llegaban del otro lado del Atlántico, en los Estados Unidos de Norteamérica, desde donde técnicos y científicos americanos, tras los primeros momentos de euforia y celebración, seguían segundo a segundo la evolución de los movimientos de los dos astronautas en sus misiones de reconocimiento del territorio; con imágenes, a ratos, recorriendo la superficie con el vehículo lunar; como, en otros instantes de la retransmisión, recogiendo rocas y minerales que, después, al final de la misión traerían consigo a la tierra. Desde allí se emitía a todas las televisiones del mundo: Buenos... días... España... desde... esta... Base... de... Seguimiento..., en... Houston..., Texas... les habla... Jesús Hermida...

Ahora las imágenes emitidas, que ilustraban la pantalla del televisor, eran de mejor resolución que el primer día, pues se apreciaban mejor los detalles del paisaje lunar en el entorno del módulo, y de la vestimenta de sus exploradores que les había permitido salir sin riesgo de él: los del instrumental de control en los aparatosos trajes hinchables; los de la voluminosa mochila con los tubos para el oxigeno; o los del casco cuyo cristal hacía de espejo de otras imágenes que no se veían: las del compañero que le grababa junto al módulo lunar y la bandera muy pequeñita, al fondo, quieta, hincada sobre una superficie brillante en donde habían quedado perfectamente impresas las huellas del calzado de los astronautas al caminar a saltos, dificultados los pasos por la débil gravedad del satélite. 

Lo que más impresionaba es que el horizonte era una línea que parecía cercana, y detrás sorprendía un abismo de intensa negrura por el que, daba la impresión, podían precipitarse en cualquier momento; oscuridad que aún acentuaba más nuestro viejo aparato de televisión en blanco y negro: Siguiendo... el plan ...previsto... por... la NASA... el módulo... lunar... Eagle... ha... alunizado... al... sur... del... mar... de... la Tranquilidad... que... es... la zona... que... observan... en... las imágenes... de... sus... pantallas..., continuaba su crónica el corresponsal de televisión española con su peculiar y enigmática narración de los hechos de aquella gesta.

La epopeya retransmitida absorbía nuestra atención en las horas de los telediarios que nos dispensaba de la siesta y del principio del sueño de la noche, desconectando mentalmente, por unas horas, de nuestra normalizada cotidianidad. Ver la llegada del hombre a la luna que estaba tan lejos era un prodigio inimaginable unos años atrás; además el asombro de la cercanía en la visualización, como si aquello estuviera sucediendo en el patio del orfanato, a un tiro de piedra, nos hacia alucinar..., ¡no acabábamos de creerlo! 

Casi podíamos tocar aquella resplandeciente superficie de la luna, que Jesús Hermida ahora nos ilustraba repetidamente con sus nombres científicos. Supimos entonces que había una cara oculta que era más montañosa y escarpada, motivo por el que los ingenieros directores del proyecto habían descartado para el alunizaje, en favor de la otra cara, la que siempre se observa del astro, por abundar en su superficie extensas zonas llanas, a las que dieron nombres de mares: el de la Serenidad, el de las Lluvias...; aunque a nosotros el que mas nos interesaba ahora era el de la Tranquilidad. 

Con el cielo estrellado, mirando fijamente hacia el astro, seguíamos frustrados en la imposibilidad de localizarlo en la enorme distancia: Allí hay ahora mismo dos personas; qué fuerte. Por toda respuesta: un disco brillante salpicado de manchas que acababa de perder su virginidad:  la aureola romántica que cantaran los poetas --"Por eso luna / ¡luna dormida! / vas protestando / seca de brisas..."--, o la otra mágica de las canciones infantiles –"Quisiera ser tan alto / como la luna / ¡ay!, ¡ay! / como la luna / como la lunaaaaaa..."--; en donde, aparentemente, nada se movía, y cuya luminosidad desaparecía al llegar el día: Mañana será otro día, le había dicho otra vez la abuela Rafaela a sor Dolores la mayor en cuanto percibió que ésta le torcía el gesto.

Y al día le sucedía la noche. Una más como aquella en la que, ajena por completo a proeza tan importante para la humanidad, había salido a sentarse a la puerta, a tomar el fresco, serena, con su cuidado moño plateado, su tez pálida, su figura pequeñita, encorvada; con unos ojos rojizos muy abiertos, curiosamente sin sus lentes oscuras como otras veces, buscándonos acertadamente con los brazos, como si en el resplandor de la extraña luz, que no hubiera conocido hasta entonces, pudiera captar nuestras siluetas. No era una noche más. ¿Qué extraño placer no mundano, le invadía? Lo que emanaba de su expresión de cara era puro misticismo pues ya en la explanada nos miraba como sobrevolando por encima de todo su mundo que le anclaba a la silla. A partir de entonces la buscaba y la deseaba.

Aún pervivía en la necesidad del trance que, desde aquella noche, le seguía provocando un inmenso estado de bienestar, cuando al poco tiempo ya se le hizo del todo imposible caminar; ni siquiera un andar lento y torpe. Fue cuando la ingresaron en una residencia de ancianos que se ubicaba muy cerca del orfanato; circunstancia de proximidad que propició --para alegría de la abuela Rafaela-- que, aunque fuera en ocasiones muy esporádicas, pudiéramos verla, cuando los chicos componentes del coro íbamos a cantar los tiempos de la misa en la festividad de la Milagrosa, patrona de la residencia de ancianos: ¡Hola!, abuela..., y ella como tantas otras veces nos echaba los brazos felicitándonos ahora por alegrarle con nuestras canciones: Gracias, habéis cantado como los ángeles..., y su rutinaria soledad de final de una vida, de la que acusaba ya el cansancio, y que ahora transcurría postrada en una silla de ruedas. 

Una grave gangrena –causa que motivó la amputación de ambas piernas-- remató tantas vigilias sin descanso y tantas noches en vela. Aún así su ánimo siguió alegre, agradecida a todos los que la cuidaban…, serena como si ya estuviera levitando hacia aquel halo de luz que le obsesionaba. No tardó mucho en ir definitivamente en busca de aquella luminosidad que le llamaba, quizás como fondo de túnel en el que al final reconociera las caras de los inocentes que se fueron; como angelitos.

Esa misma luz que la noche del encuentro con sus niños --cuando ya el módulo de mando Columbia con los tres astronautas a bordo había amerizado en el océano Pacífico de vuelta a la Tierra-- se reflejara refulgente en su cara, adquiriendo ésta una suave y arrugada palidez, en actitud alegre, regalándonos cariño con generosidad, profundamente feliz, infundiéndonos a todos los que la rodeábamos, en momentos tan trascendentes para la historia de la humanidad, más confianza que esos grandes exploradores del espacio que tras algunos días de cuarentena serían ensalzados como héroes en todo el mundo. Al contrario que ella: allí, sin fanfarria, modesta, pidiendo perdón por tanta dicha; antihéroe por antonomasia sin embargo había llegado más lejos: había viajado al fondo de nuestros corazones, descubriendo lo hondo de la materia humana: su fundamento. Los otros, viajeros de enormes distancias a velocidades astronómicas --moradores ya del Olimpo Moderno-- sólo habían llegado a la superficie de otra materia menos importante por inerte, que no latía; ni un atisbo de vida: sólo una magnífica desolación.


FranciscoMolinaGómez
(La abuela Rafaela pertenece ya a ese innumerable grupo de héroes anónimos, cuyas hazañas no refieren los libros, ni son portada de los periódicos, ni abren las informaciones de las televisiones del mundo... ni siquiera una mera mención en la memoria colectiva –sirva esta entrada en el blog para ello--; como si no existiesen o no hubiesen existido. A ese batallón humano en las sombras, antihéroes por naturaleza: Perdón por tanta desmemoria)























viernes, 9 de marzo de 2018

AL OTRO LADO DE LA TAPIA












2009.
En uno de los últimos viajes a Granada, visité en las Gabias, a mi sobrina Yolanda, para felicitarle por su reciente maternidad. Al intentar salir de aquella maraña de carreteras y calles desconocidas en la que, para mí, se han convertido las localidades de Armilla y las de su entorno, fui a dar con el coche --claramente desorientado— hasta una escombrera que se alineaba a lo largo de: ¡Jóder!, esta tapia me recuerda?...; ¡¡¡es la parte de atrás!!!...; quedé estupefacto, quieto; de tal punto anonadado que no acertaba a creerme lo que estaba viendo; impensable que se hubiera cumplido aquel anhelo de niño aunque fuera casual; como cuando descubres por vez primera, aunque ya muy tarde, algo que habías deseado siempre experimentar: ver el mundo de atrás, escuchar sus latidos, palpar su libertad con la que soñara cuando estaba encerrado irremisiblemente, entre cuatro paredes, al otro flanco del muro; el lado del que me había ido hacía ya la friolera de casi cuarenta años. Ahora devenía no tanto en un anhelo que se había diluido con el tiempo, sino más en cuanto inesperada y turbadora sorpresa.











Toda una vida imaginando que había detrás de aquel patio donde domaron nuestras naturales ansias de libertad, y ahora casualmente había llegado allí: ¡Dios mío!, ¿donde están los árboles frutales y la casa de campo?… ¿qué queda del paisaje de campiña que se insinuaba desde las ventanas del piso de los dormitorios del orfanato?…: ¡Ah!, sí, ahí está la caseta de ladrillo del transformador eléctrico...; es lo único que queda de entonces...; ¡qué desilusión!

Me acerqué a tocar la tapia, y me pareció más baja, vulnerable…; después me alejé un poco para captar la sinuosa línea de muro --que se perdía a la vista en ambos fondos-- de color indefinido: pardo, sucio, con algunas pintadas de pésimo gusto, escondiendo su abandono entre los coches que, a su amparo, estaban aparcados a lo largo del camino de grava que lo acompañaba, enmascarando los desperfectos en la semisombra que proyectaban los rayos de un sol que a aquellas horas de la tarde ya caía al oeste.

Enfrente, cerca de la escombrera y algo alejado de la alargada tapia, visualizaba las siluetas de varias naves industriales que entorpecían la vista libre en la continuidad de la panorámica de la campiña; si no negando el horizonte, si dificultando la perspectiva de lo que había sido entonces un campo abierto al desconocido mundo de las cosas y de la gente, con la ciudad de fondo eclosionando en la colina: se pasaba bruscamente de una rutina de construcciones normalizadas, sin apenas sensibilidad en el paisaje, a lo sublime de la montaña –aquella cuyas cumbres se travestían de un continuo manto blanco en invierno--, sobresaliendo por encima de los tejados metálicos, en la lejanía.

Estos campos, a la vista de lo observado, se habían convertido ahora en espacios urbanos residuales, nada atractivos, indefinidos: como parte de territorio que se niega, que se ignora, al que se le da la espalda, y que se usa, lejos de la ciudad, como vertedero de los desechos que va produciendo la actividad humana, modificando el paisaje sin más alternativa que la de ir acumulando escombros sobre escombros, ajenas al valor del trabajo de generaciones que se habían sucedido en el cultivo de aquellos terrenos agrícolas para la producción de alimentos en unos tiempos –final de posguerra-- de supervivencia, de carestía de los sustentos más básico para la vida.

Un paraje degradado y, a aquellas horas, muy solitario. Ni un alma, a pesar del establecimiento en su entorno de edificios industriales. Estábamos solos Teresa –mi mujer-- y yo... bueno algo más nos hacía compañía: se había colado de rondón un pasado recurrente que durante largos lapsos de tiempo había quedado velado en mi memoria, aunque nunca olvidado. Un pasado lejano que revivía ahora en mi mente. La que posiblemente, y debido al tiempo transcurrido, estuviera ya mezclando recuerdos reales con otros que no lo eran tanto, como si hubieran sido. Todo formando parte ahora de lo vivido.

Detrás del interminable lienzo pardo y sucio, unos viejos pabellones, que apenas alzaban vuelo por encima de él, me parecieron más prisioneros que nunca. Ni un resquicio a la libertad pues habían instalado en el remate del muro una alambrada metálica. Rebobiné los acontecimientos del otro lado que no veía… intentando localizar en el muro inacabable a cuya visión contribuía --a la mitad del mismo, donde me hallaba-- la extraña curvatura convexa que hacía invisibles los finales de ambos extremos, el punto donde se perpetró la fuga más masiva de la que tuvimos conocimiento en la historia del centro: Fue por aquí..., si fue aquí, donde se juntan las dos tapias –me decía en voz baja--, ésta y la que limitaba el patio de menores, al sur.

No fue difícil dar con el lugar exacto, pues, ahora, en esa parte de la tapia se iniciaba una alambrada oxidada que recorría toda ella en la zona que fue el patio que yo conocí: ¿Entonces, los que vinieron después...?; desconozco la historia…; yo me había ido muy lejos de allí hacía ya mucho tiempo y ahora, sin proponerlo, ni pretenderlo había tropezado con el reverso del lugar de mi infancia y preadolescencia, el que inmediatamente comenzó a perturbarme el ánimo, y que lo hizo desde el mismo instante que siguió al casual descubrimiento, sin poderlo evitar, acelerando un proceso de difícil y complicado ejercicio mental de trasposición de emociones en el tiempo; de imaginar sentimientos que pudieron ser desoladores a una tierna edad en la que te sientes atrapado... en la que te duele que te hayan escondido el horizonte; que te hayan aprisionado la esperanza.

La esperanza es lo último que se pierde, debieron pensar de forma inconsciente los catorce chicos...; o no...; posiblemente primara más, en la emoción de aquellos días preparatorios, la aventura y el gozo de poder alcanzar un sueño: el sentirse libres aunque fuera por una vez y por sólo algunos momentos --quizás días--, que el miedo al futuro: sus actos anteriores y posteriores a la fuga nunca denotaron, en ninguno de ellos, cualquier indicio de pérdida de la esperanza. Era un lujo que no se podían –no nos podíamos-- permitir en contexto tan adverso. Se trataba sólo, seguramente, de dejar volar ésta, ¿a ver qué pasaba?

Lo raro es que los planes –que se dilataban algo en el tiempo-- de la escapada, y que conocíamos, si no todos, casi todos los internos del pabellón de menores, no hubieran llegado ya al oído de las monjas, pues éstas no daban señales de alarma. En un colectivo numeroso –cerca de doscientos niños-- y tan dispar con edades entre cuatro y trece años, era casi un milagro que alguien no hubiera delatado ya el intento de fuga masiva. Esto último --que se difundiera entre mucha gente con el consiguiente peligro de trascender más allá de los internos-- extrañaba aún más la falta de noticias en su contra. Sorprendía sobremanera la ignorancia de los preparativos en monjas y empleadas.

Era curioso que durante los muchos días de planificación de la huida, ninguna de las empleadas, encargadas de la limpieza de todo el pabellón, hubiera dado con el escondrijo, dentro del recinto, donde aquellos catorce chicos escondían una maleta de madera. Aquella no era una maleta cualquiera donde alguno de nosotros hubiera guardado sus escasos efectos personales, era el sancta sanctorum donde se atesoraba todo lo relativo a aquella planificada correría. Era la prueba material de que iba en serio, de que había una clara intención por parte de los confabulados de llegar hasta el final. Algo que les convencía de que estaban perfectamente organizados --lo que les daba tranquilidad--, y que todo iba a resultar tal cual lo habían planeado, percibiendo en el ánimo de algunos de ellos –los encargados del abastecimiento-- cierta actitud de envalentonamiento que intentaban transmitirnos al resto, o por lo menos eso me pareció a mí cuando, en unión de otros compañeros, nos abrieron la maleta para que depositáramos en ella el puñado de castañas que nos habíamos reservado de la ración que nos correspondiere en el postre de la comida.

En el mes de noviembre aquel alimento era muy recurrente en esa época del otoño. Puñados a puñados, de tantos otros chicos, el tosco contenedor de tablas pintado de negro se había ido llenando de las socorridas castañas; ahora éstas colmataban casi el contenedor. Tenían ya suficientes para abastecerse los primeros momentos de la huida. No nos importó desprendernos de alimento tan codiciado que solíamos asar en el patio, extrayéndole a aquel fruto su mejor sabor, sino al contrario muy contentos de poder ayudar. Estábamos con ellos, aunque aliviados de que fueran otros los protagonistas y no nosotros, expectantes en la temeridad pero a salvo, como el que observa el toro en el ruedo protegido detrás de la barrera.

Había tanto entusiasmo que anulaba la certeza en el raciocinio de los catorce de que aquello acabaría muy mal. Por ello; por la valentía que mostraban obviando las funestas consecuencias que se derivaría de falta tan grave; por lo que suponía de peligrosa la transgresión de esa odiosa marca que nos mantenía a raya, y contra la que nos dábamos de bruces cada vez que pretendimos saber que había tras sus ciegos encalados...; por todo ello y por muchas cosas más, tenían todo nuestro respeto y admiración, y, tal vez, también, aunque no lo mostráramos, nuestra disimulada compasión por que el final, más que incierto, sería aciago con penosos correctivos.

En el momento en el que entregábamos nuestras castañas, uno de aquellos responsable de la intendencia mostró ese envalentonamiento que hasta el momento de la entrega sólo lo había dejado intuir, y que yo percibía en sus gestos de héroe o tal vez bandido, no sé –recordando aquello ahora, no podría afirmar a cual de ellos pudieran referir--, esgrimiendo un revólver de juguete que extrajo de encima de las castañas, con el que simulaba apuntar contra todos aquellos que quisieran impedir la escapada: Esto es por si nos sale alguien al paso allí fuera, para asustarle, nos dijo colocándose un pañuelo negro anudado al cuello que le tapaba la boca. Sobresaliendo de las castañas, semiescondidos entre el alimento, había algunos objetos: papeles con algo escrito, cuerdas, linternas, un par de pasamontañas y algunos pañuelos más del mismo color del que tenía puesto, hasta un tarro de betún negro, creo recordar, con el que, presumí, hubieran pintado la carcasa de las linternas y el revólver de pega, a la vista de lo mostrado. Posiblemente también para embadurnarse sus caras el día decisivo. Todo debía de ser oscuro para confundirse con las sombras de la noche. Ellos también. Sabíamos de aquella intención por boca de sus protagonistas.

A estas alturas de tentativa de escapada habrían pactado ya las horas más idóneas para la fuga, aprovechando, quizás, la ausencia de luz a la caída de la tarde, cuando la noche empezara a hacer su aparición. Tal vez aquella tuviera ya sus días contados. ¿Sería inminente? Cómo íbamos a saberlo si hacía tiempo que los no ungidos en la aventura habíamos pasado a ser meros mortales espectadores. Ellos estaban ya en el olimpo de los valerosos, aunque en realidad puedo imaginar ahora que aquel exceso de agallas ocultaba, como un escudo, todo lo contrario: dudas, vacilaciones, temores, desasosiegos, miedos... ; pero habían llegado demasiado lejos; ya no había vuelta atrás; así lo entendieron todos, pues sabían que cualquier debilidad de alguno de ellos podría arrastrar al resto y dar al traste con la heroicidad máxima que se pudiera dar en aquel lugar, y, por consiguiente, con el posterior reconocimiento de su coraje por parte de todos los demás chicos.

Como he podido comprobar después: la hazaña trascendió a sus protagonistas. Es normal que le épica del acontecimiento se instalara en el tiempo como un hito importante en la vida de los internos y, más tarde, en la historia del centro como leyenda que contar a los que vinieron después, en detrimento de los actores. Que nos acordemos más de algunos detalles que de sus caras y nombres o apodos era cuestión de tiempo. No me cabe la menor duda de que los confabulados fueron niños mayores del pabellón --chicos entre doce y trece años-- y que de entre sus cabecillas, posiblemente, destacara un mayor de los considerados rebelde y conflictivo por monjas y celadores: quizás un tal Pitracos. Sinceramente no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que ni yo, ni ninguno de los de mi generación --–por entonces el grupo de medianos, niños de entre siete y ocho años-- estuvimos metidos en el ajo. Con aquella edad no se nos hubiera pasado por la cabeza tamaño atrevimiento. Es más, el único de nosotros –los medianos-- que tiempo antes de la huida masiva había saltado la tapia, no lo fue con intención de fugarse.

Seguía perturbado por el casual descubrimiento de la parte de atrás, intentando averiguar el sitio exacto de los acontecimientos que rondaban por mi mente: el lugar por donde el compañero de mi edad saltó: Seguro que fue por aquí, seguía hablando en voz baja. La zona del salto la localicé donde, ahora, alguien había blanqueado parte de la tapia para hacer las pintadas, pues coincidía en la mitad del recorrido de la tapia por el recinto del patio, sitio por donde salió el balón. Cuando animamos a José Olmos, alias Colillas, a que saltara la tapia en busca del balón –un bien muy preciado y escaso en nuestros juegos de patio ¡como para perderlo!-- que habíamos volteado por encima del muro, no se lo pensó mucho. Era de entre los chicos de mi edad el más atrevido y temerario, no en vano –según nos relataba él a menudo-- antes de su ingreso en el orfanato había sido un chico de la calle, con ciertas hechuras de pillo de las que se vanigloriaba, dedicado a vagabundear, y a recoger por el enlosado de la ciudad las colillas que arrojaban al suelo los fumadores, y con cuya venta de la picadura, una vez desleída en cualquier envoltorio, obtenía pequeñas ganancias; incluso algunas pesetas. De ahí su mote.

El júbilo se dibujaba en su rostro de pícaro cuando lo aupamos a los hombros de uno de los mayores, encaramándose, seguidamente, como felino hasta el remate que ensanchaba el final de la tapia, acabado en suave curva. Al principio mostró cierta prevención, agachado, en cuclillas intentando asentar los pies en el remate en busca de equilibrio. A renglón seguido se alzó, abrió los brazos como si quisiera abarcar con el gesto todo lo que estaba viendo, o, quizás, intentando volar imaginándose cualquier ave; giró la cabeza hacia nosotros con una aparatosa sonrisa, y dio un brinco que sumó a su peso más altura, aumentando la aceleración de la gravedad en la inercia de su caída. Después el ruido de un fuerte porrazo y un alarido de dolor. Su ausencia nos dejó expectantes –más que preocupados-- durante bastantes horas. Al final de la tarde lo reintegraron al pabellón con la pierna derecha escayolada y la misma sonrisa que nos había regalado en la altura.

Acabada la tarde de aquel día de final de noviembre, terminadas las clases, las monjas, como era habitual, se retiraron hacia sus territorios de la comunidad para sus rezos y descanso hasta el día siguiente, quedando en el pabellón sólo la monja de guardia. A los chicos nos recluyeron, como siempre, en una amplia sala de estudio, sobrealzada del terreno por encima de un cuerpo de sótano, y con cinco grandes ventanales, por los que se visualizaba privilegiadamente toda la parte del patio que daba al sur, especialmente el rincón donde se juntaban dos tapias, sitio singular de su establecimiento por lo que suponía de cierto resguardo en ámbito exterior tan impersonal.

Llevábamos poco tiempo intentando congraciarnos con el estudio cuando de improviso alguien que estaba asomado comenzó a gritar nervioso: ¡Eh!..., ¡¡ya se van!!..., ¡¡¡se van a escapar!!!..., ¡¡¡se van a escapar!!!..., observando como un numeroso grupo de niños, saliendo por la puerta del sótano, se dirigían al encuentro de la unión de las dos tapias e inmediatamente –olvidándonos de las lecciones-- los cristales de los ventanales quedaron impresos con las asombradas caras de todos nosotros, entre los que se suscitó todo tipo de comentarios, algunos muy pesimistas: Estos se la van a cargar cuando los cojan.

Desde las ventanas les vimos correr en bandada, hablando entre ellos dándose prisa dirigiéndose al rincón del patio, agrupados como una mancha negra desplazándose en diagonal. Vestían cazadora de paño negra –la misma que los demás internos usábamos como única prenda de abrigo cuando salíamos del pabellón-- pues el tiempo cursaba muy destemplado como correspondía a aquella estación del año, con cierto frío, aunque para ventaja de ellos no llovía. Una de los chicos portaba la conocida maleta. Como todos los días la monja de guardia se demoraba un tiempo en su habitación del pabellón, cambiándose del hábito normal al de faena para servir la cena, mientras nosotros, suponía, nos aplicábamos en la enciclopedia Álvarez. Circunstancia ésta de la demora, quizás, con la que habían contado los que ahora, arremolinados en el encuentro de las tapias, comenzaban la fuga.

Entre todos alzaron al primero, el que se encaramó en el remate sin ponerse de pie, girándose, dejándose descolgar hacia el otro lado –de algo había servido la experiencia de el Colillas--: ¡¡Uno!!, gritamos todos al unísono; después: ¡¡dos!!..., ¡¡tres!!..., ¡¡cuatro!!... así hasta: ¡¡siete!! (momentos antes el que estaba encaramado en lo alto asió la maleta con una cuerda y la descolgó suavemente hacia sus compañeros al lado contrario); más tarde: ¡¡ocho!!..., ¡¡nueve!!..., hasta ¡¡trece!!; el catorce, como último, trepó por los agujeros que había abiertos, como improvisados escalones verticales, a ambos lados del encuentro de ambas tapias, auxiliado en su ascensión por la tensada cuerda que se había anudado a la cintura y de la que tiraban desde el otro lado, hasta que le vimos desaparecer. Contamos ¡¡catorce!!.

Catorce almas habían volado a la incierta aventura en un mundo del que desconocían casi todo pero por el que ahora podían marchar libremente, o eso, al menos, creían ellos. Oímos pasos en el pasillo que fácilmente identificamos como el de la monja e inmediatamente todos volvimos a nuestros sitios y a nuestros libros en la sala de estudio: ¿Qué es tanto cuchicheo?, preguntó la monja un tanto mosqueada ante el nerviosismo que percibía a aquella hora de estudio, en la que se suponía debía reinar el silencio. Nadie contestó, ni siquiera alzamos los ojos de la página abierta de la enciclopedia. Sobre todo no queríamos delatarnos con cualquier gesto improcedente.

No fue hasta la hora de la cena que no se advirtió de la ausencia de los fugados. En principio nadie había visto nada. Después casi todos lo habían visto: además de que ya no tenía sentido seguir negando la evidencia, la monja de guardia fue muy persuasiva en su amenaza de castigarnos a todos. En el recuento no sólo anotó el número total de escapados –¡¡¡nada menos que catorce!!!--, sino, también nombres y apellidos, edades, vestimentas, objetos que portaban, intenciones, posibles lugares a donde pensaban ir... inquiriendo información de unos y otros niños. Hubo mucho revuelo, comunicándose inmediatamente la fuga masiva al director-administrador: don José Capilla, el que envió al portero a que recogiera toda aquella información.

Para darse más empaque, seriedad, y oficialidad al acto, Pepe el Bolas se presentó con su traje de gala, incluida gorra de plato --de azul marino oscuro con entorchados y botones dorados en las mangas-- que le bailaba en cuerpo bajo y muy delgado. ¡Cómo disfrutaba!, aunque con el disfraz pareciera más un comediante que un comisionado del administrador en asunto tan importante. Le gustaba, sobremanera, todas aquellas movidas; creyéndose pieza decisiva, como responsable de la portería, en la restitución de la normalidad a la transgresión de los límites del complejo que habían sido quebrantados por unos chicos amotinados, a los que habría que localizar y después castigar severamente.

Para eso él estaba allí hablando con la monja. Pero todo era pose, sabía muy bien que él no sería ni juez, ni verdugo. De espíritu dicharachero y bromista, escorado a la jarana, ejercía más de bufón que de guardián. De ahí que nunca le tomáramos en serio. De quién más debían de preocuparse los fugados era de don José Capilla, artífice y promotor de que el orfanato pareciera más una penitenciaría que un centro de beneficencia para niños huérfanos, blindando en altura, al ordenar en su día la construcción de todas aquellas altas tapias, no sólo al exterior sino los propios pabellones entre ellos. Aquello supuso para su reputación un grave revés, por lo que presumimos que las penas serían severas. Con todos los datos cotejados con las cédulas de identificación que existían en el centro, el propio administrador dio aviso a la Guardia Civil.

Y ahora yo intentaba recomponer aquel preciso instante; probando ponerme en la piel de los fugados, en sus mentes, en lo que pudieron percibir sus sentidos cuando se vieron libres al otro lado en el que yo casualmente me hallaba... pero nada era igual ahora... todo aquello había cambiado: la ausencia de los árboles y cultivos, la presencia de las escombreras y las naves industriales, y todos aquellos coches allí aparcados... No sé. Sin duda lo primero que percibieron con todo su ser en alerta, es que de repente se les había ensanchado el horizonte, aunque su grandeza apareciera algo mermada, velada: con la luz natural apagándose en la visión de un paisaje rural, que se expandía indefinidamente, perdiéndose a lo lejos en la bruma borrosa de las últimas horas de una tarde de otoño, a mucha distancia, donde de improviso emergía, imponente, la sierra: muy alta, libre, con sus picos señalando un cielo que ya comenzaba a oscurecer.

Imagino que pasados los primeros instantes de euforia; y con la noche amenazando con sus sombras, de inseguridad los ánimos y de frío punzante el cuerpo que ya empezaría a destemplarse; comenzó, seguramente, el tiempo de los miedos; esos miedos que habían estado ocultos hasta aquel momento crucial: el tiempo de las dudas con las que, inmediatamente, se dieron de bruces: ¿Y ahora qué? Una pregunta me rondó la cabeza, de espalda a la tapia, mirando el entorno... :¡Pero a quién diablos pudiera importar ahora todo aquello? Tal vez a alguien al que, aún después de mucho tiempo, un descubrimiento casual le hubiera perturbado, le hubiera hecho aflorar viejas cicatrices de heridas que todavía no habían cerrado; lo triste –pensé-- es que no se cerrarán nunca.

La realidad de lo que ocurrió inmediatamente después quedó en la nebulosa de mentes agotadas, violentadas en su fuero interno por los sentimientos de culpabilidad, de merecedores de la pena, martilleando sus cabezas constantemente todas las horas que siguieron a la fuga, en unos cuerpos que volvieron –o les obligaron a retornar-- muy cansados. Los siguientes días fue un goteo de expectación por saber a quién habían cogido y trasladado de nuevo al orfanato. Éstos, que les habían sorprendido deambulando por la ciudad sin rumbo ni intención fija, intentando sobrevivir, coincidían con los que no tenían familia conocida. Esa circunstancia adversa hizo que fueran readmitidos, si bien con continuados castigos y en permanente vigilancia por un guardián hospiciano.

Otros fueron presentados en el centro al día siguiente, y sucesivos, acompañados por familiares que los habían acogido en sus pobres casas, los que entre acallados lamentos, entrecortados y susurrantes: Mi chico no es tan malo... ¡por favor!, seguro que él no tenía intención... ¡por caridad!, habrá sido arrastrado por otros... ¡tenga piedad hermana! somos muy pobres y no podemos tenerlo con nosotros..., aguantaban con estoica resignación la bronca de la monja del pabellón que aparte de estigmatizar al niño en su propia cara: Es un chico muy rebelde, no puede estar aquí... que se lo hubiese pensado antes..., le atendía y entregaba los exiguos efectos personales. Habían sido expulsados, sin más contemplaciones.

Hubo un reducido grupo de niños que ni siquiera pasaron por el pabellón. Fueron inmediatamente conducidos a san Miguel el Alto, un reformatorio para niños malos que se ubicaba en la parte alta del Albaicín, donde pulieron sus ángulos más agudos y recortaron sus jóvenes alas, las que sólo estrenaron aquellos días. Alguno volvió mucho tiempo después, más delgado, más dócil, más manso, con la mirada perdida y los sentimientos y los recuerdos confusos, cabalgando entre el vértigo de la cordura y el delirio febril de la locura; negando, como terapia de choque, la penosidad más reciente: su propia salvación pasaba por que creyéramos sus relatos: contó fabulosas historias, en aquellos días, de lucha contra guardianes, carceleros... y otros personajes siniestros del fabulario infantil que habitaban otros muros y otros patios, allende la tapia; un reino de alucinaciones al que le había llevado la crudeza de los castigos disciplinarios; doblada la cerviz, pero, aún así, de todo punto irreductible en su fe de esperanza en el futuro; … si bien esta es otra historia.

Llegado el último momento aún persistía en hablar en voz baja: No deseo estar más tiempo aquí... Entonces afloró de golpe todo el sentimiento en la despedida: la última mirada al reverso de la tapia antes de subirme al coche para marcharme definitivamente de allí, devino en quietud rara, inexplicable: como si el silencio de aquel solitario y marginal descampado; la luz ya débil de un sol buscando su total declinación tras las torres y tejados; y el espacio que se abría entre el ahora y el niño que fui --como vacío interpuesto--; se tensaran a la vez en contenida emoción.


FranciscoMolinaGómez










































jueves, 1 de febrero de 2018

EL FINAL DEL CAMINO DE HIERRO










Puente de Dúrcal, o puente de lata --acepción con la que se le conoce y que aludía al sonido que emitía el tranvía cuando lo atravesaba--, sobre el río Ízbor en Dúrcal, Valle de Lecrín, Granada. En la actualidad, desaparecido el tranvía en mil novecientos setenta y uno, al viejo puente metálico --convertido ahora en paseo para los sentidos-- le ha salido un vecino rival en forma de viaducto de hormigón que eclipsa aquella magnificencia y prestancia de hito de hierro que unía las dos márgenes del río, sobrevolando el paisaje en continuo diálogo con él sin interferirse entre sí, a más de cincuenta metros de altura, y al que habíamos erigido imponente ojos asombrados de niños




A partir del año mil novecientos sesenta y cinco fui asiduo pasajero de un vetusto tranvía que me transportaba todos los días a la academia donde cursaba los estudios de bachillerato. Ese viaje diario mediaba entre la salida de los pabellones del orfanato en Armilla para asistir a la academia en Granada ciudad; y la vuelta --¡ay la vuelta!--; de vuelta no quería llegar nunca a tan indeseado destino, anhelaba con toda mi alma quedarme de por vida en aquel recogido espacio en un extraño viaje con el paisaje sucediéndose a sí mismo, sin cansarme nunca aunque se repitieran las mismas secuencias una y otra vez.
Destartalado reducto que sigue estando muy presente en los posos de mis recuerdos y que, ahora, inevitablemente aflora a la superficie de esta página en la convicción de que era aquel un espacio singular, único, distinto; un oasis de libertad en movimiento atravesando un desierto, una diligencia cruzando los desolados y peligrosos páramos de las reservas indias como en una secuencia de película del oeste americano; desguarnecido territorio comanche con sensación de emboscada que ya duraba trece años, y que se prolongaría siete más entre un mundo amable, cercano, con sus noches de neón, sus tiendas y escaparates iluminados, llenos de objetos deseables y aquel otro mundo cerrado, lleno de carencias, del que me inquietó siempre sus sonidos de miedos antiguos diluidos entre las brumas del tiempo y el oscurantismo de los sucesos callados, rebotando como flechas rotas en la carcasa amarilla como seguro parapeto; guareciéndome en el interior del tranvía en una huida hacia un futuro en colores que me pertenecía y que deseaba sin vuelta al pasado gris más remoto.
A la vuelta, en ocasiones; imaginaba una travesía que fuera adquiriendo velocidad conforme aquella caja alargada con ruedas rodaba por las vías como rampas de lanzamiento que le impulsara a algún lugar que careciera de identidad conocida, donde fuera esperado y deseado; en un ir de viaje que en muchas ocasiones codicié que no acabara. Su andar pausado, metálico, me reconfortaba, me hacía soñar. Hubiera estado así toda la vida en un recorrido sin fin, confundiendo tiempo y espacio en una misma cosa; sintiendo la aceleración vertiginosa de los postes eléctricos acercándose peligrosamente hacia mí con rítmicos zumbidos para después alejarse a velocidad de vértigo, confundido el paisaje y el aire en un flujo de energía donde el vórtice de fuerzas me impulsaran hacia un futuro más grato que el de aquellos días.
Otras veces ansiaba que no se produjera retorno alguno, que el viaje no tuviera estación anunciada, y que el destino no encontrara lugar ni siquiera el más remoto; anhelaba que el tiempo se detuviera y que yo quedara varado en mitad de la vega, absorto en mis pensamientos: elucubraciones de anhelos reprimidos para viaje tan corto.
Y entre ambas visiones, habitaba el presente como tiempo que conjugaba sin apenas ser consciente de mis traumas, de mis miedos; pero sintiéndolos. Me perturbaba el final del trayecto, el despertar del sueño en los viejos pabellones donde me esperaba una cena muy fría y alguna presencia indeseada rayando la obsesión de la que salí como pude.
Consciente, sin embargo, de aquella resignada realidad, suspiraba por que un día cualquiera, el tranvía no parara en la estación de Armilla y continuara rodando en un viaje hasta los imaginados confines del camino de hierro: la capital del valle de Lecrín: Dúrcal. Eran tiempos de escasez y nunca me pude permitir viaje tan largo.
Pero hubo una ocasión iniciada la década de los setenta.














No era un territorio



No sé porqué me eligió si no era de su confianza. Yo diría, incluso, que ni de su agrado. Hacía poco que la reverenda madre superiora del orfanato, sor Fernanda, la de los bravíos apellidos –Guerra Bravo--, y yo habíamos discutido por el reparto de las prendas de vestir –de cuya misión era dueña y señora--, por adjudicarme, como siempre, las que no eran de mi agrado, sin opción a elección alguna que otros si tenían. Creo que me había incluido en una especie de lista negra por nuestras acostumbradas discusiones. No obstante fui comisionado por ella para hacer llegar importante mensaje personal, con contestación urgente, al cura párroco de Dúrcal. Tan insigne embajador, perdón por la inmodestia, no podía prescindir del preceptivo séquito, así que pedí que se me agregara en el viaje un interno nativo de Dúrcal, un estudiante de otra generación posterior para que hiciera de cicerone: Manuel Puerta. Algunos pocos años más joven que yo, era un buen compañero, huérfano de padre, con el que compartía el día a día en horario distintos a los demás internos: habitación de estudio, dormitorio..., un chaval amable, dialogante, respetuoso...; en fin un buen compañero.

En aquella nublada y fría mañana de primavera, una fresca brisa nos animaba a ambos a aligerar el paso campo a través con las primeras casas bajas y la pequeña granja avícola, alineando el camino que marcaban también enormes eucaliptos hasta el acceso a la base aérea en la carretera general. Siguiendo las tapias del cuartel de aviación, caminando en peligroso arcén llegamos a la parada del tranvía --curiosa edificación en forma de pagoda--, destacando en el abierto entorno por su color gris oscuro. Una amplia sala de espera hacía de vestíbulo de dos pequeñas dependencias. En la menor, el jefe de estación, de perfil, confirmaba al interlocutor del otro lado del telefonillo manual: ¡Vía libre!... para el tranvía que saliendo desde el Humilladero en Granada capital arribaba hasta aquel punto de encuentro –donde se bifurcaban las vías-- hacia Dúrcal, en perfecta sintonía con otro que llegaba desde las Gabias; acercándose lentamente hacia nosotros con desacompasado y rítmico vaivén, haciendo valer su hegemónica y exclusiva posesión de las vías de acero, donde arrastró, como nunca, sus pesadas ruedas metálicas en la frenada, en un chirriar como de descuidada maquinaria con falta de engrase o, tal vez, simplemente obsolencia.

El ambiente plomizo hacía de los aledaños de la estación de Armilla una mancha gris con matices que enfatizaba las dos pinceladas de color varadas en vías diferentes: el amarillo del tranvía de Las Gabias y el azul del tranvía de Dúrcal a cuyo desahogado interior accedimos ocupando, sin problemas, dos de los asientos con visión del paisaje en el sentido de la marcha. Seguramente por su cotidianidad de muchos viajes anteriores a su pueblo, mi compañero no compartía conmigo, en aquel momento, ese sentimiento primario de viajero, de nómada que todos llevamos dentro. Iniciaba la travesía tan deseada que me llevaría a los confines del camino de acero, mecido por el vaivén del tranvía con su andar monótono de regular cadencia, abandonándome a su arrullo metálico que acompasaba en un suave y repetitivo balanceo.

Relajado el cuerpo, saturaban mis sentidos el paisaje rural que se extendía desde Alhendín a Otura, y cuya agradable visión compartía con mi compañero de viaje. A los campos de cultivo de cereales le sucedían las huertas con sus bancales de piedra conteniendo rica variedad de árboles frutales en plena floración, pintando de blanco y violeta el campo gris. Al llegar al Padul el paisaje se ensanchaba desmesuradamente acogiendo a todo el pasaje en su gran socavón: una inmensa y oscura depresión de terreno carbonífero. Nos adentrábamos en los prolegómenos del valle de Lecrín con un cambio del paisaje, principalmente de su topografía –más escarpada-- en la que destacaba, casi inabarcable a la vista, el profundo y abrupto valle del río Ízbor --o río Dúrcal--, con toda suerte de vegetación de ribera y que me permitió vivir en primera persona toda una experiencia de levitación real.

La continua ascensión desde el Padul, haciendo escala en la estación de la pedanía de Marchena, solo se hizo perceptible cuando con sonido de lata, el tranvía abandonó la tierra para despegar en el aire suspendido sobre el artificio de acero: el puente de Dúrcal, una sorprendente obra de ingeniería, cuya ligereza y simplicidad no apagaba su hito tecnológico integrándose en perfecta armonía con el paisaje natural que le circundaba, el que afortunadamente pude captar, con toda su intensidad a vista de pájaro, desde aquel adelantado viaducto de hierro. Era el preludio de la llegada a la estación de Dúrcal: una pequeña construcción rectangular rematada por cubiertas a cuatro aguas. En uno de los lados, el del interior a las vías, la cubierta se prolongaba con menor pendiente formando un ligero porche, en dirección, a corta distancia, hacia un grueso murete de obra que hacía de tope de las vías, con el final de las mismas. Descubría, por fin, el límite de los raíles de acero. Fin del viaje, hora y cuarto más tarde de su inicio.

La siguiente secuencia en mi memoria no me ubica en la iglesia de Dúrcal, ni en su sacristía cumpliendo el recado de sor Fernanda –ni siquiera me acuerdo de que trataba mensaje tan importante--, sino en la ajetreada cocina de la casa del pueblo de mi compañero y cicerone, donde después de efusivos saludos y presentaciones, una legión de familiares entraban y salían de la casa con afectuosos saludos de bienvenida. Entre fogones su madre, a la que ya conocía de visitar a su hijo en el orfanato, se afanaba preparando toda suerte de manjares con los que pretendían agasajarnos --sabedores de nuestra visita--, bajo la dirección de la abuela de mi compañero, que no perdía puntá ya que alternaba simultáneamente su actividad de chef con la de narradora de historias --la de su familia, la de los ratas (mote con el que se la conocía en el pueblo)--; y en el entreacto de las batallitas narradas, aderezaba y daba los últimos toques a las viandas que poco después adornaban una abundante mesa donde me senté como si habitualmente así lo hiciera. La hospitalidad y amabilidad hacia mi persona fue casi avasalladora.

No hace falta que diga que cuarenta ojos vigilaban para que no dejara ni un resto de aquel menú de vigilia de Semana Santa: potaje y buñuelos de bacalao, sardinas amoragadas, tortilla de collejas y variedad de postres; buñuelos de viento, torrijas y roscos edulcorados con miel de caña de producción local. En fin un festín. Di cumplida cuenta, hasta saciarme, de aquellos preparados caseros en una voluntaria aceptación de pecador. Ciertamente allí hubo mucha gula por mi parte. No sólo sacié el hambre que ya me despertara en la cocina aquellos olores tan agradablemente intensos, sino otro de los apetitos más insaciables, del que estaba más necesitado: el de la afectividad, en un cálido ambiente de sobremesa hogareña en la que los mismos ojos que nos vigilaban nos erigieron en principales actores de la velada.

Era entrañable percibir en el cruce de miradas, amables, sonrientes, solícitas... la intensidad de los gestos que el tiempo y los sucesos de la vida habían imprimido, hasta en las facciones, a tres generaciones que ahora departían afablemente juntas: miradas tan iguales y distintas a la vez, que más que observar hablaban por sí solas --sobre todo en los silencios-- de esos vínculos indisolubles que une el amor, el cariño, el arraigo a la familia, el ser uno mismo y, a la vez, parte de otro, aunque alguna de ellas como la de la abuela mostrara ya ese color mate de la veladura que produce el cansancio de los años. También sus oídos permanecían atentos a cualquier solicitud de deseo que hiciéramos, a cualquier comentario; muy interesados en escuchar los trascendentes, para ellos, e intrascendentes, para nosotros, acontecimientos del orfanato, prolongando momentos tan agradables, deseosos todos de que no acabaran, cuando ya el ambiente se había saturado de olor a leña que crepitaba en el fuego de chimenea, y que caldeaba el ambiente, mientras en la calle bajaba la temperatura conforme avanzaba la tarde.

Pero aquí no acabó la cosa, ya que para rematar la intensa velada gastronómica, y como culminación de sobremesa tan amena, para la merienda, la abuela nos colocó, casi sin advertirlo, ante nuestro supersaturado sentido del gusto, su postre sorpresa, su especialidad: arroz con leche de la abuela, de cuya ración que nos correspondiere no había que dejar sin comer ningún grano de arroz si uno quería abandonar la casa más tarde. Vamos que si no te comías todo no te dejaban marchar. Pude comprobar que en aquella familia había cosas de las que se descartaba a priori su negociación, y una de ellas era el plato de arroz con leche que preparaba la abuela de Manuel Puerta. Pero aquel plato no era un recipiente cualquiera; si su diámetro era exagerado, su profundidad no le desmerecía. Aflojé mis compuertas para no reventar y buscarle sitio a aquella delicia de dioses. A duras penas la pude reubicar en algún lugar desconocido de mi cuerpo.

Al final habíamos cumplido como auténticos ratas, dejando en el plato sólo el brillo de la loza. Fue entonces cuando la abuela siempre solícita nos hizo su último regalo. En previsión de que nos hubiéramos quedado con hambre y para el viaje de regreso, antes de que anocheciera, nos preparó unos paquetes con hornazos: unos panes con un huevo duro en su interior muy típico de aquel lugar y de aquellas fechas, apremiándonos en aquel instante a que nos comiéramos uno antes de despedirnos. En ese momento estuve casi a punto de pedir por favor a mi amigo que encerrara a su abuela en una habitación y la atara a un mueble, para así poder marchar a tiempo, antes de que mi cuerpo pudiera resentirse y me abandonara al no reconocerme.

Nos escabullimos como pudimos si bien la abuela nos siguió hasta el vestibulo de la entrada farfullando a los demás: Deberían de comerse alguno antes de coger el tranvía..., deberían de comerse alguno... al tiempo que ya en la puerta de la casa nos despedimos. Enfilamos rápido la calle abajo hacia la estación con cierta prevención por mi parte, mirando intermitentemente y de soslayo hacia un lado y otro del itinerario, intentando acelerar el paso para llegar cuanto antes al tranvía, pues en esos instantes de confusión de los sentidos por exceso de comida, sobrevolaron sobre mi castigada mente, y sin poderlo evitar, temerosos y extraños sucesos: imaginaba que en cada esquina de las calles que atravesábamos nos abordaban, sorprendiéndonos, una legión de abuelas, como sombras, embozadas hasta la cara con la misma toquilla negra de lana que la de la abuela de mi compañero, de las que entresacaban, donde escondían, infinidad de hornazos, aún calientes, que nos obligaban a comer hasta saciarnos, sin que cesaran en su obsesivo deseo de que comiéramos uno más, y otro., y otro... hasta aumentar tanto de volumen que temí nos impidiera llegar por nuestros propios pies a la estación de tranvías. Cuando al poco rato regresé a la realidad, no dejaba de esbozar con alivio una insinuada sonrisa que pasó desapercibida a la atención de mi compañero. Habíamos alcanzado por fin, y sin ninguna sorpresa ni novedad, el pequeño edificio de la estación.

Ya de regreso en el tranvía divisando de nuevo el puente y a punto de entrar en trance de una segunda levitación en aquel día, mirando a mi compañero esbocé una larga sonrisa que esta vez no le pasó desapercibida y por la que se interesó.
De que te ríes --me preguntó.
- ¡Joder!. No me lo puedo creer. El final de este camino que tantas veces he deseado conocer, no es un territorio….. --hice una pausa que provocó en él su curiosidad de mi respuesta, inquiriéndome a continuación.
- ¿Entonces que es?
- ¡Joder!, lo has visto con tus propios ojos, es ¡¡¡un descomunal y abundante plato de arroz con leche hasta el borde, para reventar!!! ¡Cómo cojones lo iba siquiera a imaginar?

Los dos reímos a carcajadas en el instante en que aquel artefacto empezó a sonar como una lata. Estábamos de nuevo suspendidos en el aire. Abajo, brillando en la neblina, el río dibujaba un sinuoso sendero de plata.



FranciscoMolinaGómez.
(No puedo negar que en mi difícil adolescencia hubo algunas ráfagas de felicidad, y uno de esos destellos de bienestar lo viví intensamente aquel día, en un sentimiento ambivalente con una cierta sana envidia hacia mi compañero: la alegría porque aquellas buenas gentes me hicieran sentir por un día un hijo más de la familia, y el lamento de que aquello acabara tan rápido y no se pudiera repetir. Al final del camino de hierro hubo algo más que un abundante plato de arroz con leche: la experiencia vital que soñara en aquellos viajes en tranvía a ninguna parte: la de sentirse deseado en la llegada para convivir por unas horas en un auténtico hogar con gente que desbordaban cariño y afectividad por todos los poros de su piel. Toda mi gratitud en la dedicatoria de esta entrada a Manuel Puerta y su cariñosa familia, allí donde estén ahora... Mil gracias)