jueves, 1 de febrero de 2018

EL FINAL DEL CAMINO DE HIERRO










Puente de Dúrcal, o puente de lata --acepción con la que se le conoce y que aludía al sonido que emitía el tranvía cuando lo atravesaba--, sobre el río Ízbor en Dúrcal, Valle de Lecrín, Granada. En la actualidad, desaparecido el tranvía en mil novecientos setenta y uno, al viejo puente metálico --convertido ahora en paseo para los sentidos-- le ha salido un vecino rival en forma de viaducto de hormigón que eclipsa aquella magnificencia y prestancia de hito de hierro que unía las dos márgenes del río, sobrevolando el paisaje en continuo diálogo con él sin interferirse entre sí, a más de cincuenta metros de altura, y al que habíamos erigido imponente ojos asombrados de niños




A partir del año mil novecientos sesenta y cinco fui asiduo pasajero de un vetusto tranvía que me transportaba todos los días a la academia donde cursaba los estudios de bachillerato. Ese viaje diario mediaba entre la salida de los pabellones del orfanato en Armilla para asistir a la academia en Granada ciudad; y la vuelta --¡ay la vuelta!--; de vuelta no quería llegar nunca a tan indeseado destino, anhelaba con toda mi alma quedarme de por vida en aquel recogido espacio en un extraño viaje con el paisaje sucediéndose a sí mismo, sin cansarme nunca aunque se repitieran las mismas secuencias una y otra vez.
Destartalado reducto que sigue estando muy presente en los posos de mis recuerdos y que, ahora, inevitablemente aflora a la superficie de esta página en la convicción de que era aquel un espacio singular, único, distinto; un oasis de libertad en movimiento atravesando un desierto, una diligencia cruzando los desolados y peligrosos páramos de las reservas indias como en una secuencia de película del oeste americano; desguarnecido territorio comanche con sensación de emboscada que ya duraba trece años, y que se prolongaría siete más entre un mundo amable, cercano, con sus noches de neón, sus tiendas y escaparates iluminados, llenos de objetos deseables y aquel otro mundo cerrado, lleno de carencias, del que me inquietó siempre sus sonidos de miedos antiguos diluidos entre las brumas del tiempo y el oscurantismo de los sucesos callados, rebotando como flechas rotas en la carcasa amarilla como seguro parapeto; guareciéndome en el interior del tranvía en una huida hacia un futuro en colores que me pertenecía y que deseaba sin vuelta al pasado gris más remoto.
A la vuelta, en ocasiones; imaginaba una travesía que fuera adquiriendo velocidad conforme aquella caja alargada con ruedas rodaba por las vías como rampas de lanzamiento que le impulsara a algún lugar que careciera de identidad conocida, donde fuera esperado y deseado; en un ir de viaje que en muchas ocasiones codicié que no acabara. Su andar pausado, metálico, me reconfortaba, me hacía soñar. Hubiera estado así toda la vida en un recorrido sin fin, confundiendo tiempo y espacio en una misma cosa; sintiendo la aceleración vertiginosa de los postes eléctricos acercándose peligrosamente hacia mí con rítmicos zumbidos para después alejarse a velocidad de vértigo, confundido el paisaje y el aire en un flujo de energía donde el vórtice de fuerzas me impulsaran hacia un futuro más grato que el de aquellos días.
Otras veces ansiaba que no se produjera retorno alguno, que el viaje no tuviera estación anunciada, y que el destino no encontrara lugar ni siquiera el más remoto; anhelaba que el tiempo se detuviera y que yo quedara varado en mitad de la vega, absorto en mis pensamientos: elucubraciones de anhelos reprimidos para viaje tan corto.
Y entre ambas visiones, habitaba el presente como tiempo que conjugaba sin apenas ser consciente de mis traumas, de mis miedos; pero sintiéndolos. Me perturbaba el final del trayecto, el despertar del sueño en los viejos pabellones donde me esperaba una cena muy fría y alguna presencia indeseada rayando la obsesión de la que salí como pude.
Consciente, sin embargo, de aquella resignada realidad, suspiraba por que un día cualquiera, el tranvía no parara en la estación de Armilla y continuara rodando en un viaje hasta los imaginados confines del camino de hierro: la capital del valle de Lecrín: Dúrcal. Eran tiempos de escasez y nunca me pude permitir viaje tan largo.
Pero hubo una ocasión iniciada la década de los setenta.














No era un territorio



No sé porqué me eligió si no era de su confianza. Yo diría, incluso, que ni de su agrado. Hacía poco que la reverenda madre superiora del orfanato, sor Fernanda, la de los bravíos apellidos –Guerra Bravo--, y yo habíamos discutido por el reparto de las prendas de vestir –de cuya misión era dueña y señora--, por adjudicarme, como siempre, las que no eran de mi agrado, sin opción a elección alguna que otros si tenían. Creo que me había incluido en una especie de lista negra por nuestras acostumbradas discusiones. No obstante fui comisionado por ella para hacer llegar importante mensaje personal, con contestación urgente, al cura párroco de Dúrcal. Tan insigne embajador, perdón por la inmodestia, no podía prescindir del preceptivo séquito, así que pedí que se me agregara en el viaje un interno nativo de Dúrcal, un estudiante de otra generación posterior para que hiciera de cicerone: Manuel Puerta. Algunos pocos años más joven que yo, era un buen compañero, huérfano de padre, con el que compartía el día a día en horario distintos a los demás internos: habitación de estudio, dormitorio..., un chaval amable, dialogante, respetuoso...; en fin un buen compañero.

En aquella nublada y fría mañana de primavera, una fresca brisa nos animaba a ambos a aligerar el paso campo a través con las primeras casas bajas y la pequeña granja avícola, alineando el camino que marcaban también enormes eucaliptos hasta el acceso a la base aérea en la carretera general. Siguiendo las tapias del cuartel de aviación, caminando en peligroso arcén llegamos a la parada del tranvía --curiosa edificación en forma de pagoda--, destacando en el abierto entorno por su color gris oscuro. Una amplia sala de espera hacía de vestíbulo de dos pequeñas dependencias. En la menor, el jefe de estación, de perfil, confirmaba al interlocutor del otro lado del telefonillo manual: ¡Vía libre!... para el tranvía que saliendo desde el Humilladero en Granada capital arribaba hasta aquel punto de encuentro –donde se bifurcaban las vías-- hacia Dúrcal, en perfecta sintonía con otro que llegaba desde las Gabias; acercándose lentamente hacia nosotros con desacompasado y rítmico vaivén, haciendo valer su hegemónica y exclusiva posesión de las vías de acero, donde arrastró, como nunca, sus pesadas ruedas metálicas en la frenada, en un chirriar como de descuidada maquinaria con falta de engrase o, tal vez, simplemente obsolencia.

El ambiente plomizo hacía de los aledaños de la estación de Armilla una mancha gris con matices que enfatizaba las dos pinceladas de color varadas en vías diferentes: el amarillo del tranvía de Las Gabias y el azul del tranvía de Dúrcal a cuyo desahogado interior accedimos ocupando, sin problemas, dos de los asientos con visión del paisaje en el sentido de la marcha. Seguramente por su cotidianidad de muchos viajes anteriores a su pueblo, mi compañero no compartía conmigo, en aquel momento, ese sentimiento primario de viajero, de nómada que todos llevamos dentro. Iniciaba la travesía tan deseada que me llevaría a los confines del camino de acero, mecido por el vaivén del tranvía con su andar monótono de regular cadencia, abandonándome a su arrullo metálico que acompasaba en un suave y repetitivo balanceo.

Relajado el cuerpo, saturaban mis sentidos el paisaje rural que se extendía desde Alhendín a Otura, y cuya agradable visión compartía con mi compañero de viaje. A los campos de cultivo de cereales le sucedían las huertas con sus bancales de piedra conteniendo rica variedad de árboles frutales en plena floración, pintando de blanco y violeta el campo gris. Al llegar al Padul el paisaje se ensanchaba desmesuradamente acogiendo a todo el pasaje en su gran socavón: una inmensa y oscura depresión de terreno carbonífero. Nos adentrábamos en los prolegómenos del valle de Lecrín con un cambio del paisaje, principalmente de su topografía –más escarpada-- en la que destacaba, casi inabarcable a la vista, el profundo y abrupto valle del río Ízbor --o río Dúrcal--, con toda suerte de vegetación de ribera y que me permitió vivir en primera persona toda una experiencia de levitación real.

La continua ascensión desde el Padul, haciendo escala en la estación de la pedanía de Marchena, solo se hizo perceptible cuando con sonido de lata, el tranvía abandonó la tierra para despegar en el aire suspendido sobre el artificio de acero: el puente de Dúrcal, una sorprendente obra de ingeniería, cuya ligereza y simplicidad no apagaba su hito tecnológico integrándose en perfecta armonía con el paisaje natural que le circundaba, el que afortunadamente pude captar, con toda su intensidad a vista de pájaro, desde aquel adelantado viaducto de hierro. Era el preludio de la llegada a la estación de Dúrcal: una pequeña construcción rectangular rematada por cubiertas a cuatro aguas. En uno de los lados, el del interior a las vías, la cubierta se prolongaba con menor pendiente formando un ligero porche, en dirección, a corta distancia, hacia un grueso murete de obra que hacía de tope de las vías, con el final de las mismas. Descubría, por fin, el límite de los raíles de acero. Fin del viaje, hora y cuarto más tarde de su inicio.

La siguiente secuencia en mi memoria no me ubica en la iglesia de Dúrcal, ni en su sacristía cumpliendo el recado de sor Fernanda –ni siquiera me acuerdo de que trataba mensaje tan importante--, sino en la ajetreada cocina de la casa del pueblo de mi compañero y cicerone, donde después de efusivos saludos y presentaciones, una legión de familiares entraban y salían de la casa con afectuosos saludos de bienvenida. Entre fogones su madre, a la que ya conocía de visitar a su hijo en el orfanato, se afanaba preparando toda suerte de manjares con los que pretendían agasajarnos --sabedores de nuestra visita--, bajo la dirección de la abuela de mi compañero, que no perdía puntá ya que alternaba simultáneamente su actividad de chef con la de narradora de historias --la de su familia, la de los ratas (mote con el que se la conocía en el pueblo)--; y en el entreacto de las batallitas narradas, aderezaba y daba los últimos toques a las viandas que poco después adornaban una abundante mesa donde me senté como si habitualmente así lo hiciera. La hospitalidad y amabilidad hacia mi persona fue casi avasalladora.

No hace falta que diga que cuarenta ojos vigilaban para que no dejara ni un resto de aquel menú de vigilia de Semana Santa: potaje y buñuelos de bacalao, sardinas amoragadas, tortilla de collejas y variedad de postres; buñuelos de viento, torrijas y roscos edulcorados con miel de caña de producción local. En fin un festín. Di cumplida cuenta, hasta saciarme, de aquellos preparados caseros en una voluntaria aceptación de pecador. Ciertamente allí hubo mucha gula por mi parte. No sólo sacié el hambre que ya me despertara en la cocina aquellos olores tan agradablemente intensos, sino otro de los apetitos más insaciables, del que estaba más necesitado: el de la afectividad, en un cálido ambiente de sobremesa hogareña en la que los mismos ojos que nos vigilaban nos erigieron en principales actores de la velada.

Era entrañable percibir en el cruce de miradas, amables, sonrientes, solícitas... la intensidad de los gestos que el tiempo y los sucesos de la vida habían imprimido, hasta en las facciones, a tres generaciones que ahora departían afablemente juntas: miradas tan iguales y distintas a la vez, que más que observar hablaban por sí solas --sobre todo en los silencios-- de esos vínculos indisolubles que une el amor, el cariño, el arraigo a la familia, el ser uno mismo y, a la vez, parte de otro, aunque alguna de ellas como la de la abuela mostrara ya ese color mate de la veladura que produce el cansancio de los años. También sus oídos permanecían atentos a cualquier solicitud de deseo que hiciéramos, a cualquier comentario; muy interesados en escuchar los trascendentes, para ellos, e intrascendentes, para nosotros, acontecimientos del orfanato, prolongando momentos tan agradables, deseosos todos de que no acabaran, cuando ya el ambiente se había saturado de olor a leña que crepitaba en el fuego de chimenea, y que caldeaba el ambiente, mientras en la calle bajaba la temperatura conforme avanzaba la tarde.

Pero aquí no acabó la cosa, ya que para rematar la intensa velada gastronómica, y como culminación de sobremesa tan amena, para la merienda, la abuela nos colocó, casi sin advertirlo, ante nuestro supersaturado sentido del gusto, su postre sorpresa, su especialidad: arroz con leche de la abuela, de cuya ración que nos correspondiere no había que dejar sin comer ningún grano de arroz si uno quería abandonar la casa más tarde. Vamos que si no te comías todo no te dejaban marchar. Pude comprobar que en aquella familia había cosas de las que se descartaba a priori su negociación, y una de ellas era el plato de arroz con leche que preparaba la abuela de Manuel Puerta. Pero aquel plato no era un recipiente cualquiera; si su diámetro era exagerado, su profundidad no le desmerecía. Aflojé mis compuertas para no reventar y buscarle sitio a aquella delicia de dioses. A duras penas la pude reubicar en algún lugar desconocido de mi cuerpo.

Al final habíamos cumplido como auténticos ratas, dejando en el plato sólo el brillo de la loza. Fue entonces cuando la abuela siempre solícita nos hizo su último regalo. En previsión de que nos hubiéramos quedado con hambre y para el viaje de regreso, antes de que anocheciera, nos preparó unos paquetes con hornazos: unos panes con un huevo duro en su interior muy típico de aquel lugar y de aquellas fechas, apremiándonos en aquel instante a que nos comiéramos uno antes de despedirnos. En ese momento estuve casi a punto de pedir por favor a mi amigo que encerrara a su abuela en una habitación y la atara a un mueble, para así poder marchar a tiempo, antes de que mi cuerpo pudiera resentirse y me abandonara al no reconocerme.

Nos escabullimos como pudimos si bien la abuela nos siguió hasta el vestibulo de la entrada farfullando a los demás: Deberían de comerse alguno antes de coger el tranvía..., deberían de comerse alguno... al tiempo que ya en la puerta de la casa nos despedimos. Enfilamos rápido la calle abajo hacia la estación con cierta prevención por mi parte, mirando intermitentemente y de soslayo hacia un lado y otro del itinerario, intentando acelerar el paso para llegar cuanto antes al tranvía, pues en esos instantes de confusión de los sentidos por exceso de comida, sobrevolaron sobre mi castigada mente, y sin poderlo evitar, temerosos y extraños sucesos: imaginaba que en cada esquina de las calles que atravesábamos nos abordaban, sorprendiéndonos, una legión de abuelas, como sombras, embozadas hasta la cara con la misma toquilla negra de lana que la de la abuela de mi compañero, de las que entresacaban, donde escondían, infinidad de hornazos, aún calientes, que nos obligaban a comer hasta saciarnos, sin que cesaran en su obsesivo deseo de que comiéramos uno más, y otro., y otro... hasta aumentar tanto de volumen que temí nos impidiera llegar por nuestros propios pies a la estación de tranvías. Cuando al poco rato regresé a la realidad, no dejaba de esbozar con alivio una insinuada sonrisa que pasó desapercibida a la atención de mi compañero. Habíamos alcanzado por fin, y sin ninguna sorpresa ni novedad, el pequeño edificio de la estación.

Ya de regreso en el tranvía divisando de nuevo el puente y a punto de entrar en trance de una segunda levitación en aquel día, mirando a mi compañero esbocé una larga sonrisa que esta vez no le pasó desapercibida y por la que se interesó.
De que te ríes --me preguntó.
- ¡Joder!. No me lo puedo creer. El final de este camino que tantas veces he deseado conocer, no es un territorio….. --hice una pausa que provocó en él su curiosidad de mi respuesta, inquiriéndome a continuación.
- ¿Entonces que es?
- ¡Joder!, lo has visto con tus propios ojos, es ¡¡¡un descomunal y abundante plato de arroz con leche hasta el borde, para reventar!!! ¡Cómo cojones lo iba siquiera a imaginar?

Los dos reímos a carcajadas en el instante en que aquel artefacto empezó a sonar como una lata. Estábamos de nuevo suspendidos en el aire. Abajo, brillando en la neblina, el río dibujaba un sinuoso sendero de plata.



FranciscoMolinaGómez.
(No puedo negar que en mi difícil adolescencia hubo algunas ráfagas de felicidad, y uno de esos destellos de bienestar lo viví intensamente aquel día, en un sentimiento ambivalente con una cierta sana envidia hacia mi compañero: la alegría porque aquellas buenas gentes me hicieran sentir por un día un hijo más de la familia, y el lamento de que aquello acabara tan rápido y no se pudiera repetir. Al final del camino de hierro hubo algo más que un abundante plato de arroz con leche: la experiencia vital que soñara en aquellos viajes en tranvía a ninguna parte: la de sentirse deseado en la llegada para convivir por unas horas en un auténtico hogar con gente que desbordaban cariño y afectividad por todos los poros de su piel. Toda mi gratitud en la dedicatoria de esta entrada a Manuel Puerta y su cariñosa familia, allí donde estén ahora... Mil gracias)







martes, 2 de enero de 2018

LOS DESHEREDADOS DE AHÍ ABAJO












"¿Saben lo que me hacía feliz en el tiempo de clase con sor Gloria? Pues que cada mañana volaban sobre el Orfelinato los avioncitos llamados vulgarmente “cazas”, con base en el campo de Armilla, a unos quinientos o mil metros del colegio (...) Su ruido estruendoso detenía por un momento la actividad escolar para llenarnos de algo que venía de los aires. Aunque el constante pasar y volar sobre nosotros nos desbordaba la imaginación hasta creer que quien pilotaba el avioncito dichoso era yo u otro de los compañeros, huyendo del presente tal vez angustioso de la escuela, para transportarnos a otro mundo...; y creo que es el único ruido que menos me desagrada: el de los aviones (...) Un día vimos estrellarse un “caza” pequeño cerca del lavadero quedando enramado entre los altos eucaliptos que rodeaban el colegio... ignoro si hubo muertos.”
( Extraído del libro: En aquel tiempo –1950/1963--, y en este lugar --el de la foto--..., del acogido en el orfanato de Armilla en Granada: Manuel Jiménez Estévez)










El ruido del motor reverberaba en el ámbito aséptico de la escuela. Desde el aire los pilotos de la avioneta-caza de la guerra civil que atravesaba con ronco sonido el recinto del orfanato— observaban sin mucho interés, como una imagen más de la rutinaria ruta en los ejercicios de adiestramiento aéreo, los tejados en sucesión de alargados pabellones entre patios, cercado todo por continuas tapias, en una decidida disposición como de establecimiento militar; que no les era ajena.

Descuidadamente, como acto involuntario, miraban hacia abajo descubriendo algunos puntos negros que se movían de manera desordenada entre los edificios, acordándose de sus hijos, tan diferentes de aquellos huérfanos que ahora salían en bandada por la pequeña puerta de uno de los pabellones, colmatando de manera caótica el patio anejo. Se autocomplacían en su suerte: la de oficiales de aviación; un trabajo profesional, bien remunerado --y mejor considerado socialmente en un país sujeto a una dictadura militar-- que les permitía una vida holgada y una familia estupenda, en un hogar digno con unos hijos más libres; no como los desafortunados de ahí abajo que correteaban atrapados entre los muros de cal, vigilados por la monja que desde el aire se distinguía perfectamente por las alas blancas de la toca que lucía en la cabeza, exculpando --como mandos de personas también-- al sacrificio de su vocación religiosa, la abnegada y ardua labor de vigilancia, sin reparar en la diferencia de tropa: Anda que la tarea de las pobres hermanas, para controlar a tanto niño…, ellos se les ve de acá para allá…, no paran; mientras, saliendo de aquel ámbito traspasadas las tapias, atravesaban el barrio de Corea para girar cerca del campo del cuartel de aviación de los Llanos; una vuelta más, en el sobrevuelo constante durante la mañana, del continuo aprendizaje para el manejo de aquella pieza de museo con sonido bronco de motor de mecánica antigua.

En el patio de juegos, tumbados de espaldas sobre el pedregoso terreno, Alifa, Pepito Gordo, Soto y otros huérfanos, codo con codo y apercibidos de la amenaza por alto de sus cabezas, formando cuadrilla antiaérea emulando a Johnny Comando, Gorila, Bolita y demás soldados americanos en viñeta de tebeo de Hazañas Bélicas— les alcanzaban de pleno al avión con la imaginaria munición que disparaban los alargados palos de madera --como ametralladoras antiaéreas--, con los que apuntaban insistentemente al viejo caza durante su peligroso recorrido: “Rá tá tá tá… rá tá tá tá… rá tá tá tá...”, sobrevolando sobre sus extendidos cuerpos, en inminente ataque a sus posiciones defensivas; descargando el aparato, por toda respuesta a la rúbrica de un imaginario espeso reguero de humo negro que le habían inferido y que todos imaginaban se proyectaba por la panza de la avioneta militar--un ensordecedor ruido de motor de vieja avioneta de guerra, tan escandaloso por unos instantes, que les zahería los oídos, los que aliviaron cuando el estridente sonido se fue diluyendo en la distancia del vasto espacio azul de la mañana, en la medida que el biplano de único motor de hélice se alejaba: ¡Huye!, ¡hurra!, ¡hurra!..., le hemos dado, pasando ahora por encima de las chabolas que había por detrás de las tapias, plagadas de chaveas sucios y semidesnudos los “coreanos” cómo les llamaban-- que deambulaban libremente por la única calle terrosa, por entre el saneamiento descubierto de las aguas fecales: Esos no son huérfanos, pero viven más miserablemente, apuntaba el joven teniente al tiempo que la avioneta dejando atrás las infraviviendas y la pequeña caseta de la parada del tranvía, se perdía por la espaciosa llanura que se extendía a los pies de la ciudad, la que se visualizaba desde el aparato abigarrada, eclosionando en magnífica fortaleza en su colina más alta.

Para los niños desheredados de ambos lados de las tapias aquel familiar ruido formaba ya parte de la banda sonora de sus vidas. Se había impreso en sus cerebros de tal suerte que no concebían el tiempo de su corta existencia sin las pautas diarias del zumbido lejano que, al principio, se iba acrecentando conforme se acercaba a ellos hasta hacerse ensordecedor al cruzar la aeronave encima mismo de sus cabezas para, luego, ir amortiguándose a medida que se alejaba hasta convertirse en un susurro en la lejanía, pero sin dejar de apagarse del todo. Sabían que seguiría allí toda la mañana sobrevolándoles.

El registro sonoro de aquel ruido, quedó presente de por vida en los recuerdos de infancia de Alifa, Pepito Gordo, Soto y del resto de compañeros de orfanato, de un lado, y de los niños gitanos, en especial del gitano Medrano y de su madre, del otro. Ruido que entraba impertinente, sin poderse evitar, por las ventanas de la escuela y las puertas abiertas de las chabolas...; superponiéndose a la baraúnda de todos los días de los chiquillos, aunque en realidad sin conseguir anular sus gritos en las alegrías, sus agudas voces en los cánticos, sus particulares ecos en los juegos, sus quejidos en los llantos, sus singulares resonancias de sus complicadas vidas… sus miedos... el del gitano Medrano contagiado por el de su madre cada vez que la avioneta le sobrevolaba, no en vano ésta había perdido una pierna durante un bombardeo en la guerra civil.

Los dos pilotos ajenos a la congoja de todos aquellos desheredados --oculta a la vista tras los gruesos muros de ladrillo y las enlatadas cubiertas--, se paseaban en alto ufanos participando del aparente buen funcionamiento de la máquina, y también de la institución pública de beneficencia allá abajo, paradigma del orden que imperaba en el país a cuya defensa contribuían entrenándose en el aire todas las mañanas: Ahora están todos en clase; que gran labor de las hermanas, haciendo hombres de provecho, para gloria de esta nación... al contrario de aquellos otros, como salvajes sin escolarizar... holgazaneando en la calle, alabando aquella escuela rígida y disciplinaria pero con sus hijos a salvo de la sinrazón de la letra con sangre entra, del temor en la mirada con las manos extendidas, del dolor del chasquido en la carne, del moratón en la piel, del sentimiento de culpabilidad, del grito enmudecido por el dolor y de la lágrima contenida.

En el exitoso ataque, Alifa, Pepito Gordo, y Soto convinieron con gran alegría que aquel día, por fin, el antiguo caza de guerra que siempre les amenazaba, herido por la metralla, caería irremediablemente cerca del lavadero donde los altos eucaliptos, sobre el barrio de Corea en el cierre norte del Orfanato, allende las tapias que articulaban, con su prolongado trazado de muro blanco la única calle, sin nombre, que desmañadamente alineaba una agrupación de infraviviendas habitadas por gente muy pobre sobreviviendo inmersas en la miseria al amparo de la muralla encalada. Eran en su mayoría de raza desconocida, no gitanos como se decía sino, posiblemente, coreanos cómo los del último comic de hazañas bélicas que habían leído, --pensaban los tres huérfanos durante aquella batida--, al tiempo que una tropa de chaveas sucios, de sospechosos y escamados ojos rasgados que les seguían, correteando su semidesnudez envuelta en desagradable olor al que, inevitablemente, sus tiernas pituitarias se habían acostumbrado, ahora les retaban en la pelea cuando los internos la atravesaron en formación de fila de dos, comandada por la monja de toca alada, en uno de aquellos infantiles paseos dominicales, que en realidad encubría una dificultosa misión secreta –peligrosa incursión en territorio enemigo- que se les había encomendado a los tres, agrupados en comando de combate y cuya acción desconocían el resto de huérfanos e incluso la generala de gorro raro: liberar a sus compañeros del peligro amarillo, aunque aquellos enemigos tuvieran la piel oscura.

Ellos sólo recibían órdenes del mayor Mortimer; órdenes en clave que hallaban en las leyendas de los cómics con escenas de guerra en Indochina, que les incitaba a la lucha. Y a buen seguro que se hubiesen enzarzado en la pelea de no ser por la súbita “aparición”, cuando enfrentaron la rústica fachada con sólo dos huecos: una destartalada ventana cuyos ciegos postigos cerraban los misterios del interior a cal y canto, y una descuadrada puerta por donde salió, comenzando a avanzar hacia ellos, arrastrando torpemente la única pierna visible --pues la otra sólo era un muñón-- amenazando con las muletas, como arietes, defender su territorio y a los chaveas gitanos de la calle que comandados por su hijo Medrano le seguían detrás: ¡Cuidado!, ya está otra vez la bruja..., advirtieron los tres a fin de evitar que les hiciesen prisioneros, en actitud beligerante, girados hacia ellos, protegiendo el final de la formación de la fila de dos.

Una vuelta más. Después de tantas jornadas de vuelo, los pilotos habían impreso en sus mentes el recorrido: la base aérea; los llanos que era terreno militar, en donde, desperdigadas como pequeñitas cajitas— visualizaban las viviendas unifamiliares de algunos mandos del acuartelamiento: Pasa por encima de la casa del coronel --le indicaba el capitán instructor al joven teniente-- y después gira antes del comienzo de los terrenos escarpados, donde acaban las huertas; franqueando tranquilos en la confianza de la técnica y de su pericia los campos de frutales bañados por el templado sol mañanero, y en cuestión de minutos estaban otra vez sobrevolando el patio, ahora casi vacío, en vuelo tan bajo que el artefacto volador proyectaba nítidamente sobre la tierra su alargada sombra con hechuras de enorme insecto, tan bajo que el estruendo habitual sonó como trueno muy cercano que hizo vibrar de forma ostensible los cristales de las clases con gran sobresalto de los internos escolares... después un insólito ruido fuerte y seco... y a renglón seguido el silencio más absoluto.

Un extraño silencio muy prolongado cubrió todo aquel ámbito. ¡Qué raro!... se miraban estupefactos los pocos chicos mayores que habitaban el patio a esas horas; sobresaltados, sin esconder cierta inquietud en sus miradas por la extrañeza de señal tan estruendosa, que presentían que algo muy pesado había impactado contra los árboles cerca de allí... quizás fuera la avioneta que unos segundos antes les sobrevolaba tan bajo... sólo lo presumían. Muy cerca el gitano Medrano enfrente de su casa, de pie, rígido por el susto, paralizado de cuerpo entero, casi sin respirar mientras su corazón le latía aceleradamente observaba estupefacto la mole de acero que colgaba de las ramas de los árboles, por entre las que se colaba un humo gris que salía del aparato, ocultando en parte la espesura de las hojas de los eucaliptos.

Nunca supo cuanto tiempo permaneció inmovilizado por el terror observando ¿aquello? Para cuando quiso darse cuenta de que estaba vivo ya era consciente del apretado abrazo que le unía a su madre, la que permanecía temblando, como ausente, erguida en el ámbito semioscuro del interior de la viviendasólo mantenida en pie gracias al auxilio de unas adelantadas muletas que parecían pegadas a su cuerpo como alas de madera abatidas; dos miembros extraños que le brotaban de las axilas a las que las unían unas desgastadas y mugrientas almohadillas de telay a las que también se aferraban, como tenazas, las manos de su hijo... ambos rezando... ambos esperando una señal... no sabían muy bien qué... quizás el desplome del enorme artefacto sobre la frágil casa... al final, al cabo de un corto tiempo que les pareció eterno, sólo el punzante sonido de las sirenas de emergencia.

En el rezo de noche en formación de filas en el sótano del orfanato la monja hacía repaso --como todas las noches-- de las faltas en que hubieran incurrido los internos durante el día, ahondando en aquellas graves a las que llamaban pecados, avisando de sus terribles consecuencias si éstos les sorprendían en un renuncio de la vida, como pudo pasar a los pilotos que se habían estrellado cerca del lavadero, pensaban algunos chicos durante el rezo, sin saber si habían sobrevivido al accidente. En caso de haber muerto, a saber si estaban o no en gracia de Dios..., pero de haber sobrevivido que duda cabe que se les habían dado una nueva oportunidad... no siempre sucede así con tiempo para ponerte a bien con Dios... cavilaban los muchachos siguiendo el hilo del sermón de la monja, mientras todos a coro entonaban el rezo... ese mismo rezo que a menudo les acababa infligiendo en sus ánimos el desasosiego, la inquietud, el temor que siempre se apoderaba de ellos a esas oscuras horas cuando se iban a dormir: Yo he de morir más no sé cuándo / yo he de morir más no sé cómo / yo he de morir más no sé dónde / lo único que sé es que si muero en pecado mortal me condenaré para siempre. Una vez en la cama Alifa, Pepe Gordo, Soto y otros entraron en pánico por si no despertaban, a sabiendas de que sus conciencias no estaban limpias. No pudieron conciliar el sueño, pues habían deseado de "pensamiento e intención" el derribo de la avioneta y ahora ya no había tiempo para confesarse, revolviéndose en la cama de un lado a otro hasta bien entrada la madrugada. 

El gitano Medrano tuvo pesadillas arrebujado en el camastro contra el cuerpo de su madre que continuaba con un leve temblor. Cuando despertaron, todos se alegraron enormemente de la oportunidad que les concedía la luz del día.

Ese mismo día los desheredados de ahí abajo oyeron de nuevo, a primeras horas de la mañana, el acostumbrado ruido en el aire que provenía de otro caza que les sobrevolaba, como era habitual. La vida proseguía, pese a todo.




FranciscoMolinaGómez
(Ahora mientras escribo compruebo que lo que ha registrado la banda sonora de mi vida  no son simplemente sonidos, sino que, asociados a ellos, hay un universo de sensaciones: de fantasías en pos de lo posible, aunque en realidad no lo fuera; de desbordada imaginación idealizando los sueños; de deseos optimistas avezando en la doliente vigilia, un porvenir mejor; de viajes fuera de la realidad, en continuas alucinaciones, al reino del ensueño... todo ello sobrevolando todavía los recuerdos; pues como ya dijo el poeta: "Es en el plano del ensueño, y no en el plano de los hechos, donde la infancia sigue en nosotros viva y poéticamente útil") 









domingo, 10 de diciembre de 2017

EL DÍA DE LA LOTERÍA DE NAVIDAD












En aquellas navidades de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, los hogares que esos días eran el centro de las reuniones familiares adquirían un cierto encanto (como baluartes de la tradición) y sus moradores abrían las puertas de par en par a familiares, amigos y vecinos a los que era costumbre invitar a degustar alguno de aquellos auténticos dulces de mantecado al que había que ayudar a bajar hasta el estómago con una copita de un anís tan fuerte que cortaba el hipo, y a admirar la destreza de los anfitriones en montar el popular belén, práctica muy extendida en la población, como la de apostar a la “suerte” el día de la lotería.










En el orfanato el día de la lotería de navidad era uno de esos días para la esperanza o el desconsuelo... quizás aquella navidad algún familiar se acordara de mí. En el salón del pabellón la televisión se ha encendido a primeras horas de la mañana con motivo de la retransmisión del sorteo de la lotería. Nuestro ánimo --el de todos los acogidos-- está más atento a otros acontecimientos: sobre la monótona y repetitiva letanía de los niños de San Ildefonso se alza intermitente la voz de la llamada a otra suerte más importante: alguien corea de viva voz el nombre del afortunado que pasará la navidad en su casa: Arréglate que te está esperando tu madre en la portería. A medida que transcurre la mañana se ha ido llamando a los chicos conforme llegaban sus familiares. Siempre éramos los mismos los que preguntábamos:¿Te vas? Y los de siempre contestaban aquello que algunos hubiéramos querido decir, aunque fuera solo en aquella ocasión: Sí, han venido a sacarme.

El día de la lotería de navidad era uno de esos días de ansiosa espera, de expectación a ser llamado en cualquier momento, de ilusión de oír tu nombre por encima del jaleo que en el salón se ha formado ya a media mañana. Luego, conforme transcurría ésta, la necesidad de seguir acostumbrándose, aunque costara mucho, a no figurar en tan venturosa lista; de desear intensamente la alegría de los que se marchaban.

El día de la lotería de navidad... ¡qué envidia! … ¿porqué no nos tocaba en suerte alguno de aquellos hogares?, aunque fuera una sola vez; suspirábamos, año tras año, los pocos que quedábamos en el orfanato por Navidad. Nos apretujábamos, rellenando el vacío de los que se iban de vacaciones a casa de sus familias, acercándonos más que de costumbre en las distancias: de la fila, del asiento del comedor, del banco en el salón, de la cama en el dormitorio; nos mirábamos ya muy de cerca y nos reconocíamos en los mismos sentimientos de abandono y de desamparo; en los mismos gestos de desconsuelo dibujados en las caras, las mismas de siempre, las de toda una vida.

Soledad que suplíamos en la improvisada proximidad entre nosotros –los más desabrigados entre los desabrigados— casi tocando piel con piel para darnos calor en un sentimiento de amistad nuevo, distinto al del resto del año que sólo duraría aquellos días; hermanados, estrechando lazos en la desventura que para algunos duraba ya mucho tiempo; parapetados en nuestro infortunio de niños sin besos, anhelando la suerte de “los otros”, los mismos de siempre que ansiosos en las tardes de los primeros domingos de cada mes esperaban sin vacilación la visita de sus familiares.

Cuán triste era observar –mes tras mes y año tras año-- aquella alegría de la fiesta a la que no estabas invitado, desde la lejanía, desde un lugar escondido, para no tener que sufrir aquella humillación; ni siquiera estabas en el grupo de los dudosos: éramos directamente en el inconsciente colectivo de “los otros”: aquellos que no tenían besos por olvido de sus familiares, y habían, aún peor, aquellos que, además, éstas carencias las sufrían con el estigma de ser niños de nadie; nunca habían conocido familia alguna. Aquel pesar se agudizaba cuando llegaban las fiestas de Navidad. Hasta los veinte años no perdí la esperanza, deseando que llegara el día de la lotería. ¿Quién sabe ...?

 El día de la lotería de navidad... remediábamos como podíamos el eterno olvido --realidad a la que ya estábamos habituados en el acontecer de cada segundo de nuestras tempranas existencias--, y nos afanábamos aquellos días en arrebatarle al frío, aposentado a perpetuidad entre los gruesos y fríos muros, algo de calor de hogar, decorando con murales de felicitaciones navideñas las paredes y con farolillos de colores las lámparas de los pocos espacios que quedaban abiertos del pabellón.         

Del más del centenar y medio de niños internos apenas quedábamos una veintena. Los que ahora nos reconocíamos en las mismas carencias afectivas como grupo familiar. Esto, unido al relajo en la disciplina de la vigilancia de los celadores --aflorando su desconocida cara más humana; si acaso alguno la tuvieron-- hacía que brotara y fluyera en el ambiente, si no el auténtico espíritu de las Fiestas, si un sucedáneo aceptable que hacía más llevaderos esos días; conformándonos con la suerte de ser los protagonistas en aquel placebo hogar. 

Nos conformábamos con muy poco --¡qué remedio!--, intentando disfrutar de las escasas diversiones que nos ofrecían, entre las que descollaba la posibilidad de ver mucho cine en la televisión, donde se prodigaban entonces las proyecciones americanas más clásicas del cine en blanco y negro en un especial de Navidad. En la cerrazón del espacio cerrado la televisión era nuestra única ventana al exterior, aunque aquel día de la lotería le prestáramos más atención a otras cosas.

El día día de la lotería de navidad... me afanaba en la artística tarea de montar el belén. En la televisión que ocupa en alto una repisa de madera en una esquina del salón, y al final de la mañana, gentes de todo tipo y lugares celebran muy excitados ser los afortunados portadores de los billetes de algunos de los premios importantes del sorteo. Los enseñan eufóricos de alegría a las cámaras, muy cerca de la cara del locutor, el que evitando que el festivo ambiente haga mella en su seria expresión de reportero, dice con voz de profesional de los medios lo que era una frase que se repetía todos los años: La suerte ha estado muy repartida entre la gente necesitada.

Mientras, voy dando forma a una topografía inventada que va surgiendo en mi mente, por momentos, de las tierras de Belén. Imagino altas montañas con el efecto rugoso de los troncos de olivo que recogíamos de la leñera de la cocina; profundos barrancos donde, en realidad, debieran ser extensas llanuras de desérticas arenas; un río que aflora hondo y caudaloso en tan accidentado terreno, cruzando muy visible en diagonal el paisaje fantaseado... en fin todo incongruente en la representación de aquellos territorios... así era por tradición. Todo era anacrónico: la húmeda naturaleza del tapizado verde del césped que arrancábamos de la tierra en los alrededores del lavadero, y que generosamente extendíamos por todo el nacimiento; las viviendas de corte occidental para una zona de oriente; el molino de viento; las escenas de las figuras... pero el resultado --esperado todo el año-- era de una intensa emoción. Así lo habíamos vivido siempre desde que éramos muy niños.




Escenas de Belén; del aurtor del blog


Al final del día de la lotería de navidad... mi gran premio no era económico sino emotivo, con el disfrute de la colocación de las figuras --santos-- con las que el paisaje artificial iba cobrando vida; mostrando en el reducido espacio con fondo de estrellas en un cielo de tela, la escenificación del nacimiento de Cristo... no faltaba nadie... estaban todos los personajes en una escena de acción general extrañamente quieta; inmovilizada durante esos días en los que sólo cambiaba la ubicación de los reyes magos que los íbamos acercando al portal de Belén conforme iban transcurriendo los días de vacaciones, a fin de que llegaran a tiempo, antes de que acabaran éstos, para ofrecer sus presentes al Niño Dios, coincidiendo con el mágico día de Reyes, y siempre guiados por la estrella polar que ya lucía brillante encima del portal. ¡Ah!, no se me olvidada colocar una pequeña bandeja a fin de que los visitantes externos al orfanato dejaran la voluntad con la que poder adquirir nuevas figuras. Apenas se recogía para ir reponiendo las que se rompían.  

El día día de la lotería de navidad... sólo me tenía a mí.



FranciscoMolinaGómez
(En esta Navidad´2017/18: Paz y ventura para todos, en especial a los que, a su pesar y a temprana edad durante muchos años, se acostumbraron a no figurar en la gozosa lista de los afortunados a disfrutar la Fiesta de la Navidad)

viernes, 17 de noviembre de 2017

¿DÓNDE ESTÁ EL OTRO?





























¡Adónde diantre van los calcetines que se pierden?



Hace ya bastante tiempo que no consigo enfundarme los pies con dos calcetines iguales. Todas las mañanas extraigo el par del cajón del armario-vestidor de mi dormitorio, muy entrelazados, raramente unidos en un apretado abrazo, como dos amantes a los que hubieran forzado a permanecer juntos sin reconocerse, apercibiéndose uno que el otro no es el mismo que siempre le había acompañado, sino un extraño, un desafortunado al igual que él, al que su pareja abandonó en una viaje a través del hueco del tambor de la lavadora --creo que este es el agujero por el que mudan a ese otro espacio-temporal--, en cuya vorágine del centrifugado se perdió sin que después se supiera más del desaparecido…; sin dejar rastro alguno. Desconcierto que también es mío, en la necesidad de llevar calcetines parejos.

Con paciente temple vengo reclamando a mi mujer –en su elección de las tareas repartidas-- me solucione aquel despropósito en las urgencias del vestir para poder incorporarme a tiempo a las obligadas labores cotidianas; sin conseguir me solucione el desaguisado: No, no sé lo que ha hecho la lavadora con tu calcetín, ¿por qué me lo preguntas?, me dice. Al final me marcho de casa con calcetines distintos… bueno aparentemente iguales. Y no es que haya en ella aviesa intención de que alguien en la calle me descubra aquella rareza, calificándola seguramente de una excentricidad por mi parte; es que se reconoce impotente por obtener una explicación racional a la constante desaparición de los calcetines.

Ella tiene una teoría que en principio pudiera parecer descabellada: piensa que la fuerza centrífuga del aparato, en sus progresivas y aceleradas revoluciones, pudiera aperturar un misterioso e invisible agujero negro por donde se fugan las prendas; lo que ante la reiterada constatación de la desmaterialización --da igual el tipo de fibra-- pienso que tal vez pudiera tener visos de que sea real. Sobretodo en la comprobación infructuosa después de una minuciosa inspección de los filtros y elementos de desagüe del artilugio mecánico --en donde en principio se pudieran haber quedado enganchados los calcetines-- de que nunca hallamos rastros de ellos. Misteriosa desaparición que a priori debiera tener una explicación.

En su investigación del asunto ha probado lavar sólo los calcetines desparejados, comprobando que estos nunca desaparecen. Todos están presentes en la colada: ni una aventurada fuga en busca de su pareja. Es como si no quisieran marcharse del lugar que fue común a ambos, el único sitio de posible encuentro si el otro regresara. El amante que permanece en la continua incertidumbre del paradero de su mitad, sin querer moverse de los recuerdos de cuando caminaban juntos, a la par; resistiéndose a su pérdida, sin comprender el momento de la huida, queriendo creer que ésta no fue tal aprovechando el otro la confusión, camuflado entre las ropas mojadas dando vertiginosas vueltas en el ciclón de agua y detergente, parapetado en su espuma; sino un accidente siendo éste arrastrado… ¿hacia dónde?... ¿adónde van los calcetines perdidos? …¿quizás al país de los calcetines perdidos?...; y si no fuera así y se marcharan de propia voluntad: ¿en busca de qué?... a lo mejor es que, al igual que sucede con las personas, existen los calcetines infieles.

También los calcetines tienen derecho a desligarse de la cadena que les une eternamente a su pareja. Puede que, al igual que algunos humanos, se cansen de estar siempre con el mismo. Nosotros los humanos que somos seres sentimentales y optimistas en bastantes ocasiones, guardamos el desparejado esperando que algún día, por mor de la magia, vuelvan a unirse para enfundar nuevos pasos. Pero esto no ocurre nunca. Bueno no es exactamente así porque en ocasiones y agazapados en la goma de la puerta de la lavadora –punto de salida a calcedonia-- aparecen engurruñidos y al cabo del tiempo algún que otro calcetín; son los arrepentidos de última hora caídos in extremis en la trampa, justo en el límite de entre dos mundos, por su indecisión de último momento de no irse y permanecer en el mismo sitio ante el miedo a lo desconocido; sin saber bien en el fortuito hallazgo si han querido o no irse. Tienen su parejo en los humanos indecisos, los que titubean constantemente, los que vacilan siempre ante cualquier situación, los extremadamente inseguros, los demasiado previsores, y como no: los oportunistas.

Hay quien dice, haciendo un símil con la vida de las personas que algunos calcetines nunca llegan a viejos en pares, pues antes de que ceda la goma que mantiene su boca apretada; antes de que el desgaste de su piel les aperture una ventana al exterior haciéndolos inservibles, uno de los dos se pierde... se va... no importa los anteriores miles de abrazos fundidos por un fuerte nudo; un nudo que hasta ese momento los había hecho únicos, que los había diferenciado de los otros; un nudo que en el universo de los demás les hacía reconocerse en su propia personalidad; su particular idiosincrasia: su aterciopelada suavidad o, por qué no, su rugosa aspereza. Puede que al final siempre acabemos solos. En esta reflexión sobre la soledad persistente del ser humano he leído en algún escrito que quizás tengamos que aprender de los calcetines de que en esta vida, poco a poco, nos vamos quedando solos; de que en este mundo y en este tiempo es muy difícil llegar a viejo en pareja porque a uno siempre lo están abandonando, porque en ideales y locuras se van perdiendo las compañías, porque tal vez a nadie le interese nadie, porque la vida es un constante dejar ir … ¿pero eso es realmente siempre así?... me cuesta creerlo pues detrás de la huida quedan los recuerdos felices, los momentos vividos en los afectos, las experiencias compartidas en un bagaje existencial que suma más que resta; y por delante las nuevas oportunidades de sentirse vivo, de querer compartir nuevos sentimientos con otros..., como alivio de la soledad del abandono sentida por los que se quedan.

Los que se quedan saben que no van a desaparecer; que van a ser fieles, aunque de momento sufran por la desaparición del otro. Puedo imaginar el primer instante de desconcierto de la deserción: colgado boca abajo, prendido el calcetín de lana con una pinza en la cuerda del tendedero, junto a otro de algodón como nueva pareja, al que no le une ni siquiera el mismo desgaste, por no hablar de parecido o similar color de piel, envidiando a aquellos otros que distendidos retozan muy juntos con sus pares, acariciados por el aire en el secado natural. ¿Que será de nosotros, a partir de ahora?, seguro se preguntarán los abandonados imaginando un destierro de olvido en algún cajón, junto con otros desparejados a la espera de encontrarles un similar al que, más tarde, quedarán extrañamente unidos... o no.

No siempre el infortunio se ceba con todos los calcetines desparejados. En aras a remediar el despropósito que habito en mi empeño por vestir los pies, mi mujer ha encontrado una ingeniosa solución de orden: los muy diferentes han ido a anidar su tristeza desparejada de por vida al fondo del cajón en una orgía de calcetines abandonados. Delante al inicio del cajón ha acoplado los poquitos que tienen pareja reconocida. De entremedias ha colocado convenientemente entrelazados por un fuerte nudo los demás desparejados por categorías de uso: los que son casi iguales por su textura; los que presentan dibujos algo parecidos, aunque sea remotamente... o los complementarios en razón de colores... y ya en el caso más extremo la solución más general: por razón exclusiva de su tamaño aunque no se parezcan en nada...; a simple vista  la más disparatada.

Este último era el caso de la pareja de nailon y algodón que habitaban su anidada soledad a la mitad del cajón, olvidados durante mucho tiempo hasta que una mañana muy temprano se me pegaron literalmente a la mano, nada más introducir ésta en el cajón de calcetines en busca de una pareja reconocida, valiéndose ambos para su estratagema de mi persistente somnolencia a horas tan intempestivas. Los sacudí con cabreo intentando desprenderme de su inutilidad pero no hubo forma de deshacerme de ellos pues se habían aferrado fuertemente a mis dedos en un desesperado intento por ser útiles; y en el apremio por no llegar tarde a una importante prueba de examen, no me quedó más remedio que adoptarles para mis pies aunque fuera sólo para aquella urgente ocasión. De todas formas, y a simple vista en la semioscuridad de la habitación, parecían tener parecida medida y color.

Apreciación de la que salí de dudas con asombro, a media mañana, al tibio sol de una terraza-bar celebrando el éxito de la prueba de examen. Del asombro pasé a la más sonora carcajada que puso en alerta a un par de clientes del bar: ambos calcetines no se parecían en nada, ni en la textura, ni en el color, ni en el tamaño... aún así no me desagradó la escena cuando me vi los pies: me pareció ridícula y a la vez graciosa. No sé si aquello actuó como amuleto para salir airoso ante el tribunal que juzgaba mi trabajo, el caso es que me sentí muy cómodo contestando, y bien, a todas las preguntas de tan doctos profesores. No lo sé. Después, y por si acaso fuera así, me he puesto calcetines diferentes cada vez que tengo una cita importante. Ahora los calcetines que habitan la mitad de mi cajón están encantados con sus nuevas parejas, sabedores que el otro nunca se irá, que nunca le abandonará. Será que, como sucede en los humanos, el amor, la lealtad y la fidelidad fluya más y mejor entre los diversos, los dispares, los desiguales..., los complementarios, que entre los que se parecen en todo.

Es la pugna de los diferentes, de los considerados distintos, de los que esgrimen con orgullo ser singulares...; de los sin pares. Tantas soledades juntas, tanta dejación, tanta renuncia soportada, tanto desistimiento en un mundo de calcetines abandonados nos deben llevar a aprender juntos a andar solos, a caminar por nosotros mismos. No esperaremos a que nos rescaten, escaparemos del cajón para forjar un destino en pos de seguir persiguiendo los sueños, una meta enfundando nuevos pasos. No buscaremos pares, buscaremos vida... y acompañadas soledades.



FranciscoMolinaGómez


























domingo, 8 de octubre de 2017

A LOS QUE HERÍA EL POP










En el salón de estar de mi casa The Beatles --clásicos del siglo XX-- acompañan a los clásicos de todos los tiempos, los grandes maestros de la música: Beethoven, Mozart, Bach, Schuman, Brahms, Mendelson, Wagner, Chopin, Tchaikovsky... Mi particular homenaje a los chicos de Liverpool


































Desde la azotea el operador encendió su cámara, se asomó al borde, y empezó a grabar. Abajo, en la neblina, la calle bullía en los ecos apagados de su actividad cotidiana y en los más ostensibles del tráfico rodado y de los viandantes que la transitaban; sonidos habituales que marcaban la pausa cotidiana de aquella mañana --como otra cualquiera de un día laborable--, cuando súbitamente todo el ámbito se agitó en la vibración fuerte y al unísono de las cuerdas metálicas; sobrevolando con sonidos pop-rock sobre el gélido murmullo de aquel día gris de enero londinense y después el cielo, todo, bramó al ritmo de guitarras eléctricas y redobles de percusión… luego sus inconfundibles voces se esparcieron por la tranquila calle de los sastres --Saville Row-- y la vida se relentizó… ¡¡¡eran ellos!!!: John, Paul, George y Ringo… pero ¿donde?... se pregunta la atractiva joven de abrigo rojo, contenida en su marcha y en su sorpresa, mirando hacia arriba… a la que parece contestar en su desconcierto un caballero, algo menos joven, de aspecto más informal, señalando con el dedo de la mano extendida hacia el terrado del número tres --sede de Apple Records--…: ¡Es allí!, ¡es allí!...
En las tomas se aprecia mucho revuelo en la calle: la gente se arremolina parada en la acera, agrupadas en corrillos donde algunos apuntan hacia la terraza del edificio, intentando todos descifrar la reconocible música que les llega ahogada por el intermitente ruido de los claxons de los coches que circulan ajenos a la curiosidad de los transeúntes…
El operador enfoca su equipo a las fachadas de los edificios próximos y va recorriendo las innumerables ventanas, cerradas al frío, tras cuyos cristales se van dibujando imprecisas las figuras de los costureros y costureras; que fisgonean extrañados --haciendo una pausa en su actividad con el paño inglés--, el ambiente de la calle, no ajenos a lo que sucede, también, en la cubierta del edificio, enfrente…
Ahora el afortunado notario gráfico capta en planos generales el final acordado por los cuatro, el broche a lo beatle, a su particular manera --en una idea original compartida de un improvisado concierto en directo en sitio tan singular-- de la experiencia más trepidante de cuatro jóvenes de Liverpool que se agruparon para hacer música de su tiempo, por eso no les arredra el frío viento, que, en la altura del tejado, les entumece los músculos y agita sus melenas, herederas de los ya lejanos cabellos con flequillo…
Al realizador le va interesando, también, los planos cortos… es en estas tomas, muy cerca, en forzada postura --a veces casi desde el suelo--, donde los dioses muestran su lado humano y el atrevido ojo inmortaliza el gesto (el bamboleo de Paul, la postura encorvada de George, el cabeceo de Ringo y el desgarro en la voz de John); gestos que son más evidentes en los pequeños detalles; los que capta subliminalmente la cámara con Paul McCarneyt en el ensayo previo del Get Back, en el lapsus en la letra del Dont Let Me Down de John Lenon, en el extraño mutismo de George Harrison durante todo el concierto que rompe en I´ve a Got A Feling, y en el falso comienzo de Ringo en Dig A Pony… guiños que dan pistas de la frescura de aquel instante, que a su vez no deja se ser su canto de cisne… saben que aquello es el final, y no se resisten… solo se divierten…
Las escenas del rodaje se desplazan hacia las azoteas de los edificios vecinos, con imágenes insólitas de entusiastas espectadores que saltan de un terrado a otro… en la más sorprendente un hierático caballero inglés fumando en pipa, con perceptible flema y con toda la parafernalia británica, bombín, paraguas y abrigo, sube lentamente por una escaleras de patés que salva el desnivel de dos cubiertas, hasta aproximarse a otras personas que ya aplauden --algunas subidas a los muretes de las chimeneas-- agradeciendo aquel regalo… ahora podrán decir que ellos estuvieron allí…
¡Sorpresa!, la cámara enfoca a la pequeña puerta de acceso a la azotea, donde inesperadamente han aparecido dos policías, con sus uniformes azul marino, sus peraltados cascos con aparatoso escudo-emblema plateado y sus imperturbables gestos de seriedad de bobys, pidiendo el final del concierto, por denuncia de uno de los laneros: “Esto es una vergüenza absoluta, exijo el fin de este maldito ruido”… y en Inglaterra la ley, ya se sabe…
Y así, tras cuarenta y dos minutos de manifiesto pop, John Lennon --entre risas de los asistentes, excepto los policías-- ponía el epílogo, no sin ironía: “Me gustaría decir gracias en nombre del grupo y espero que hayamos superado la audición”… aunque fuera Ringo Starr el que quedó algo decepcionado de aquel imprevisible final; lo contó algún tiempo después: “Si me decepcionó la policía con algo fue el que no nos arrestaran. Hubiera sido genial terminar el concierto de la azotea con un titular: Beatles acaban concierto en la cárcel”… eran los Beatles… genio y figura…

(Del libro: Curso´63, del Bachiller en los tiempos del pop, del autor del blog)













Fue aquel año de segundo de bachiller, en mil novecientos sesenta y cuatro, cuando Agustín –compañero de orfanato y de estudios-- y yo, nos iniciamos en la búsqueda de los nuevos sonidos que provenían de allende nuestras fronteras, concretamente de la “pérfida albión”, y que alcanzarían su esplendor y ocaso en apenas ocho años –1962/1969-- con el grupo músico vocal The Beatles. La beatelmanía empezaba tímidamente a ser una realidad en España, pese a la animadversión hacia aquella música de la adoctrinada prensa del Movimiento y de la partidista televisión de la dictadura. Aquél grupo ya tenía un fervoroso fans entre los compañeros de curso. Se ubicaba en la primera fila de bancas, al fondo de la clase junto a la única ventana. García Marín era un caso agudo de pasión, rayando en la histeria, por el sonido de los chicos de Liverpool: The Beatles, cuarteto vocal instrumental que se publicitaba con estética Shadows y detalle denominación de origen: abundante cabellera en casco, rematada por flequillo hacia la frente, cubriéndola. Peinado que Marín intentaba imitar descaradamente y a cuya moda se opuso fervientemente nuestro peluquero del orfanato, como si en ello le fuera la vida. El momento beatle era su instante glorioso del día. Repentinamente, poseído por una invisible energía corporal, asociada a rítmicos movimientos de cabeza --como tics nerviosos--, y acompañando al gesto de rasgar unas cuerdas de guitarra --por supuesto eléctrica--, se desgañitaba gritando más que cantando el pegadizo estribillo:¡¡Silaiú yé-yé-yé!!, ¡¡silaiú yé-yé-yé!!, ¡¡silaiú yé-yé-yé!!.., versión libre de la famosa canción de The Beatle: She Loves You. Y así todos los días, de lunes a viernes.

En la búsqueda de la modernidad, Agustín y yo no permanecimos ajenos, por la proximidad con el abducido García Marín, a la vorágine del sonido beat, referencias que seguían proviniendo del otro lado de las bancas, junto a la ventana, donde el chavea del Zaidin-City --García Marín--, había sustituido los ritmos del She Loves You, del curso anterior, por los no menos movidos del Love me Do o los electrificantes del ¡A Hard Day´s Night!, sublimados por la beatelmanía del momento.

El intento de Agustín de imitar al fans de los chicos de Liverpool, se quedaba corto, no sólo en los gestos, sino en la apariencia (los dos lucíamos un esplendoroso casi rapado de cabellera) y sobre todo en la voz (la tenía poco educada para el canto). Mi caso era distinto en cuanto a la voz, ya que la templaza de mis cuerdas vocales fue parte de mi formación como cantor, aunque fuera hasta el hartazgo, en su vertiente de canciones religiosas. Así, en interminables sesiones de ensayos, las celestiales interpretaciones con música de armonio y letra rara –latín--, fueron conformando mi voz y las de los demás niños del coro; la que , por entonces, sonaba nítida en los tiempos de silencios de la misa.

Sentirnos ambos fascinados por los nuevos sonidos y comprobar su inaccesibilidad por lo raído de nuestros bolsillos, eran acontecimientos que transitaban cogidos de la mano: ni una mísera radio que llevarse al oído. Pero todo no estaba perdido. Lo supimos cuando alguien de nuestro entorno de bancas, visiblemente emocionado, nos contaba la experiencia: ¡Macho, que canción el Blaquiblá; es acojonante!. Y además los que la tocan, son españoles...: Sí, la cantan los Bravos, dijo otro que escuchaba...: Me hubiera quedado toda la mañana ahí; pegado a la máquina de discos del bar Zeluán. Ya lo teníamos: bar Zeluán y máquina de discos. Ahora solo faltaba reunir el dinero --dos pesetas con cincuenta céntimos--, que nos daba derecho a la audición y aprovechar un descanso entre clases. Lozano y yo conseguimos reunir en poco tiempo tamaño capital.

Al fondo de la calle de san Juan de Dios de Granada, el Zeluán lucía su pedigrí de bar de copas del barrio, lugar de encuentro de vecinos, a los que la instalación del llamativo y raro aparato musical --una moderna sinfonola--, constituía toda una afrenta por parte de su dueño hacia su varonil clientela, ya que aquel artefacto --cajón con urna de cristal y botones luminosos--, acosado permanentemente por jóvenes, profería tal cantidad de ruido que hacía imposible sus tertulias de muy alto interés, que por lo extenso de las materias a tratar, habían reducido a dos temas solamente: el fútbol y los toros. La verdad es que comentar las jugadas del partido del domingo con semejante coreografía de fondo: la máquina a toda pastilla, con los jóvenes melenudos alrededor retorciéndose entre alaridos y chillidos, era de todo punto intolerable; de ahí las protestas de la clientela hacia el propietario: ¡Que juventud!...: ¡Yo los cogía y los pelaba a rape...¡a todos!...: Esto de la moda yé-yé; no lo entiendo...: Toda la culpa la tiene éste --señalando al cantinero-- que ha puesto aquí esta máquina. ¡Llévatela por ahí!, joder.

Nuestro corte de pelo casi al cero, hizo que en principio pasáramos inadvertidos entre aquella tropa de irredentos devotos del vino peleón de bodegas Espinosa, Espadafor y otras; los que, cual nave enemiga, tenían tomada al abordaje la larga barra repleta de vasos de vino con sus correspondientes tapas y la que cumplía dos misiones claramente reconocibles: como barrera para separar al bodeguero de los parroquianos pesados y la de punto de apoyo cuando éstos, visiblemente inestables, intentaban pasar de la alegría al cante: fase aguda que se cursa con desorientación y cambio del color natural de la cara a rojizo.

Localizar la máquina fue tan fácil como buscar un árbol de navidad encendido en plena oscuridad; ponerla en marcha, tarea de bobos, pero lo que no encontrábamos a pesar de leer y releer varias veces la lista de discos, era el dichoso Blaquiblá. Probamos con lo más parecido, que casualmente también era de Los Bravos, aunque estaba en inglés, algo así como: Black Is Black, y aquello fue la repolla. Quedamos tan subyugados que apenas oímos la protesta de uno de los tertulianos: Ya estamos otra vez con la misma cancioncita. ¡Metérosla por los cojones!

La insuperable introducción de guitarra baja, teclados y batería, sobre los que destacaba el punteo eléctrico de la guitarra solista en un ritmo endiablado de sonidos amplificados por la electrónica y lo que siguió después con la voz metálica de su cantante, nos envolvió de tal manera y con tal fuerza que nos hizo levitar. Repetimos otro día, y otro, y otro…, sin cansarnos nunca. Era el eslabón; aquello que andábamos buscando. Por fin entendíamos el proceso, aunque siempre nos fallaron los recursos. A partir de entonces nada fue igual; la clientela de toda la vida del bar Zeluán, fue desistiendo de su local habitual de manera individualizada y progresiva: según el aguante de cada uno al número de repeticiones del Black Is Black. Desierta la plaza, fue punto de encuentro de jóvenes yeyés.

No pasó mucho tiempo –cuatro años--, cuando sorpresivamente -por inusual en la época--, fue nuestro joven profesor de historia del arte el que consagró definitivamente la música de nuestro tiempo cuando a dos años vista de la disolución de The Beatles y con la beatelmanía aposentada en el panorama musical mundial, refirió cierta influencia en la conjunción de sus voces con algunas composiciones de la música clásica. ¿Una exageración quizás? La enunciación de tal reconocimiento no era lo más importante pues el pop había entrado ya a formar parte de la historia de la música. Lo trascendental e inaudito era que tal aseveración provenía de una persona que representaba a un respetado estamento: el profesorado. Hasta entonces aquel sonido procedente del country y del rhythm & blues americanos a través del rock and roll con el que se identificó una generación nueva; distinta; la nuestra, fue catalogado de subversivo por una sociedad de mayores, con dirigentes anclados en el pasado y que no dudaron en aplicar la temible censura a fin de lograr la tranquilidad institucional académica y el mantenimiento de las buenas costumbres amenazadas por agentes melenudos portando peligrosas armas: sus guitarras eléctricas y sus canciones.

Así es como pensaban la inmensa mayoría del claustro de profesores, mientras entre el alumnado progresaba su adscripción a grupos musico-vocales, a imitación de los chicos de Liverpool. El pop con sus sencillas letras y mensajes directos, que hablaban de amistad, de amor y de paz, nos estimulaba a soñar con un mundo diferente, mejor, aunque fuera solo de una manera subliminal, sin que casi nos apercibiéramos. En todo el país bullía la fiebre de los conjuntos musicales: de un pop a la española, descafeinado, siendo Granada uno de los lugares donde proliferaron estos grupos.

Recuerdo que durante el curso de tercero de bachiller hacía furor una canción de The Beatles, el tema central de su película ¡Help!; single cuya portada con unos Beatles con indumentaria negra y mostrando un extraño lenguaje gestual de movimiento de brazos sobre fondo claro, presidía el escaparate de la tienda de discos que se ubicaba en la calle Zacatín --junto a la plaza Bib-Rambla--, a donde, a falta de referentes, peregrinábamos para estar al día de los últimos lanzamientos musicales. Por primera vez una composición de los Beatles no era patrimonio del chavea del Zaidin-City, sino de todo un colectivo que cantábamos al unísono aprovechando cualquier descanso entre clases. El pop nos había conquistado y no había vuelta atrás. Cualquier momento era bueno para contagiarnos de la frescura musical de los nuevos ritmos y de sus letras: ¡Help!, amigos míos / ¡Help!, venid a mí / ¡Help!, yo ya no puedo más / ¡Heeeeeeeeelp!... De repente y utilizando como instrumento de percusión la cajonera de la banca, inundábamos el aula de sonidos y voces con el claro mensaje, los que traspasando la entreabierta puerta se perdían hacia el patio noble: Cuando era pequeño solía decir / nunca os pediré / sacadme de aquíEntre redobles de la cajonera y forzando nuestras cambiantes --por adolescentes--, voces con progresivo calentamiento de las cuerdas vocales, chillábamos más que cantar. Ahora toda la clase era una auténtica fiesta, donde los secos golpes en la madera marcaban los rítmicos movimientos del cuerpo en especial de la cabeza intentando desmelenar los ya notables flequillos de algunos. Desde el patio otras voces contagiadas por la euforia del momento nos acompañaban en el estribillo: Por favor te pido ayúdame / necesito un amigo de verdad / Por favor repito auxíliame / y venid ¡a mí!, ¡a mí!, ¡a mí!...

Pero hubo un momento inoportuno y un profesor que siempre vigilaba. A las tres de la tarde, una hora antes que el resto de la academia, don Francisco Puertas profesor de Matemáticas del curso de cuarto intentaba diariamente congraciar el universo del álgebra con el interés de sus alumnos. Aquella enorme cabeza calva con recortado bigotito en la cara observando el patio por el cristal de la puerta del aula, enfrentada a la nuestra a través del noble espacio abierto, nos atemorizaba. Le antecedía cierta fama de mala leche. A cada instante y detrás del vidrio escudriñaba el patio cual imagen fotográfica impresa en el cristal, en una obsesiva tarea de guardián. Bastaba su amenazante mirada para que lo abandonáramos, convirtiéndose éste y durante una hora solo en un lugar de tránsito. No se nos hubiera ocurrido, ni siquiera imaginado, emitir cualquier ruido que pudiera importunar tan temprana clase con tan respetable profesor.

Tanto llegamos a acostumbrarnos a la coactiva visión que, inconscientemente, acabamos ignorándola. Así un día de forma casual y sin apenas apercibirnos que el hombre de gran cabeza impartía sus clases con la puerta abierta, alguien que tarareaba el famoso ¡Help! nos contagió al resto de alumnos --grupo de catetos entre los que nos encontrábamos Agustín y yo-- que en aquel momento ocupábamos el aula, pasando de los redobles de cajonera al grito de ¡socorro! más famoso de la historia en apenas unos segundos, y que por lo visto trascendió hasta la vecina clase: ¡Help!, amigos míos / ¡Help! venid a mí / ¡Help!, yo ya no puedo más / ¡Heeeeeeeeelp!...

De repente todos callamos ante la aparición de la siniestra silueta del cabeza buque, que se dibujaba ostentosamente en el trasluz de la puerta del aula, con cara de pocos amigos. Su vidriosa mirada nos anunciaba cierta inminente tempestad, acojonándonos: Yo os voy a dar socorro. Ir pasando de uno en uno, nos ordenó el cabreado profesor, sin entrever por sus palabras la violenta sorpresa que nos deparaba. Subido en la tarima y dibujando mentalmente una diana en nuestros respetables traseros fue haciendo plenos con su pié derecho como si chutara un balón hacia la portería, con cada uno de nosotros. Hubo quién ágilmente evitó el puntapié, pero no el golpe en la cabeza que recibió por detrás al arquear el cuerpo. De esta manera pudimos comprobar que de tres a cuatro de la tarde las patadas en el culo duelen un montón. Una vez en el otro patio y con los glúteos calientes nos preocupaba nuestro futuro: sabíamos que el ágil pateador sería nuestro profesor de matemáticas el año siguiente. Esperábamos y deseábamos que no se hubiera quedado con nuestros caretos y que aquel incidente no empañara nuestra relación con nuestro futuro enseñante del curso de cuarto.

Siempre mantuvimos un escrupuloso o, mejor dicho, un atemorizado respeto hacía aquella joya del Jurásico..., quizás le privamos conscientemente de una…, siquiera…, eventual proximidad; pero era tan difícil imaginar que alguna vez hubiera sido también joven como nosotros y…, por si acaso como prevención, ya que a corta distancia podíamos ser vulnerables a que nos siguiera pateando el culo.

A lo largo de mi adolescencia y después en mi madurez –de otra forma-- identifiqué y reconocí aquel gesto violento en numerosas ocasiones y situaciones: esa retorcida idea de hacer daño de la manera más despectiva, más humillante y siempre practicado, hasta el delirio, por las mismas personas; malas copias de aprendices de dictadores a los que, era evidente: no les gustaba los frescos soplos de libertad que llegaban con el inicio de la década, ni la ropa informal; abominaban de los libres pensantes, de los nuevos métodos de enseñanza, de las nuevas canciones, de los Beatles, de la ruidosa amistad en los patios a las tres de la tarde, de la amistad simplemente, de los gritos de ¡socorro! en inglés y en español, de los jóvenes con flequillo largo, de los jóvenes sin flequillo, de los jóvenes en general, del pop…Los cabeza buque se prodigaban por doquier, en cualquier esquina de nuestra existencia, al amparo de una juventud que aguantábamos, sin quejarnos de las injusticias, sin reclamar reparaciones; censurados hasta en nuestros pensamientos.

En este orden de cosas, ¿dónde se ubicaban los padres? Desgraciadamente aquel Sistema les colocó en la encrucijada. Aunque sufridores en algunas ocasiones, la ambivalencia en la que le situaron los acontecimientos de la década, les marcó también su lado contrario, el represor. Hay que decir que no solo los profesores estaban disconformes con el leve soplo de aire fresco que empezábamos a respirar, también los queridos padres libraban con los hijos sus particulares batallas, producto del cambio de pensamiento y de costumbres que se estaba operando en estos, ante el desconcierto y el miedo de los progenitores que comprobaban, con estupor, como en muy poco tiempo se desmoronaban años de represiva educación: la suya; ¡pobres!, no habían conocido otra. Se les rompieron los esquemas sin saber que estaba pasando. No en vano la década de los sesenta fue la del conflicto generacional. Se abrió una brecha ideológica que acabaría con la asunción por parte de los jóvenes de una nueva escala de valores contra una sociedad que entendían caduca y sin imaginación. Muchos padres lo entendieron, otros perdieron el tiempo en continuas luchas contra contubernios judeos-masónicos que se les habían colado en forma de pelos largos, minifaldas y guitarras eléctricas, hasta el propio vestíbulo de sus casas.

Pero, pese al empeño inquisidor que pusieron unos y otros, que fue mucho, aquello era imparable y ni don Francisco Puertas, ni toda una legión de pateadores de culos nos harían callar. Teníamos como aliado el pop y sus nuevas canciones. Si el ¡Help! había sonado fuerte en el patio, el nuevo himno adolescente de los Beatles, Yellow Submarine rugiendo en nuestras gargantas hicieron vibrar, por reverberación de los alaridos, hasta las viguetas de madera del techo del aula. Aún recuerdo la portada del single: un animado submarino de formas redondeadas sumergido en un iluso mar de colores.

El pop con sus coloraciones brillantes nos saturaron de optimismo y casi sin proponérnoslo contagiamos nuestra alegría a los que nos rodeaban. Así y a pesar de todo lo narrado, años después, cursando sexto de bachiller, creímos apreciar un esbozo de amable sonrisa en la boca de don Francisco Puertas, entonces nuestro profesor de Física; sólo sonrisa que ya era mucho viniendo de tan polémico personaje. Era suficiente. ¿Magia del pop?... o tal vez ilusión colectiva de querer cambiar el mundo a través del arte, de la música, de las flores, de los ilusos colores, de las canciones de amor, de las guitarras eléctricas, del pop, del rock. Por primera vez las gentes de todas partes oían la misma música, cantaban las mismas canciones y se vestían de la misma forma; si aquello no era revolución que viniera Dios y lo viera.





FranciscoMolinaGómez
(Lo descubrí más tarde. “En el Camino” (libro de cabecera de la generación beat), de Jack Kerouac, entre sus páginas, he hallado los antecedentes de aquel espíritu de la época que cambió la manera de ver el mundo de los jóvenes: su pertinaz inconformismo, su escaso apego a los bienes materiales, su vocación de desarraigo de los lugares conocidos y de la comodidad de la familia proclamando un mundo libre donde vagabundeaban por eternas carreteras hacia destinos improvisados y desconocidos; sobreviviendo con trabajos temporales, cambiando siempre de sitio repitiendo el mismo gesto en la cuneta (el del dedo pulgar extendido) para poder viajar sin apenas recursos económicos. Después una nueva experiencia en cualquier remoto lugar y el enaltecimiento de la amistad del nuevo compañero de viaje. A finales de los cincuenta y principios de los sesenta la locura beat ya había contagiado a toda una generación cuyo exponente diferencial, poco tiempo después, fue el movimiento hippie que muchos jóvenes abrazaron, y que alcanzó su fulgor y ocaso en mil novecientos sesenta y siete durante los días del Verano del Amor. Catarsis colectiva…. )