miércoles, 9 de agosto de 2017

DE LA MILI (IV): LA INSTRUCCIÓN










Equipado y preparado para la instrucción







Poco tiempo tardamos en fotografiarnos todos juntos. Y ahí estamos todos, la Doce Compañía en pleno, más de doscientas almas en cascada, ocupando el espacio escalonado de la tribuna para las paradas militares y los actos de jura de bandera; con la pose uniformada como las ropas de faena que todos vestiamos, de tela áspera de color tierra; el mismo pantalón con bolsillos bajos a los lados; la misma camisa con solapas abiertas; las mismas botas pesadas; el mismo correaje negro, dispuesto a modo de tirantes, atravesando las trabillas de los hombros y sujetos al cinturón de hebilla dorada; el mismo gorro alargado cubriendo las cabezas rapadas…; y ahí seguimos todos con la expresión uniformada en más de doscientas caras como si fuera una sola,…, donde reconozco… no sé… ¡ah, sí!: el T´ópolla, el L´óa (era de Loja), el Valenciá, el Conguito, el Extremeño…, y yo, como siempre, en uno de los bordes, sin querer significarme dentro del montón --actitud de supervivencia: una leyenda más: ¿a quién no le habían recomendado hacerse invisible entre el colectivo, como pasaporte de una mili más llevadera?--

Todos arropando a esa otra tropa, la que nos mandaba: un barrigudo teniente de complemento que en ausencia del capitán de la Compañía --éste nunca se presentó-- regía temporalmente nuestras vidas y que por las tardes --después de la siesta--, nos instruía en los secretos del funcionamiento de los mecanismos de las armas --llegamos a desmontar y montar el fusil casi con los ojos cerrados y en un plazo breve de tiempo--, y en las enseñanzas del catecismo militar, condensado en un librito que comenzaba con aquella cuestión que Pichardo, un labriego analfabeto, de facciones rudas --reclutado del lugar más remoto de la Andalucía occidental--, y el que al desatino de sus raros apellidos --Pichardo Bizcocho-- agregaba un extenso muestrario de toscas maneras de comportamiento, nunca lograba responder: A ver un voluntario; tú mismo Pichardo ponte de pie y responde: ¿cuáles son los elementos del combate?...”, le preguntaba el teniente repitiendo el mismo protocolo en todos los inicios de las clases teóricas y el que tras el acostumbrado minuto de silencio que se mascaba tensado como un arco entre los hombros encogidos y la mirada suplicante del recluta, le increpaba a voces lo de siempre: ¡¡¡Son tres: el hombre, el armamento y el terreno!!!... ¡¡¡y las letrinas que ahora mismo vas a ir a limpiar!!!... ¡¡¡cabeza de chorlito!!!...”; y avergonzado, resonando de fondo algunas risas que escondían en los que las proferían la misma inseguridad y el mismo miedo a la burla pública escenificada, Pichardo Bizcocho marchaba con los bártulos de limpieza hasta el pequeño barracón en un extremo del campamento, al que se identificaba antes de llegar por el hedor insoportable que se escapaba por sus huecos y que emanaba de los agujeros repletos de heces de las tazas turcas instaladas en unas cabinas sin puertas; abiertas al escarnio de la nula privacidad en su uso, intentando mantener el equilibrio en el aire con los pantalones bajados en patética postura de acuclillados cuerpos en un ejercicio gimnástico de doble esfuerzo: el de presión sobre el esfínter anal y el de evitar con el peso del cuerpo hacia delante el desplazamiento del centro de gravedad, y así no caer de culo hacia atrás.

Experiencia que largamente vivimos --recuerdas Agustín-- en nuestra infancia de orfanato cuando nos agachábamos con la misma turbadora postura en aquellas infames y malolientes letrinas de patio de recreo adosadas a la tapia. Junto al barracón de letrinas se hallaba el de las duchas, al que nos llevaban sólo un día a la semana, atravesando el descampado en bolas; por toda vestimenta sólo el calzado y una toalla. El agua escaseaba, así que había que circular rápido, sin pararse, mientras los chorros de agua se proyectaban por todos lados... arriba... abajo... a derecha...a izquierda... en diagonal... como si atravesáramos un túnel de lavado

En la foto colectiva que sigo observando, a la izquierda del teniente barrigudo; un sargento joven de cara angulosa, exageradamente pulcro en su uniformidad de faena y excesivamente rígido en los ademanes --como si se hubiese formado en la escuela militar prusiana de principios del siglo pasado--, mira a la cámara con un autocomplaciente gesto de dominio sobre el personal del que está acostumbrado a que cumplan inmediatamente --y sin rechistar-- sus órdenes.

Proveniente de la exigente escuela de suboficiales de el Talar de Gerona, desde el primer día de instrucción se conjuró en hacer de aquel numeroso grupo de mostrencos civiles la tropa más envidiada de todo el campamento, aunque para ello nos hiciera tragar el polvo que levantábamos en cada golpe de las pesadas botas sobre la tierra, marcando el paso con el fusil al hombro en el campo de armas, en maratonianas jornadas de instrucción, bajo un ardiente sol abrasador y una desagradable sensación de picazón por todo el cuerpo, producto del roce de la rígida tela del uniforme nuevo con la piel sudorosa.

Todas las mañanas después del desayuno, los instructores auxiliares --cabos primeros, cabos y soldados, de tropa de reemplazo destinados en la compañía-- nos ordenaban formar frente al edificio, en cuatro filas por estaturas, de menor a mayor --según el puesto ya asignado en la primera formación--, dirigiéndonos, para ello, todo tipo de amenazas; metiéndonos bulla, golpeando las puertas metálicas de las taquillas del dormitorio que sonaban a cañonazos: ¡Bichos!, a los tres últimos en formar les meto un puro que se van a cagar….; empujándonos mientras terminábamos de colocarnos los correajes y recogíamos los cetmes --fusiles de asalto a los que en aquel tiempo ya no se les proveía de bayoneta y al que, en el argot militar, referíamos como chopo--. Si los suboficiales chusqueros eran los más temidos por la tropa, éstos instructores, surgidos de la misma tropa, eran los más despreciables por su arrogancia…; me recordaban aquellos guardas del orfanato. En su actitud con los superiores sobrepasaban la obligada disciplina militar con ciertas señas del más soez servilismo:  A sus órdenes mi sargento, sin novedad en la formación.

Desde ese momento éramos la materia a moldear por el severo instructor militar de facciones angulosas y gestos duros: Con el fusil al hombro derecho, firmes, media vuelta a la derecha ¡ar!, de frente ¡ar!...; y entonces sonaba en la recia voz del emulador de oficial prusiano la cacareada letanía: ¡Un!, ¡os!, ¡er!, ¡aro!..., de la que nos saciaríamos hasta llegar a ignorarla cuando, con el tiempo, ya marcábamos el paso de forma automática, como si tuviéramos un chip programado en el cerebro, sin atender a aquellas imperativas y raras interjecciones: ¡Un!, ¡os!, ¡er!, ¡aro!; ¡un!, ¡os!, ¡er!, ¡aro!; ¡un!, ¡os!, ¡er!, ¡aro!..., pero cumpliéndolas a rajatabla. Éramos para el inflexible sargento en aquellos primeros días de instrucción carne sufridora de todo tipo de improperios y escarnios en aras a salvar su reputación de domador de reclutas: Venga mariposones que estáis agilipollados… Vamos, más brío que parecéis maricones… Con fuerza: ¡tiene que retumbar el suelo!, y yo no lo oigo…; sufriendo todo tipo de zarandeos y empellones en especial los que perdían el paso al iniciar la marcha con el pie derecho, en vez del izquierdo; los que giraban en sentido contrario al de la orden; los que marchaban encorvados, sin la marcialidad requerida; los que no mantenían la distancia reglamentaria con el compañero de delante; los que no asían correctamente el fusil; los que no movían el brazo izquierdo en sincronía con los pasos; los que se salían de sus filas, rompiendo la formación; los que se aturullaban sin atinar a rectificar el paso cambiado; y no solo en la instrucción, aquella violencia se prolongaba también a los torpes en la pista americana de ejercicios; a los azorados tiradores que se giraban a preguntar al instructor con el fusil en la mano en los ejercicios de tiro; a los que no lanzaban lejos las bombas de mano, sobrecogidos por el pánico…

Después cuando aquello empezó a parecerse a una disciplinada y hasta vistosa formación militar el sargento puso en práctica la segunda fase del plan para conseguir su ansiado objetivo: la de las arengas emotivas: ¡Vamos¡ todos a la par, que ya somos los mejores…; y nos veníamos arriba, imbuidos de una gallardía que hasta ahora no habíamos experimentado, mezcla de autocomplaciente satisfacción y de euforia de competición con las otras compañías, extrañados de haber dejado atrás, tan prontamente, la insufrible penosidad del calor, de los insultos, de los empujones, del irritante escozor del roce del uniforme, del miedo al arresto; ahora todos rectos con la mirada alta, marchando al unísono y marcando el paso con un único golpe de sonido sobre la árida tierra: ¡¿Cuál es la compañía más rápida?!... ¡¡la doce!!... ¡¿Cuál es la compañía más temida?!.. ¡¡la doce!!... ¡¿ Cómo nos llaman?!... ¡¡¡la turbo!!!...” y con la satisfacción de reconocernos en un mismo grupo al que ya se le había inoculado por efecto del prolongado internamiento y del adoctrinamiento militar cierto patriotismo que iba creciendo conforme nos acercábamos a la fecha de la jura de bandera.

Con el recluta veterano --abanderado de la unidad-- encabezando la formación portando el banderín, nos recogíamos marchando hacia la compañía, cantando con voz recia y acordes nuestra canción; aquella entresacada de la música de una película del primer cinemascope nacional de principios de los sesenta, cuya letra glosaba las peripecias amorosas de un soldado y una chica cañón del calibre ciento ochenta y tres –Margarita--, y que acababa: “… / Doce compañía / tercer batallón / si preguntas en San Fernando / te dirán que es la mejor”.



FranciscoMolinaGómez
(continuará)











miércoles, 5 de julio de 2017

CASTIGO EJEMPLAR










Verano de 1969. Un año antes de los acontecimientos, el autor del blog --tercero por la izquierda-- poso distendido con mis tres compañeros estudiantes: Agustín --segundo por la izquierda--, Miguel --cuarto por la derecha--, y Antonio --tercero por la derecha--, en la colonia marítima de Almuñécar  (Granada)  junto al avieso y retorcido guardián del orfanato: señor Cristóbal --primero por la derecha--, un taimado y marrullero personaje, que en sus orígenes fue también niño hospiciano; el culpable de los sucesos que me provocaron aquel castigo ejemplar. 



Fueron aquellos últimos años, antes de mi expulsión del orfanato, un tiempo en el que castigaron sin descanso mi natural disconformidad de tardoadolescente; ni siquiera apunto rebeldía, en todo caso lo era sólo por omisión. No soportaba especialmente en aquellos momentos los personajillos que dirigían mi existencia desde la tiranía; los que ejercían su poder desde la ignorancia consentida, y los que nos mandaban instalados en la estupidez, e hice oídos sordos a las órdenes que querían regir mi vida sin mi consentimiento, a sabiendas de que esta actitud es la que más irrita al tirano. Pero no me apercibí de que el ser abyecto ejecuta sus actos con premeditada intimidación del colectivo y, así, degradando mi condición de recién graduado en bachiller superior, se escarmentaba por parte de guardianes y director del centro a los demás internos.
A juzgar por las actitudes represivas --generalizadas hacia mi persona-- de los que me gobernaban, debí de ser un elemento muy peligroso; alguien a quién había que dar un buen escarmiento. Todavía no entiendo porqué. Lo cierto era que yo no me reconocía --ni aún me reconozco-- en esas equivocadas apreciaciones: ni era un rebelde, ni nunca lo pretendí. Era de los cuatro estudiantes el que, ante mi absoluto abandono, estaba en situación más desfavorable en caso de expulsión. También es verdad que tampoco gasté ni una caloría de energía en blindarme con mis guardianes: abominaba --y todavía lo hago-- del repugnante y baboso servilismo. No lo soporto. 

  






 La ignominiosa información –más bien desinformación-- al director del orfanato –don José Capilla-- de una malintencionada actitud de supuesta chulería por mi parte, según el avieso inquisidor señor Cristóbal, no tuvo opción a la defensa, ni apelación a la compasión de imparcial juez, a pesar de apellidarse  de primero Capilla. Aunque de todo aquel episodio hubiera algo de razón en una cosa: siempre procuraba ir a mi bola, vamos lo que se conoce como hacer la guerra aparte, no fue aquél caso.

El que procurara hacer, en la medida que pudiera, la guerra aparte tenía que ver más con la idea obsesiva de sobrevivir con dignidad que con mi proclamado desapego hacia mis guardianes. Ni siquiera la resistencia pasiva, que reconozco voluntaria contra alguno en especial, el apodado el Rana, tuvo razón de ser en aquel suceso, que derivó en un castigo ejemplar; y, así, para no perder la costumbre sufrí en propias carnes  --todavía no adivino porqué siempre llevaba todas las papeletas en aquellas suertes-- uno de los acontecimientos más injustos y denigrantes de mi tardoadolescencia en un rápido e improvisado juicio, apenas unos segundos, en la escalinata de acceso al salón de actos, en el patio junto al camión donde en aquel momento algunos compañeros –Antonio, Miguel y otros estudiantes-- cargaban los bultos con destino a la colonia marítima, que luego precisaríamos para tareas de adecentamiento necesarias a realizar aquel día en el recinto veraniego, previas a la inauguración de la temporada de verano de aquel año. Acabado el curso escolar y a fin de que no cayéramos en la holganza, nos habían preparado a los estudiantes un pormenorizado listado de labores de mantenimiento en la colonia marítima de Almuñécar. Trabajos de peonaje a cuya convocatoria --advertida el día anterior sin más detalles-- había llegado algo retrasado en la ya frenética actividad de mis compañeros cuando apenas clareaba --nos habían levantado muy temprano-- aquel día de vacaciones de principios de verano de mil novecientos setenta...; momento fugaz  que tengo grabado en la memoria, al igual que aquellos gestos --unos hostiles y otros en interrogante-- de los intervinientes...; las partes de aquel injusto acto.               

Todavía me subleva la marrullera intención que descubrí nada más llegar al lugar de la convocatoria en la mirada del señor Cristóbal --el fiscal acusador-- que barruntaba tormenta; la que desató a continuación sobre mí, el director-administrador. ¿Qué le había contado?; no lo supe –aunque algo oí después--, pero puedo adivinar, casi sin equivocarme, el perverso énfasis, aprovechando mi despiste, en su respuesta a la extrañeza de don José Capilla de que no estuviera allí: ¡A pesar de que le he avisado, no ha querido venir!... ¡éste tío nunca hace caso; siempre hace  lo que le sale de los cojones!

Siempre constaté que el más tortuoso –a veces también perverso-- vigilante que nos podían endosar a los internos, era un guardián hospiciano. Chico de la casa, aún de mayor no había resuelto su conflicto interno de niño expósito del orfanato, al que se vinculó patológicamente y con el que todavía no había cortado el cordón umbilical afectivo: teníamos permanentemente el enemigo dentro. Desde hacía un tiempo venía recelando de él, por parecerme persona taimada. En aquel momento disimulaba la autoría de su infamia, pidiendo más bulla en las faenas de la carga del camión.  

Ahora los que me escrutaban de cerca, sin compasión, eran unos ojos pequeños y vivos que acentuaban el rictus de seriedad permanente que él --don José Capilla-- siempre forzaba; atento a su mentón entrante que profería a   su boca  una   expresión   característica    --consecuencia   de  unos  labios delgados-- que dominaba a todas sus facciones: bastaba verla para adivinar lo que me iba a decir;  nada bueno.  

Referir que mudábamos el color del semblante nada más ver al administrador, es quedarse corto, si además te miraba con cara de perro, era para echarse a temblar.  No me preguntó nada una vez delante de él --si podía evitarlo jamás se rebajaba a hablar con nosotros--, adivinando en  la adustez de su singular gesto su poca amistosa intención: la agria bronca que de repente, sin muchos aspavientos --era extremadamente inexpresivo sin despojarse nunca de la formalidad de la que creía estar investido-- me sobrevino con retahílas de falsas suposiciones, descalificaciones, y otras lindezas con las que me obsequió casi de sopetón, sin entender muy bien sus motivos, cuya gravedad no justificaba el pequeño retraso --no intencional--, que, entre los insultos, intenté esclarecer: Me estaba aseando; nadie me había dicho...; cortando mis explicaciones con cajas destempladas,  forzando un tenso silencio en el que sólo se percibían los golpes de los materiales al caer sobre el suelo de  la caja del camión y las órdenes del guardián hospiciano. Eran los sonidos del miedo instalados en el cuerpo de mis compañeros, porqué yo el mío ya me lo notaba y aquel juez severo e inflexible dictó inmediata sentencia; como siempre una ejemplar para que los demás tomaran nota.

Del silencio y la ausencia de complicidad de mis compañeros  --¿cómo a nadie se le ocurrió avisarme de mi despiste?, si se puede llamar despiste a hacer lo que cotidianamente hacía nada más levantarme: asearme-- no me extrañé… también de su falta de compañerismo. Entendía perfectamente que nadie de ellos  me defendiera. Éramos esclavos del miedo y, seguramente, yo hubiera hecho lo mismo. Antonio y Miguel me miraban con el alivio de no estar en mi pellejo y alguno de los otros con el disimulado agrado  de que el pellejo fuera el mío, los había ¡muy lacayos!

Así había sido siempre. Navegábamos en el mismo barco, pero cada uno con el salvavidas puesto; y ¿el que no tuviera?... ¡ah!... como en el Titanic: ¡Sálvese el que pueda!... ¿y los músicos?... ¡no!; ¡los músicos, seguid tocando!...; pero treinta y dos años después: ¡oh!, ¡sorpresa!... la carta con la invitación para el reencuentro de antiguos internos adjuntaba un recorte de prensa local con una extraña  sinopsis de quienes fuimos, en cuya exaltada hermandad no me reconocía; tampoco el lugar ni la época:  “Sus compañeros son su únicos hermanos” / “El amor lo recibían de las monjas y de sus compañeros” / “Lo poco que tenían lo compartían entre todos” / “Cuando alguien se marchaban, todos iban a la portería a despedirle”…; ¿qué “privilegiado” acogido en el orfanato había informado al periódico?; ¿creería realmente sus afirmaciones?…; desde entonces vivo en una duda: ¿puede ser que yo nunca hubiera estado en aquel orfanato y ahora esté recordando mi infancia y adolescencia, evocando un lugar que no me corresponde?

Y se me condenó durante un día al entonces más vilipendiado y despreciado de los oficios: recoger la basura del orfanato, mientras el resto de lo que en su día fue un grupo y otros estudiantes, como improvisado público de aquel juicio se marcharon todos, por un día, a Almuñécar junto con el administrador y el avieso empleado. Tengo que reconocer que se me proporcionó un estupendo carro de mano para tan vilipendiada misión y que, además del uso propio del que pretendían mis castigadores, yo empleé, a ratos, como soporte elevado para sentarme a descansar  frente  a  la  patera –estanque de agua--,  escondido  entre  el  follaje de los jardines de la entrada al orfanato. Pena de degradación que se prolongó  durante las horas de una jornada laboral. 

Suspiré aliviado cuando comprobé que el celador de guardia aquella mañana no era el Rana, pero tampoco me alegré mucho cuando vi aparecer por la esquina del pabellón al señor López. Tan nefasta era en nuestras vidas  la perversidad de aquél, como la vileza de éste. Incorporado a las tareas de vigilancia, ya algo mayor, mostraba en una eterna expresión de cansancio su hartazgo de tener que aguantarnos, como lo había hecho con la “bellaca” clientela en sus  muchos años de dependiente de tienda, sin que durante ese tiempo fuese capaz de desprenderse del servilismo, producto del miedo al jefe. El administrador me había dejado con un leal custodio.

Yo le esperaba ya con el carrito. Caminó hacia mí, como siempre, escorado a un lado pues tenía cierta dificultad al andar y me dejó muy claro que no iba a jugarse su plaza de vigilante por hacerme un favor: Me ha dicho don José Capilla que te vigile de cerca…, y como comprenderás, no quiero problemas…, así que conforme vas llenando el carro y antes de llevarlo al vertedero te pasas por aquí que yo lo vea; ¡y que te vean todos!… Estaba claro que aquel era un castigo para herirme en la humillación…, pero nos habían herido tanto que ya estábamos vacunados.

Salvo la zona de jardines con abundante broza y hojas secas, el resto del recinto presentaba un estado de limpieza aceptable, habida cuenta de que en aquel lugar, apartado de los circuitos del vacuo consumo --todo servía--, nada se tiraba, así que decidí hacer una somera limpieza de los jardines del destete, llenando el carro de retama seca como primera muestra a presentar  --carrito en mano ante la mirada atónita de los internos que no entendían el voluntario ejercicio-- a mi eficaz guardián, dándome el visto bueno, con la pertinente anotación en un papel, a aquella primera vez y después a la segunda --no sé porqué establecí un lapso de una hora entre muestras--;  pero no a la tercera: Ésta es la misma basura... ¡a mi no me engañas!...; razón que le negué aunque la llevara; efectivamente era la misma del primer carro: ¡No ves que es basura vegeta!, y como bien sabes todas las plantas se parecen!; y que no coló: seguro que la anotó con algún arterisco: ¡No, no!... quiero ver basura variada;  y hete aquí que me tuve que aplicar en la sinrazón de la razón: para proveerme de la basura deseada iba a la escombrera vertedero de residuos  que había donde estaban los eucaliptos, en la zona del lavadero, donde cargaba una muestra diversa de lo que se depositaba allí: papel, cartón, latas,   ascuas apagadas de carbón… que presentaba al agrado del señor López, para después volver absurdamente a depositarlas en su lugar de procedencia, en donde las iba apartando por lotes para no repetirla.

Y entre muestra y muestra un merecido descanso sentado en el carrito aparcado en los jardines de la Patera; reflexionando, quizás, en mi buena suerte de que el castigo no hubiera sido más excesivo… o poniendo en duda el convencimiento de que alguna vez,  tarde o temprano, se acabarían aquellas continuas ignominias… o prometiendo a mi mancillada justicia, más que a mi herido ego, repararla cuando lo narrara alguna vez…, no sé…; y entre reflexión y reflexión, iba superando los controles, hasta llegar a  la última prueba   superada  en  presencia  del  relevo:  a  la  tarde  se  hacía  cargo del gobierno del pabellón el señor Manuel, más conocido entre nosotros como Manolillo. Ahora si que suspiré desahogadamente.  

No creo que el señor Manuel se enterara mucho de aquella historia que me vinculaba al carrito de mano y que le contaba el señor López, y mucho menos de la advertencia de que se aplicara con severidad hacia mi persona como mandato del jefe supremo… no, no creo; era tal la confusión que el alcohol --del que su dependencia era patológica-- le provocaba en la mente, que más que vigilarnos  a nosotros, teníamos que hacer lo contrario: vigilarle a él.  Además de esta nefasta adición, añadía a su mermada autoridad el complejo de inferioridad en sus carencias intelectuales que mostraba cuando trataba con nosotros: los estudiantes.

Último en incorporarse a aquel ¡¡¡especializado!!! plantel de cuidadores de adolescentes; ya en la cincuentena, algo marginado por el resto de celadores, necesitaba constantemente hablar con alguien, confesarse al oído de quién quisiéramos escucharle, aunque en esa distancia corta nos tirara para atrás el fuerte olor de la resaca de alcohol de todo tipo que profería su boca. Nos producía cierto desconcierto aquel insinuado desvalimiento, sobre todo viniendo de un vigilante, y que en nuestra necesidad de desahogar tanta afrenta del colectivo al que representaba, derivaba en comedido recochineo hacia él… intentando no herirle; siempre con imaginación.

No teníamos especiales cuitas entre nosotros dos, así que sin más protocolos, considerándome más un compañero de fatigas que un subordinado en aquel momento, se sentó conmigo al borde delantero del carro --donde la rueda-- para no volcarlo y empezó a largar todo aquello que la razón trastocada por la química del alcohol barato no controla, mientras fumaba un cigarrillo detrás de otro, sin parar. El tabaco negro hizo aún más explosivo el olor de la voz. Me habló mucho de su padre, un antiguo empleado administrativo del centro,  ya jubilado, que medió para su incorporación a la plantilla de celadores del orfanato; un tal Pablo Rodríguez de oscuro pasado por su militancia falangista en episodios cruentos en Granada durante la guerra civil. De pequeños lo distinguíamos perfectamente en la lejanía algunas mañanas, cerca de la oficina del centro, por su complexión fuerte y su elevada estatura no usual en la época: ¡Mira!, aquél es Pablo, ¡el falangista!, dicen que durante la guerra…?  Alguien fuera de aquel recinto y que conocía la historia me contó alguna vez que era muy conocida en Granada su estampa de implacable vengador de larga barba, mientras paseaba  exhibiendo su crueldad montado a caballo, por las calles de la ciudad. ¿Cuáles eran aquellos callados temores?... desconozco la historia… Y de aquellos servicios, estas recompensas laborales.

La diputación de Granada –nuestra mentora-- era un nido de falangistas. Y ahora el hijo del más temido, me revelaba su cara más vulnerable: la defensa de lo indefendible, justificando a su padre negando las oscuras leyendas… al igual que negaba torpemente la suya: pude descubrir en las negras sombras de la mirada de unos brillantes ojos pequeños la severa disciplina del padre autoritario y dictador, el culpable de su desvarío hacia el pozo del alcohol al que se estaba llevando consigo --no para olvidarlas sino para borrarlas definitivamente-- su desgraciada infancia, su reprimida adolescencia, y hasta el vacío de adulto que sentía;  y al final en su deriva sólo pedía un poco de atención, aunque fuera la de un desahuciado  del  Sistema,  al  que  se  le  había  confiado  en custodia; la que relajó sin entender muy bien las razones de por qué otros de los suyos se empeñaban en que limpiara todo aquello…, me consideraba buena gente. 

En confusa razón, todavía, y antes que su atrevimiento quedara paralizado por el bajón de la euforia que antecede al sopor después del exceso, y, seguramente, para agradecer mi paciencia y el tiempo que le había dedicado, fue anotando por anticipado en el papel que le entregara el señor López todos los controles de la tarde, con sus horarios correspondientes, que le fui dictando. Sonrió --su perfecta dentadura postiza destacaba sobremanera sobre la oscura tez-- con la complicidad del niño  trasgresor y después se quedó un rato en silencio, insondable, mirando de perfil hacia el infinito --el que quedó perfectamente indicado en la dirección que apuntaba su notable nariz aguileña--, del que le hice volver, correspondiendo a su franqueza con una sorprendente revelación por mi parte: No te lo podrás creer señor Manuel, pero después de todo un día al lado de este carrito de mano he acabado cogiéndole afecto; ¡vamos!, que lo siento como si fuera algo mío; franqueza que le sorprendía ya en las brumas silenciosas de la modorra que prosiguió a su febril verborrea, y de la que le desperté momentáneamente  con mi segunda coña marinera: Me gustaría tenerlo toda la vida, ¿no habría alguna forma de que me lo pueda quedar?, provocándole un último segundo de cordura: ¡Ni se te ocurra!, ¡entrégalo!, ya se hace tarde, antes de recogerse en la pequeña habitación de descanso para celadores, a dormir la mona, mientras los internos asistían  a las  clases de verano.

Ni que decir tiene que inmediatamente dejé el dichoso carrito de mano  y demás útiles de limpieza en el lugar donde los cogí. El último chirriar de su rueda antes de pararse me recordó el gemido lastimero de un animal: ¿me habría tomado cariño, de verdad, aquel artefacto y no quería que le abandonara?  Libre de condena, me perdí en mis divagaciones el resto de la tarde.

Cuando a la noche me reintegré con mis compañeros a su vuelta de Almuñécar, ni me preguntaron, ni yo les conté.



FranciscoMolinaGómez               

sábado, 10 de junio de 2017

DESDE LA HONESTIDAD













2000. Gerencia de Infraestructuras para la Administración Pública. Los pioneros de esa Gerencia en una de las primeras celebraciones. En aquellos primeros tiempos éramos como una familia. El primero por la derecha el autor del blog; como siempre diluyéndome en los bordes, casi desapareciendo de la foto, mientras otros ocupan el centro, el lugar importante. Me contaron de pequeño haciendo alusión a una parábola evangélica (Lucas 14:10): Cuando seas invitado a una fiesta, ve y siéntate en el último lugar; para que cuando venga el que te invitó, diga: "Amigo, sube más arriba".


Diecisiete años después, recién jubilado, he constatado con sorpresa que sigo en la misma prudente situación, a pesar de hacer méritos suficientes para que me invitaran a subir de posición
. Este último asunto ha sido la clave de mi discurso de despedida. Ese discurso llevaba como título: Desde la honestidad, y como subtitulo: Se ha de ser siempre honesto con los que te rodean, pero por encima de todo se ha de serlo con uno mismo.









(Discurso de despedida leído en el transcurso del ágape con el que invité a todos mis compañeros)


Comienzo esta breve disertación de despedida con los dos primeros versos de un poema: ¿Quién hablará de nosotros / cuando nos hayamos ido?

¡Hay que ver!, cómo son de necesarios en la vida los poetas, eh! Al menos en la mía. Allí donde los filósofos sólo dejan el desasosiego en la incertidumbre de sus preguntas sin respuesta, el poeta lo alivia escudriñando el alma.

Qué derroche de sentimientos y emociones con tan pocas palabras. ¿Quién hablará de nosotros / cuando nos hayamos ido? Capacidad envidiable de extraer la esencia del lenguaje. Con estas dos frases quedaría completo mi discurso y no haría falta hablar más. Sólo despedirme. Pero no tengo --no tenemos-- la sensibilidad del poeta, sólo me apropio --nos apropiamos-- de su genialidad. Él seguramente alude a una huida más trascendente, yo lo hago más torpemente a algo más local, más de andar por casa.

Quién hablará de nosotros, evoca ya el mundo del pasado, que es lo que somos en el presente, lo que es nuestra vida ahora; nada más ni nada menos que el bagaje de recuerdos de todo lo vivido hasta el momento... en eso estoy ahora... esa película que en estos últimos días he empezado a rebobinar.

Cuando nos hayamos ido,
refiere los ciclos de la vida; algo que nos es tan familiar: las etapas que vamos quemando con el paso del tiempo. ¡Ay, el paso del tiempo!; Eso tan difícil de saber que es. Recuerdo que en la infancia de orfanato, cuando mi imaginación empleaba la mayor parte de ese tiempo en fabular los sueños por conquistar, el mismo transcurría muy lento; después en la adolescencia seguía igual, impregnado ahora de cierta desazón por acortar plazos de espera; por ir rápido. Pero los seres humanos somos de naturaleza inconformista y no tardé en la madurez, una vez de lleno en la turbulencia de la rueda de la vida, con muchas cargas ya: las familiares de pareja con hijos, las profesionales, y las de formación personal e intelectual pendientes, aplazadas por circunstancias adversas de la vida; en sentir la aceleración de ese tiempo, hasta llegar, en plena madurez, a su vorágine: Tengo la sensación de que el tiempo ha pasado muy rápido, me confesaba recientemente un conocido, acabado de prejubilar.

Más que una confesión, era como una queja, apreciando en su perceptible lamento cierta insatisfacción de la vida. Y no era para menos: este conocido había equivocado las prioridades en su existencia. Había apostado por el ascenso rápido tanto en su vida particular como en la empresa, medrando y trepando en ésta, aunque fuera a costa del nulo interés por las personas que le rodeaban. Ahora, en la ausencia de amigos, tenía la sensación de haber perdido el tiempo. Sólo acerté a decirle que el tiempo no es ni más lento cuando somos jóvenes, ni más rápido después --éste transcurre siempre igual--, y que es nuestras torpeza el que lo pierde en asuntos fútiles en vez de amortizarlo en lo importante.

Estos tipos se prodigan en todos los tiempos y lugares; en la vida personal y en la laboral. En esta última los he conocido y padecido durante toda mi actividad profesional, y como no también en esta Gerencia. Suelen actuar en solitario o conformando grupo. La secuencia ha sido siempre la misma: tres, cuatro o cinco... qué sé yo cuántos... se apoderan de cualquier Organismo, lo parasitan, pisan a los demás para que no le hagan sombra mientras ellos se promocionan y se reparten recompensas. Crean sus propias reglas de juego. Es curioso, cuando de trata de promocionar ellos la selección debe ser por vía interna, al contrario de cuando se trata de promocionar a los demás en cuyos supuestos son más sabios y están mejor preparados la gente de fuera.

Son fácilmente reconocibles, o al menos a mí me lo parece por las señas que esgrimen.: En su relación con los subordinados muestran cierta prepotencia, rayana la mala educación; no apuestan por la resolución de los asuntos, están más en descubrir el error en la gestión de los otros para así --creen-- ganar puntos a futuro; consumen la mayor parte de su jornada laboral, rodeados de relaciones escalafonales, noticias de decesos, chismes y otras martingalas, para confeccionar un planing de sucesivos y graduales ascensos en el tiempo, incluso estudian su camino crítico con medidas de rectificación si viniera el caso; suelen ser iletrados en formación reglada universitaria, aunque lo ocultan empapelando la pared del despacho de infinitud de certificados de irrelevantes cursillos de todo tipo que, en su día a día profesional, tienen el mismo valor que si los hubiese firmado un niño de jardín de infancia; son muy cortos en el elogio si acaso alguna vez lo hicieren, y desmesuradamente largos y punzantes en la crítica... pero sobre todo, lo que es más lamentable, es que allí donde van no hacen amigos, o en el peor de los casos lo contrario.

No les profeso ninguna animadversión, al contrario cierto sentimiento de conmiseración. Ellos que creen perdonarnos la vida de forma habitual, no se dan cuenta que es nuestra nobleza, la de eternos remeros --los que en realidad hacen mover el barco-- la que si lo hace generosamente hacia ellos. En el fondo son sólo pobres diablos que cuando les llega su hora, cuando les quitan el "juguete" con el que se han regodeado tanto tiempo, se dan cuenta de que su balance existencial es muy pobre, y de que van a recoger poco porque han sembrado poco; incluso los conocidos les retiran sus afectos, como le ha ocurrido al conocido prejubilado. ¡Qué pena!, se les ha pasado el tiempo y ya no hay vuelta atrás. No lo han amortizado en lo impostante como he dicho anteriormente.

Yo os confieso que si lo he aprovechado. Mis balances: Familiar con una mujer e hijos extraordinarios; el de crecimiento personal consiguiendo aunque con mucho esfuerzo, trabajo y tesón los sueños fabulados de pequeño; y de relaciones humanas allí donde estuviere; han sido plenamente satisfactorios, aunque en el otro balance: el laboral dijéramos "institucional" no me haya sentido valorado. En el derecho --.recalco lo de derecho-- a la promoción estoy al igual, después de tanto tiempo, que en el inicio. Es como si todo este tiempo hubiese volado en círculo, seguramente alguién ha estado saboteando mi piloto automático. Es sorprendentemente paradójico: cuanto más crecía en lo personal y en capacidad de trabajo, más me han congelado en lo laboral; incomprensible. Pero esto último tiene poca importancia pues como he subrayado a través de estos párrafos lo importante, lo digo sinceramente, es el factor humano. De ahí que he pretendido que la convocatoria de mi despedida sea ésta: simplemente una reunión de amigos y compañeros; en definitiva sólo de personas. Cuán grato es comprobar vuestra asistencia a mi llamamiento; sentirme arropado, y por tanto querido... afectividad sincera que noto en vosotros... esas cosas no se pueden disimular. Se han creado lazo difíciles de desanudar a lo largo de estos diecisiete años en la Gerencia, en cuyos momentos iniciales me impliqué, siendo para mí desde el primer día hasta hoy un proyecto nuevo ilusionante. Aún ahora en estos instantes de despedida así lo siento.

Es por ello que me voy contento, tranquilo, relajado, feliz... feliz de haber llegado hasta aquí, que no es poco... feliz por haber crecido personalmente hasta donde quise llegar siempre... por haber conocido a muchas personas de las que he ido aprendiendo cosas, y con bastante de las cuales aún mantengo comunicación..., por ser un privilegiado de poder trabajar en lo que realmente me ha gustado...



Mayo 2017. Mesas preparadas para el ágape de despedida. A las pocas horas quedó sólo el mantel. Por cierto para que destaquen sobremanera los alimentos, os aconsejo en vuestras invitaciones poner mantel negro. Es de gran efectividad, aunque lo importante es invitar con productos de calidad, y ser generosos.


Y ahora estamos en la fiesta de mi convocatoria de despedida; es la hora de los reconocimientos, de las felicitaciones, de los brindis... ¡porqué no!, también de los cánticos..., en definitiva de los buenos deseos para una nueva etapa, presumiblemente más tranquila. Pero queridos amigos y compañeros todos sabemos que las fiestas no son eternas: cuando se apaguen las luces de esta sala, se agoten los brindis, cuando acallen los cánticos... percibiré ciertamente esa soledad que nos embarga a los seres humanos en los momentos de cambio trascendentes, y surgirá pegado a mí, como siempre me ha sucedido en estos casos mi otro yo, el que es menos sentimental y más práctico...; de hecho ya lo estoy oyendo: Oye majete, déjate de discursitos, coge el regalo, despídete y marcha a casa; pero me resito... aunque presiente ya el final querré prorrogar las últimas horas concediéndome algo de tiempo para hacer la transición: es complicado cortar de golpe y porrazo el cordón umbilical que me une a cuarenta y cinco años de frenética actividad...; y consciente de que este ciclo se agota me tomaré aún el poco tiempo que reste.

Degustaré tranquilamente un café en algún bar próximo. Después subiré al despacho por última vez para sentarme en la silla de siempre y quedar observando el patio que ha sido un referente durante estos años de altos decibelios de colegiales, y que a esas horas de la tarde, y al término de la jornada escolar, empezará a llenarse de niños y jóvenes para salir del colegio con destino a sus casas. Para ellos un punto y seguido; para mí un punto y aparte. De mi ensimismamiento me despertará esa voz metálica, que he oído tantas veces, amplificada por un altavoz, del cuidador que llama a embarque de rutas: Primer aviso, ruta uno... aún queda tiempo; sé que hará hasta tres llamadas de ruta, con tres avisos en cada una... hasta el último: ¡Mucha atención!, tercer y último aviso para ruta tres; y a esa tercera llamada --nunca debiéramos excedernos del tercer toque, suele ser peligroso-- me daré por aludido. Entonces mi vida se parará unos segundos, los suficientes para hacer un fugaz visionado, como a cámara rápida, de las secuencias de la película de una parte de mi vida que ya ha sido grabada con destino, seguramente, a algún almacén o recoveco de la memoria. Me levantaré de la silla que habrá empezado a serme extraña, y me retiraré definitivamente a casa con vuestro regalo; momento en el que me apercibiré de un  grato descubrimiento: que aquél no es el regalo..., que el auténtico regalo es haberos conocido y tratado, y que ya forméis parte de mi vida, aunque a partir de mañana lo sea en clave de recuerdos.

Por ello esto no es una despedida, sino un "hasta siempre".

Mayo 2017. Regalo de despedida: caja de pinturas al óleo. Siempre quise tener una caja de pinturas como ésta. Retomar la pintura al óleo después de muchos años va a ser una nueva aventura. Gracias amigos y compañeros




FranciscoMolinaGómez
(Pocos días después de mi despedida volví a mi lugar de trabajo a firmar algunos documentos referentes a mi jubilación. Fui recibido cariñosamente por mis compañeros solicitándome algunos una copia del discurso a raíz de la mella que el mismo había producido en cierto elemento de los que dibujé en mi discurso, y que aún pervive allí. Les dije que no era necesario, que hicieran el suyo propio, y que no desperdiciaran  los únicos cinco minutos que te dan para que seas honesto con los demás, pero sobre todo con uno mismo, porque de no hacerlo así al día siguiente ya no podrán lamentarse de no haber dicho aquello que siempre quisieron decir y nunca  le dejaron)





   

    

viernes, 5 de mayo de 2017

LA PASMA NO DUERME (I): KAMIKAZE











En ocasiones nos sobrepasan los acontecimientos, y cuando queremos darnos cuenta ya es tarde, para entonces estamos en caída libre hacia el abismo











Kamikaze. Con aquel apelativo le bautizaron sus compañeros en su primera actuación como policía novato. ¡Y tan novato!, recién llegado al cuerpo de la policía y a aquel destino, directamente del pueblo. Pasó bruscamente del seguro silencio de la oscuridad rural al peligroso murmullo de la noche de la gran ciudad.

Sensación que aunque percibiendo hosca, ceñuda y amenazadora no le amilanó; al contrario le provocaba cierto atrevimiento, rayano la temeridad, en la necesidad de percibir la adrenalina bullendo dentro de su joven cuerpo enfrentando situaciones extremas, con las que se sentía atraído, y a las que voluntariamente se expuso ya desde muy pequeño, en continuo tormento para la madre. Le fascinaba aquel despertar intenso de los sentidos frente al peligro.

Aún recordaba su primer contacto con ese deseado mundo, al que se dirigía convencido:  plagado en su imaginación de asuntos peligrosos, en lucha  constante contra los malos de la sociedad a los que pensaba, ya desde aquel primer momento, no darles cuartel hasta verlos entre rejas, y con el que había soñado mucho tiempo atrás. Aún tenía reciente la sorpresa en su encuentro con los desvencijados locales de la comisaría de policía, en el entresuelo de un viejo edificio del barrio más antiguo de aquella ciudad marítima, en donde a la noche le esperaban: ¡Qué es esto!, exclamó alarmado por el estado de degradación de las dependencias policiales.

Se identificó con su reciente y pulida placa insignia al guardia de la entrada. Éste le redirigió hasta el despacho del comisario de noche, al que al principio apenas pudo ver bien, envuelta la cara en una viciada mezcla de aire contaminado con humo de tabaco de un extraño olor dulzón. En la pausa de la adición durante la conversación de presentación de ambos, el humo empezó a desvanecerse entre volutas que ascendían al ennegrecido y alto techo, dejando al descubierto unas curtidas facciones de profundos surcos en la cara del comisario, que, como huellas delatoras, le habían marcado cada uno de aquellos espantosos casos que difícilmente había tenido que digerir en la profundidad de sus vísceras y en lo más intrincado de su mente hasta hacerse insensible al espanto. Secuencias continuas de una vida de actividad profesional, próxima a la jubilación, en contacto con la perversión de las conductas a las que conduce la miseria humana.

Ahora una pátina endurecida de insensibilidad cubría su expresión, la que mostraba sólo hastío y cansancio: Ya están aquí tus compañeros, le dijo con cierta bulla don Ricardo, su superior ahora, identificando en la escucha de algún ruido acostumbrado la llegada de estos. Recogió con desatada ansia la pipa de fumar que había dejado encima de su mesa mientras hablaban; prendió de nuevo el tabaco, ceremoniosamente prensado,  con una larga cerilla; y sin dejar de observar aquella insolente cara joven enfrente que retaba su degradada y acartonada piel, se acercó la cachimba a la boca con acusado gesto de melancolía: la del recuerdo mucho tiempo atrás, cuando ingresó en el cuerpo con la misma juventud que su interlocutor, y, seguramente, con las mismas ganas de pelear contra la canalla, que le mostraba el joven policía.

Expelió al ya cargado ambiente de la rancia habitación otra andanada de denso humo de tabaco oloroso a través de la bocacha de madera oscura, que como una chimenea no cesaba ahora en su función de la quema de tabaco haciendo de nuevo casi invisible su cara, cuando, tras un golpe seco de señal en la puerta, entró el inspector jefe del grupo de noche. Aprovechó entonces el comisario para presentarle al nuevo: Gerardo --era el único que no le llamaba por el apodo del Tuerto-- te he agregado un nuevo miembro al grupo, le decía con su característica voz grave y algo ronca, mientras le inquiría su nombre al pueblerino: ¿Me has dicho que te llamas?..., para después edulcorar los oídos de su subordinado más inmediato: Te dejo con el mejor maestro; despidiéndose de él en el relevo de la responsabilidad del servicio: Estoy en el sitio de siempre; ese disimulado lugar del que el Tuerto sabía no había que molestarle a no ser por algún asunto grave muy urgente.

Hola, bienvenido!, llámame Tuerto, se presentaba el jefe del grupo al mando ahora de la brigadilla de noctámbulos, a cuyos otros integrantes que entraban con cierto alboroto en ese momento conoció el nuevo en sus señas más irrelevantes, e inmediatamente exaltadas con cierto recochineo por el Tuerto: Este es Sevillano, como ves guaperas, alto y un experto en chorbas, en especial mulatas; este otro es Amancio, un seductor de arrabal, vamos la encarnación de Carlos Gardel; aquí Luis que, aunque tiene un aspecto de cura confesor ¡que te cagas!, es un neto follador, a lo mejor por eso; este es Jesús, el más normal de todos pero tiene un puto defecto: nos suelo desvalijar la cartera a todos en las timbas. A cada una de las presentaciones sus compañeros le hicieron sus acostumbradas contrarréplicas, también en clave de humor, que siempre acababan con el Tuerto haciendo aquella desagradable mueca del ojo derecho girándolo dentro de la cuenca, haciendo desaparecer la pupila hasta dejarlo en blanco; a la vez que le daban la bienvenida al nuevo compañero con un apretón de manos. 

Soy Salvador, dijo el nuevo presentándose después de relajar el gesto de repelús en su cara al ver voltear el ojo de su ahora jefe: ¡Encantado de conoceros! Después hablaron entre los veteranos si esperaban a Mora, el otro policía del servicio de noche que faltaba y que hacía la guerra aparte, o iban en su busca. No le revelaron al nuevo de momento el secreto de aquel último compañero: era una especie de policía bujarrón, y salieron del viejo edificio a salvar de las fuerzas del mal a los habitantes de aquella parte vieja de la ciudad.

Por el inicio de la rambla arbolada, calle abajo hacia el puerto iban los cinco veteranos hablando amigablemente entre ellos, distendidos aunque ojo avizor, aleccionando en su primera clase práctica al novato que, arropado por éstos, no hablaba; sólo escuchaba intentando captar rápidamente de entre aquella marabunta de gente que transitaba el popular bulevar, las actitudes escamadas y los gestos sospechosos que estos le advertían, a fin de que aprendiera a discernir los comportamientos del hampa desde el primer día.

Abandonaron la amplia calle en el límite bajo del distrito que quedaba señalizado por la ecléctica fachada del gran teatro de la ciudad que relucía de luces hacia la rambla, engalanada con sus viejos ropajes historicistas de arcos, pilastras y columnillas de antigua gloria de liceo de ópera; la que enseñoreaba todavía; y se introdujeron en el intrincado laberinto de tortuosas calles, algunas tan estrechas que se podía hablar desde los balcones de las casas enfrentadas. Al nuevo la noche le pareció aún más sórdida en aquellos ambientes semioscuros después de dejar el ancho bulevar, y no tardó en comprobarlo cuando de improviso oyó un grito ronco: ¡Agua va!,  que le sobresaltó, seguido de inmediato por un ruido secó detrás, como de lanzamiento de algún liquido desde arriba: Ya nos han mordido, dijo el Tuerto, sin darle mayor importancia. Ahora toda la calle sabía que por allí andaba la pasma de ronda, y seguramente habían contado uno más que de costumbre.

El silencio de las solitarias calles recorridas por el grupo; contrastaba, ahora, con la movida actividad de tránsito de personas en el cruce de las dos calles más conocidas y nombradas de aquella parte del distrito: la zona que tenía más densidad de viviendas antiguas, entre cuyas paredes no habitaban ya cuerpos de personas sino su seña más visible: la miseria fisiológica que había anidado profundamente en ellos. Eran los excluidos: habitantes inexistentes para los del otro lado de la popular plaza, que en el límite de la parte alta de la demarcación policial, era destino obligado de visitantes que se fotografiaban envueltos en los plumones, como manchas blancuzcas y grises, de innumerables palomas urbanas encaramadas hasta sus brazos en cruz, con las manos abiertas ofreciéndoles semillas de grano que se vendían en pequeños tenderetes. Borde que, en profundo contraste, indicaba el inicio de uno de los distritos más señoriales de la ciudad.

Encrucijada de las dos calles que era punto de encuentro de putas, chaperos, peras, chulos, bujarrones, camellos..., y visitantes varios apremiados por sus malandanzas, adiciones orgánicas, desahogos de bragueta, y otras urgencias innombrables para la cursilería del otro lado de la plaza.

El bar de camareras de una de las esquinas del cruce, lucía con tenues y macilentas luces de colores, como acostumbraba al paso de la brigadilla de noche por su puerta de cristal, desde la que el Tuerto y los otros cuatro veteranos reconocieron, entre algunos clientes dispersos la figura de Mora, su compañero, en el rincón habitual. Al fondo de la barra, en el encuentro con la pared, Mora con la misma apostura que daba en la imagen cinematográfica un joven Robert Mitchum --a quién se parecía bastante-- en su papel de detective barato de bajos fondos de suburbio, y con la misma sonrisa impostada de aquél en el dominio de la situación y el mismo mechón de pelo del galán del cine americano cayéndole por la frente, en ese momento le hacía una confidencia al oído de la chica que destacaba sobremanera --inclinada hacia él desde dentro del mostrador-- por su altura: una chorba diez venezolana de una leonina melena cobriza que estrujaba contra su cabeza, con las caras muy juntas.

Ella le miraba embelesada con unos grandes ojos claros de gata, proyectando su sumisión en el parpadeo ostensible e irreprimible de unas largas pestañas negras, ante la insistente mirada fija de ojos saltones del policía; su protector. Sin querer romper la tensión del momento íntimo con la chica, Mora solo giró levemente la cabeza hacia la entrada en donde ya había escuchado los familiares saludos de sus compañeros.

Amancio carraspeó aclarándose la garganta como de costumbre cada vez que se arrancaba con voz grave por Gardel: Barrio plateado por la luna / rumores de milonga / es toda tu fortuna /... Primeros sones que eran suficiente reclamo de la camarera más joven: una pebeta argentina que enseguida se le acercó arreglándole melosamente el pañuelo que cubría su cuello, y sobándole por los hombros le saludó retando su temple imitador de seductor porteño, en la proximidad susurrante de su fuerte aliento de tabaco y alcohol con reminiscencias azufradas: ¿Cómo estás vos querido?, acompañándole de inmediato, aunque desafinaba, en el estribillo del tango: Barrio / barrio / que tenés el alma inquieta / de un gorrión sentimental / ..., al tiempo que abrazados se dejaron arrastrar de mutua intención hacia el mostrador.

Al instante desde el interior de la barra se les acercó la venezolana de melena cobriza, marcando territorio. Saludó a él con zalamería, mientras miraba con displicencia de mastrenza a la joven camarera en la voluntad de que atendiera al resto de la clientela: ¡Vamos!, que tienes a todos estos caballeros muy apagados; quiero que sirvas copas sin parar. Al momento se acopló a ellos Sevillano con la camarera mulata, a la que la jefa caraqueña despachó con la misma indolencia y rapidez de antes; intimando conversación con los inspectores de policía.

De forma disimulada, para despiste de los clientes a los que servía sólo licor de garrafón, extrajo de debajo del mostrador un botellón de suave y añejo whisky de malta, sirviéndolo a ambos en vasos largos con mucho hielo, bajo la mirada de complicidad y beneplácito de su protector, al que ahora se habían unido el Tuerto, Luis, Jesús y, algo retrasado, el nuevo que fue inmediatamente presentado a su compañero. Sin bajarse de la banqueta en la que permanecía sentado, Mora le prodigó a Salvador una escrutadora mirada de arriba-abajo en un gesto de escéptica aprobación, algo así como perdonándole la vida, muy propio de pedante veterano hacia novato, dándole la bienvenida seguidamente con un fuerte apretón de manos que casi le hizo daño. Salvador no entendía lo que percibió visible del recién compañero: un verso suelto que campaba a sus anchas por el intrincado mundo criminal, en cuya difusa y peligrosa frontera, posiblemente, se estuviera manteniendo, siempre al borde del abismo.

No era sólo el dominio de la situación en el local, del que parecía fuera el dueño del cotarro, sino su aparente seguridad y conocimiento al hablar del submundo de la noche, del que formaba parte el ambiente cutre de aquel espacio al que Mora se mostraba perfectamente acoplado, y que, aunque sin figurar en los documentos, parecía regentarlo. Lugar de paso de policías, confidentes, macarras, mamporreros... y cualquier espécimen consustancial con aquella parte marginada de la ciudad en la que ahora Salvador estaba inmerso, recién llegado del pueblo, con sus oscuros personajes y sus complicados y peligrosos entresijos donde cualquiera se jugaba la cartera, y lo que era peor: la propia vida; submundo que --adivinaban bien-- afloraba sobre todo en aquellas intempestivas horas, cuando el resto de los habitantes de la urbe dormían: Sabemos algo del que mató a la vieja, le preguntó el Tuerto por lo bajo a Mora.

En una calle muy próxima a la comisaría, unos días antes de la incorporación de Salvador, los primeros bomberos que habían aperturado violentamente la puerta, les costó llegar hasta el cadáver de la anciana descubierto en una de las habitaciones, flotando sobre toda la basura inimaginable que se pudiera haber acumulado durante muchos años en una vivienda, y que ya había llegado hasta la puerta de entrada. Repugnancia por el mal olor y los pequeños insectos que pululaban por entre las inmundicias orgánicas, que tuvieron que vencer los cuatro inspectores del servicio de noche al mando del Tuerto, cuando los esforzados bomberos dieron paso a los investigadores de lo que parecía un crimen pues la anciana presentaba una hendidura en el cuello, en el que se alojaba, visiblemente apretado, un grueso cable eléctrico que, posiblemente, le produjo la asfixia por la señas amoratadas de su cara.

Cuando se preguntó a los vecinos, todos confirmaron las continuas denuncias por el mal olor, que, según decían, nunca fueron atendidas por los funcionarios municipales, sin aportar ningún otro dato relevante del trágico suceso, a excepción de la vecina del mismo rellano que ya en los últimos días había observado como la anciana abría la puerta con asiduidad a un chico joven, alto y rubio; señas que había observado a través de la mirilla de su puerta a la que pegaba literalmente el ojo con cada sonido de la llamada del timbre de la vecina mayor, extrañada de las visitas en la desconfianza de la solitaria vieja que nunca abría la puerta a nadie.

- Ha habido un individuo con las señas que dio la vecina pululando la noche del crimen, y hasta altas horas de la madrugada, por varios puti-clubs del barrio, en los que arrasó con la existencias de alcohol; vamos que bebió como un cosaco; le reveló Mora a sus compañeros. A él se lo había dicho su pibón venezolana, y a ésta varias de sus colegas: camareras de alterne de los bares de copas a los que visitó el mismo joven rubio, y a las que había prevenido del interés de su protector.

La Maña, desaforada aragonesa que inaugurara, muchos años atrás, el Gran Manhattan --club de alterne ahora venido a menos, al igual que su cuerpo-- en el límite con el vecino distrito policial en dirección al puerto --al que llamaban barrio chino--; le dio más detalles: Cuando entró en el bar... ¡ay maña! lo bebido que iba... empezó a desbarrar... ¡maña!... de algo de una vieja... no sé... no se le entendía muy bien porque hablaba así como farfullando y en raro, como si fuera extranjero...; ¡ay maña!, tu no sabes lo pesado que se puso con lo de la vieja; y como ya estaba muy borracho le obligamos a que pagara y le despachamos a la calle rápidamente, por donde se perdió... si tú hubieras visto ¡maña!... dando bandazos, cayéndose y levantándose del suelo como podía. Al ir a pagar sacó un pasaporte, creo que alemán... me lo dijo la Molinete que lo reconoció porque ella estuvo en Alemania de joven... además tenía ¡no sabes maña!... un montón de dinero. Informaciones éstas últimas que se guardó Mora para sí, por si en un futuro inmediato tuviera que jugar aquella baza que se escondía bajo la manga para beneficio propio: Si sabes algo más, ya sabes estamos peinando la rambla..., seguro que ha salido ya toda la mierda; le previno el Tuerto a Mora.

La pista del posible criminal, aunque fuera a medias avivó la fantasía de Salvador; el que inquirió con mucho interés sobre las señas del individuo que hablaban. Ya se imaginaba descubriendo su escondrijo --pensando que seguramente no andaba muy lejos de allí-- para apresarlo personalmente; cuando todos, despidiéndose de Mora y sus chicas, enfilaron de entre las dos calles la que les llevaba otra vez al bulevar arbolado de recios y viejos plátanos que formaban una bóveda verde-grisácea; fondo vegetal que iluminaban artísticas farolas de época, mostrando en el resplandor de sus lámparas los detalles modernistas elaborados primorosamente en el hierro fundido.

A la luz de una de ellas y desde la posición en que se hallaban, aún lejos del paseo, atisbaron al fondo la familiar aglomeración de personas: incautos transeúntes que como víctimas expiatorias del vil engaño del juego del trile, se estarían dejando, en su natural codicia de la fortuna fácil, un buen dinero; embaucados por los trileros. Era una artimaña para estafar a los viandantes y no un juego de azar, que en somera explicación captó rápidamente de urgencia el nuevo, al que enviaron en avanzadilla, ya que no era conocido aún por el mundo del hampa. El se sintió eufórico, muy contento, protagonista importante deseando entrar en acción.

¿Dónde está la bolita?... ¿en este cubilete?, no... ¿estará en este otro?, pues tampoco... ¿y en el tercero?, ¡sí señor, la bolita está aquí!, esperando que ustedes acierten y ganen la apuesta: Va  quinientas pesetas y ganan el doble por descubrir donde está la bolita... es muy fácil ganar dinero... venga apuesten y no se arrepentirán. El individuo de edad indefinida, moreno de tez, con abundante melena acaracolada de la que le caían rizos negros por la frente, publicitaba su iniquidad disfrazada de juego, mirando a un lado y otro del numeroso público congregado entre los que se hallaba en primera fila Salvador, muy atento en su proximidad al trilero, que, ahora, ante el brioso envite a la suerte de un jugador que surgió espontáneamente del grupo iba levantando rápidamente los cubiletes de plástico, intercambiándolos de posición, moviendo también la bola hasta el final; al principio con movimientos lentos antes de hacerlo con la rapidez de un ilusionista, sobre una enorme caja de cartón que le servía de mesa. Primero descubrió el de un extremo, luego el del otro para acabar levantando el que el jugador le había señalado; el del centro: ¡Sí señor, aquí está la bolita!, mil pesetas para el caballero; que no era otro que su gancho cómplice para incitar al juego a los indecisos.

Salvador que obviamente desconocía la mecánica de la troupe de fulleros que auxiliaban al principal, apenas se apercibió de la jugada del gancho, fijando sólo una misión en su mente: que aquella cara, la del trilero, no se olvidara nunca. Comprobó su color moreno, como sucio a la luz de la farola, que no ocultaba en las facciones unos acusados pliegues gestuales en el entrecejo, y otros dos que le recorrían a ambos lados del rostro, desde la nariz a la boca; pliegues que se agudizaban cuando intentaba camelar a los congregados con una impostada sonrisa de dientes de oro, que no le iba a la zaga en quilates con los de la colección de cadenas que lucía ostentosamente en la pechera abierta al hueco de la camisa, destacando el brillo del oro en el moreno de la velluda piel, en una palpable exhibición macarra.

Uno de los curiosos que se hallaba muy próximo a la caja de cartón se animó rápidamente incitado por la suerte del anterior jugador, del que, por supuesto, desconocía su condición. Esgrimió en alto el billete de quinientas pesetas que en menos de un suspiro le arrebató el individuo de pelo rizado; puso a continuación los cinco sentidos en el rápido movimiento de los cubiletes, y en esas estaba el jugador cuando oyó por detrás unos gritos antes de que alguien le empujara, sorprendiéndose de como el trilero se guardaba rápidamente su dinero en el bolsillo al tiempo que recogía con urgencia los bártulos del juego, prestándose éste último a la huida en el revuelo que el apostador no entendía, y que se había formado a continuación.

¡Agua!, ¡agua!, ¡agua!..., los gritos del vistero avisando a su compinches al ver acercarse corriendo al Tuerto y compañía, a los que hacía tiempo la panda de estafadores tenían mordidos, provocó ese instante de pánico entre los viandantes congregados, entre empujones y urgencias del trilero y sus compinches en la escapada, sin entender aquellos todavía qué sucedía; confundiéndoles aún más los gritos de fondo: ¡Alto, alto, policía!, de los componentes de la brigadilla de noche que centraron su atención en la persecución a aquel que Salvador les indicó como el actor principal. Salvador más cerca de él, salió como un resorte tras el trilero, intentando no perder de vista la espalda de la camisa que destacaba, como faro de colorines, en la semioscuridad de la calle a la que daba el lateral del gran teatro, por donde pretendía escapar.

No tuvo tiempo de apreciar la extravagancia en los detalles de los dibujos y colores de la prenda que cubría el cuerpo del trilero, ya que instintivamente, sin pensarlo dos veces, despegó del suelo y después de un increíble vuelo al que se lanzó en velocidad de carrera, le derribó como si le hubiera atacado un obús por la espalda; cayendo ambos, rodando éstos desde la acera al vial de la calzada, donde quedaron desparramados los cubiletes y la bola. Inmediatamente Salvador notó con cierto dolor el cabezazo hacia atrás del que ahora pretendía inmovilizar en el suelo rodeándolo con sus manos  --aprovechando los instantes de desconcierto en la sorpresa del perseguido-- como si fueran tenazas, al tiempo que percibió un repelente y penetrante olor a sudor y perfume barato, en el momento en el que acudían deprisa los otros policías: ¡Joder!... ¡¡¡como un kamikaze!!!, le gritaron sorprendidos sus compañeros, felicitándole ante la mirada de acojono del trilero que aún no entendía la operación derribo.

Desde aquel momento a Salvador ya no le llamaron por su nombre. Ahora era kamikaze, el joven policía que despegaba temerariamente del suelo para apresar a los delincuentes.


FranciscoMolinaGómez
(continuará)  

   
  


jueves, 6 de abril de 2017

DE LA MILI (III): SALIDAS DE PASEO










Así luzco en mi primer intento de salida de paseo, perfectamente pelado y uniformado a excepción de un detalle: me dieron una camisa de traje de paseo sin trabillas en los hombros. Tuve que agenciarme un par de ellas para, en un segundo intento, conseguir mi primer pase de salida del campamento









El casco antiguo de Cádiz --la Tacita de Plata--, bullía animado de gente aquella mañana de julio de mi primer domingo militar de paseo que ahora, en temporada alta de vacaciones de verano, habían colonizado residentes y advenedizos; llenando aquel ámbito de reconocibles y agradables sonidos --que había empezado a olvidar-- y de colorido: calles, aceras, tabernas, cafés, restaurantes...; los mismos que a la tarde colmatarían terrazas, paseos, cines, discotecas... divirtiéndose como sólo saben hacerlo los del sur: sin esperar a mañana; puede ser demasiado tarde; como si al día siguiente se acabara el mundo. Y en verdad que se acababa. Esa era la sensación real que me atenazaba conforme iba gastando las horas en libertad y se acercaba el momento de regresar a tiempo al toque de retreta . Sentimiento agravado al final de aquel día por la impresión, aunque solo fuera mía, de que todo el mundo me había estado observando con conmiseración durante la excursión festiva en mi condición de uniformado, de recluido al que habían perdonado la vida por un día.

En el reflejo, cual espejo, de las lunas de cristal de las tiendecitas que se prodigaban por las estrechas calles --al tiempo que escrutaba el interior de sus escaparates, repletos de objetos-- descubrí aquel día al extraño en el que me habían convertido; del que hasta aquel momento no era consciente: vestido de quinto con ese eterna estampa que siempre había observado durante mi adolescencia en los militares de reemplazo paseándose por Granada, con un uniforme cuyo diseño había quedado anclado en épocas muy atrás. Sus reconocibles gestos de unos rostros, por lo general, de contenida resignación a la reclusión, a la obediencia ciega, a la abstinencia de todo tipo. La imagen de continuo deambular el enclaustrado deseo sexual por los solitarios jardines, como escondiéndose, atentos al disparo del piropo soez-cuartelero al paso de cualquier chica que se cruzaba. La misma viñeta exhibiendo por toda la ciudad --entonces un mar de dibujos y colores en las vestimentas-- unas ropas que remarcaban reclusión y aburrimiento. Me observaba extrañado en el reflejo del cristal creyendo que aquella imagen era la de otra persona. Me costó reconocerme fuera del ambiente del campamento durante aquellas primeras salidas que agotaron los fines de semana del mes de julio.

Cansado de que me uniformaran en los internamientos forzosos, como si fuera un número y no una persona, y llegado este momento de mi vida no estaba dispuesto a exhibirme más veces vestido de pistolo por la ciudad en los siguientes domingos pendientes de disfrutar de mi ocio en libertad. Vino en auxilio de tan venerable propósito el conocimiento de la existencia de una casita --a mitad de camino entre san Fernando y Cádiz capital-- donde por un módico precio cambiaba mi vestimenta: del apagado traje caqui a los vaqueros y camisas de colores.

El negocio lo regentaba una señora que por la edad podía ser la madre de cualquiera de los reclutas que la visitábamos: de estatura baja; siempre risueña; muy amable y simpática; con ese deje en el habla, mezcla de la conocida zalamería y chirigota de las gentes de Cádiz; exhibía en sus comentarios y ademanes, además de la gracia gaditana, la seguridad de que aquello si no era legal, según las ordenanzas militares, al menos su práctica era costumbre tolerada y ya afianzada en el tiempo de existencia del propio campamento; dándonos a entender que aquel medio de vida era de dominio público, y, por toda lógica, de la propia policía militar. Seguramente los sabuesos de cascos, polainas, y guantes blancos --distintivos con los que se identificaban los policías militares-- participaran económicamente de lo que era más que un medio de vida: un gran negocio.

Un negocio más de los que proliferaban en los entornos de los campamentos y cuarteles, con una clientela segura que se iba relevando con cada uno de los reemplazos de llamamiento a filas, y que a buen seguro generaban unos buenos ingresos, según inicial impresión de aquella actividad, a la vista de la aglomeración de reclutas que observé en mi primer día de trasgresor de las normas militares, ya en agosto, apelotonados en la entrada de la reconocible casita aislada en el paisaje que me habían indicado. Ni en los días libres estábamos a salvo de las colas que había que hacer siempre para cualquier cosa en el campamento.

El abono del servicio te daba derecho a guardar la ropa militar en una taquilla personal de la que conservabas la chapa numerada durante tu ausencia, a fin de que al recogerla no hubiera equívocos o posibles desapariciones de ésta. Posibilidad impensable y no deseable por sus funestas consecuencias. Era preferible que te robaran la cartera al uniforme. No viví ninguna de estas situaciones: la mercancía guardada estaba perfectamente vigilada, pues de lo contrario hubiera sido nefasto para el negocio. El peligro residía en otra situación adversa distinta, de la que no fui advertido al principio y de la que vine en conocimiento más tarde.

Me vestí con la ropa de paisano que guardaba en el petate, con la lógica prisa de desprenderme cuanto antes del uniforme, y la satisfacción de reconocerme en el instante retroactivo de mi ingreso en el centro de instrucción; ansioso por salir afuera con mi nueva indumentaria; pues cerca de allí --en corto viaje en autobús-- me esperaba un día de relajo reposando sobre la arena fina y dorada de  la playa de la Victoria, pegada literalmente al caso viejo de Cádiz, y que descubrí aquel domingo de agosto, mezclado entre la gente solazándose al sol, para despintar a los policías militares que intermitentemente hacían rondas de vigilancia; y así no descubrir mi condición de ilegal civil.

Cada domingo de agosto y principios de septiembre cumplí el mismo deseado ritual: un transformismo más mental que físico en la solitaria casita de blancos encalados a las afueras de san Fernando. Era en las primeras horas de esos días un hervidero de reclutas que entraban y salían, sin solución de continuidad. Lo que se repetía a última hora de la tarde cuando nos recogíamos para llegar a tiempo al campamento. Pero un día el momento del retorno fue el elegido por la policía militar para hacer una redada; y esa fecha no era casual como después comprobé.

Sucedió el domingo anterior a la jura de bandera. Regresaba de la playa confiado en la suerte de que cada vez estaba más próximo el final de los días de instrucción militar --aunque cualquier arresto siempre pendía sobre nuestras cabezas-- y que en un corto plazo de tiempo estaría fuera de allí. Lo estaba deseando. Retornaba tranquilo, como de costumbre, andando desde la parada en la que me dejó el autobús procedente de Cádiz; atravesando --a la par que otros colegas del campamento-- el descampado donde ya visualizaba al fondo la casita que se distinguía blanca azulada en sus encalados por el reflejo del sol ya poniente que caía casi apagándose hacia la línea del horizonte. Todo me resultaba familiar, aunque desde lejos se percibía algo extraño: raramente no se observaba movimiento alguno de reclutas ni de otras personas en la inmediaciones de la casa salvo el de una persona joven que corría hacia nosotros, y que al acercarse lo pude reconocer: era uno de los hijos de la señora. Nos gritaba haciendo aspavientos con las manos mientras se acercaba a nosotros, jadeando, casi sin aliento, advirtiéndonos de algo: ¡Atrás!, ¡atrás!... ¡cuidado no os acerquéis a la casa!... ¡hay redada! Lo que hicimos escondiéndonos en los matorrales del descampado hasta el momento de ver marchar el jeep militar gris con el rótulo en grandes letras blancas: PM, y que visualizamos a rebosar de reclutas vestidos de paisano, cogidos in fraganti; siendo conducidos por la policía militar con destino hacia dependencias policiales.

Apostada la policía en el lugar, en la fachada opuesta a la de acceso a la casa, donde se habían emboscado, fueron sorprendiendo a los que iban llegando hasta que el vehículo militar estuvo lleno y acabó la operación jaula. Objetivo logrado. Posiblemente fuera aquel el cupo de arrestados por infringir las ordenanzas militares de uniformidad correspondiente al reemplazo de reclutas del llamamiento del mes de julio de mil novecientos setenta y cinco.

Me salvé como vulgarmente se dice : por los pelos, de un seguro arresto o de algo peor: la repetición del período de instrucción con el consiguiente aplazamiento de tres meses de la jura de bandera que ponía fin a aquellos días, y que ya estaba muy próxima.



FranciscoMolinaGómez
(continuará)    
     
  








miércoles, 1 de marzo de 2017

UNA DISCULPA PENDIENTE











Septiembre 1965. Grupo de internos del orfanato cuyo centro cohesionamos los cuatro estudiantes pioneros: Agustín, primero por la izquierda de pie, abrazando a un niño pequeño; Miguel, cuarto por la izquierda de pie, como apoyándose en la cabeza de otro chico; Antonio, en el centro acuclillado al lado del chico de la carpeta; el autor del blog, junto a éste último a la derecha, sentado en el suelo, a punto de desaparecer. De otra parte y segundo por la derecha de pie, casi escondido, un tal Segura, apodado Cebolla menor. Cinco protagonista para una historia. 

En bachiller adscrito al grupo de Ciencias estudié química, aunque no la deseada, sino aquella de la teoría sin prácticas, sin probetas, sin matraces, sin tubos de ensayo que envejecían en los polvorientos estantes del viejo laboratorio de la academia; cerrado a perpetuidad desde hacía mucho tiempo atrás a mi ingreso en el centro, como lo atestiguaba aquel espeso velo de polvo depositado en los utensilios de cristal, cubriéndolos de un color pardo. De eso se quejaba, y con razón, nuestro docto profesor de química don Miguel para el que aquel recinto, ahora abandonado a su suerte, había tenido sus días de gloria. Días que se podían adivinar fácilmente observando la cantidad de extraños artilugios que dormían el ocaso científico del anterior bachiller, entre la incuria del paso del tiempo. Incuria que únicamente transcendió al exterior envuelta en una nube de polvo ocre con fuerte olor a fertilizante, cuando, en una ocasión, la pelota proveniente del patio innoble aterrizó, como meteorito, entre la infinidad de tarros de cristal con los compuestos químicos ordenados en la mesa de ensayos ubicada en mitad de la estancia, después de fracturar el vidrio de la débil puerta cristalera, con visible agujero...








El guardapolvo


La verdad es que nuestra venia más sonriente en los comienzos de clase durante el curso de cuarto del bachillerato en la Academia Isidoriana de Granada se la reservábamos a nuestro profesor de Física y Química, don Miguel Montes: de mediana estatura, delgado, impecablemente vestido a lo dandy, lucía debajo del recortado bigotito una afable sonrisa, la que exhibía cordial como contestación a nuestro saludo matinal. Nuestra joven intuición detectó, enseguida de conocerle, las buenas vibraciones que hacia nosotros desprendía su persona. Estábamos tan necesitados de comprensión en aquel serio contexto, que lo hicimos --sin su permiso-- nuestro aliado.

Comenzada la clase de física, un silencio sepulcral dominaba el ambiente como telón de fondo de las explicaciones del profesor. Nos encantaba escucharle y comprobar como, a menudo, la árida lección del día derivaba, hábilmente dirigida por nosotros, hacia una amena charla sobre temas científicos de actualidad, sobre todo los que tenían relación con la astrofísica y todo aquel novedoso mundo de cohetes y astronautas... hasta el segundo trimestre: el del otro gran capítulo del libro de texto que trataba de las lecciones de química, que, curiosamente, no recogían en ninguna de las páginas del libro de texto nuestro doctorado en bombas fétidas y polvos pica-pica, pero que activó, como espoleta, veleidades ahora por el mundo científico de los ensayos químicos... y sucedió aquello... bueno no fue intencionado... todo se precipitó, y...

Espoleados por la misteriosa ciencia de la química en la que nos había introducido magistralmente nuestro profesor; y como de viejos alquimistas se tratara, interesados en lograr sustancias desconocidas hasta entonces, decidimos los cuatro iniciales estudiantes del orfanato --Agustín, Miguel, Antonio, y yo-- dedicarnos por un tiempo a la práctica de aquella rama científica que, mediante provocadas reacciones, trasmutaba las propiedades físicas de los elementos naturales puestos en contacto; convirtiéndolos en otras sustancias distintas, nuevas, quizás peligrosas --ahí radicaba el suspense de aquella aventura-- y que tanto nos intrigaba. Lo primero era definir el tipo de ensayo, los componentes que iban a intervenir en las reacciones, y establecer con bases científicas el elemento nuevo resultante.

Hablamos de varios ácidos que quedaron descartados por laxos en favor del temible ácido sulfúrico --queríamos sobre todo emoción--  al que añadiríamos en un primer experimento un trozo de cobre. Hechos los pertinentes estudios y establecidas las posibles reacciones, quedaba por descubrir la sustancia resultante; es decir poner manos a la obra, o mejor dicho al experimento. Para ello era imprescindible proveernos del conveniente material haciendo un ingente esfuerzo económico entre los cuatro. Tarea que se le encomendó a Agustín que siempre había mostrado un gran interés por esas movidas; incluso tenía ya relacionadas todas las sustancias legales que podíamos adquirir según la especialidad de las distintas droguerías que las expendían en la ciudad. También había que conseguir algún que otro tubo de ensayo de cristal, como los que existían en el viejo laboratorio de la academia. Aquello no era problema para Agustín, el que ya tenía también localizado material tan delicado. Todo lo necesario lo adquirió en la droguería Santaella de la calle san Jerónimo --próxima a la academia, y de abigarrada infinidad de comercios--. Como encimera de improvisado laboratorio habilitamos para tal fin, y al azar, una de las bancas de la clase donde estudiaban los internos en el orfanato. Nos confabulamos con la noche para realizar el ensayo, por aquello del anonimato que da la nocturnidad.

Cuando el resto de estudiantes se acostaron, y sin más testigos que los cuatro, nos dispusimos a manipular el peligroso líquido que guardábamos en seguro tarro. Con gran cuidado deslizamos algunas gotas de ácido sulfúrico dentro del alargado tubo de ensayo cubriendo rápidamente su fondo semiesférico. A continuación introdujimos un trozo de cobre de cable eléctrico y ¡hete aquí! contemplando nuestra primera experiencia química, asombrándonos del brillante efecto de cambio de color de las distintas fases de la reacción del material tratado, pasando del incoloro del ácido al azul y después al verde del óxido de cobalto; desprendiendo en el calor de la reacción extraños gases que evitamos respirar. 

Nos felicitamos por el éxito de la experiencia, guardando aquel tóxico en tarro de cristal con su leyenda: sulfato de cobre; como primera de una serie de pócimas que pretendíamos obtener en una continuada labor de la práctica química, en nuestro particular y secreto laboratorio. El morbo radicaba en el carácter letal de la sustancia lograda. Habíamos obtenido un tóxico semejante al que en plena posguerra casi acaba con todo un regimiento militar en Granada, según nos refirió en cierta ocasión nuestro profesor don Miguel, advirtiéndonos ya en el relato de sus estragos: la intoxicación masiva que cursó con vómitos y diarreas toda la tropa  a la que se sirvió una ensalada en recipiente de cobre aderezada con gran cantidad de vinagre que reaccionó con el metal produciendo el peligroso cardenillo que, en mayor o menor medida, ingirieron los soldados: La escasez en aquellos duros tiempos, iba unida con frecuencia a la ignorancia; sentenció don Miguel Montes.

A los pocos días pensamos en nuestro segundo experimento como algo espectacular, un hecho que nos sorprendiera; o mejor, un acontecimiento que nos desbordara casi sin posibilidad de reaccionar. Y no faltó razón para dejarnos sin habla. Queríamos experimentar en propias carnes el asombro de los antiguos alquimistas ante algún descubrimiento inesperado en su búsqueda de la piedra filosofal. Para ello había que huir de los ensayos controlados, de las fórmulas consabidas, de los elementos conocidos a favor de los inexplorados: aquellos que no aparecían referenciados en los documentos, como era aquella pasta gris que los domingos por la tarde y a la acción del calor, inundaba la iglesia de un humo agradablemente oloroso.

Uno de aquellos días del Señor, cuando los internos asistíamos por la tarde a los oficios religiosos --triduo dominical--, mientras los muros de las frías y alargadas naves de la iglesia reverberaban con los cánticos en latín: Pange, lingua, gloriosi / Corporis mysterium / Sanguinisque pretiosis..., uno de los cuatro, no recuerdo ahora quién, se deslizó hasta la sacristía a fin de coger prestada para nuestro siguiente experimento una de aquellas pastillas de incienso...: Nobis datus / nobis natus / ex intacta Virgine / et in mundo conversatus...: ¿Dónde estarán guardadas las dichosas pastillas?...: Verbum caro, panen verum / Verbo carnem éfficit: / fitque sanguis Christi merum...: ¡Ah!, aquí están, cogeré varias, ahora que nadie me ve. No era difícil dar con el lugar donde se guardaban: un armario que conocíamos bien por nuestra dilatada experiencia como monaguillos cuando éramos pequeños. El mismo sitio donde se guardaba el dulce vino de misa y al que mostramos siempre cierta querencia. Una vez en nuestro poder la exótica sustancia de reminiscencias bíblicas, convinimos mezclarla con el ácido sulfúrico sobrante, en una segunda jornada de prácticas de química, cuyo día, lugar, y hora no publicitamos entre los demás estudiantes. Como en la anterior experiencia nos resguardamos de curiosos y mirones aprovechando las sombras de la noche.

La expectación y el nerviosismo eran patentes en nuestro ánimo cuando, al fin solos, pudimos disponer el material sobre la encimera del mismo pupitre en la que se fraguó nuestra anterior experiencia química, y que había constituido todo un logro. No había motivo para cambiar de banca. Contemplé durante unos segundos, examinando sus dimensiones y grosor, el tubo de ensayo que me había dado Agustín, pues aquella vez me tocaba sostenerlo durante todo el experimento. Agarré decididamente el tubo de cristal inclinándolo para que otro de mis compañeros introdujera más fácilmente el ácido sulfúrico que rápidamente se alojó en su parte más profunda, cubriendo un par de dedos por encima del redondeado fondo.

Estabilizado el ácido procedimos a continuación a mezclarlo con el fragmento de incienso proveniente del troceado de la pastilla que habíamos sustraído de la sacristía, y que celosamente habíamos guardado para aquel momento. Entrar en contacto ambos elementos y comenzar una extraña reacción burbujeante de acelerada ascensión hacia la boca del tubo de ensayo, fue sólo unos segundos; el tiempo suficiente para deshacerme del cilindro de cristal con la desconocida sustancia que amenazaba quemarme la mano, envolviendo rápidamente el tubo de ensayo con un  guardapolvo  --que cogí del respaldo de la banca-- ; el que lo mantuvo en posición vertical sobre el asiento del pupitre --donde perentoriamente lo dejé por razones obvias--  merced a la amalgama del tejido que le circundaba; justo en el momento en que la espumante sustancia desbordaba la embocadura del vidrio, desparramando sobre la fina tela de rayas azules la viscosa pasta gris que rápidamente se iba extendiendo quemándola, conforme la invadía, avanzando hacia el total de la prenda con un cerco de color negro y aspecto chamuscado, ante nuestras sorprendidas miradas que reflejaban terror.

En aquellos instantes desconocíamos si una vez quemada la bata, la sustancia se cebaría con la medara del asiento, y ¡quién sabe! si con el resto de bancas; y de éstas a la combustión del aula sólo un suspiro; después se extendería al resto del pabellón; y, posiblemente, más tarde a todo el orfanato... Para nuestra tranquilidad aquello fue decreciendo hasta detenerse cuando se consumió toda la extraña sustancia de nombre y formulación desconocida, pero de consecuencias devastadoras. Del guardapolvo solo quedó un minúsculo e irreconocible resto calcinado. Lo que apremiaba de inmediato era tranquilizarnos y pensar cómo hacer desaparecer, sin dejar rastro ni huellas, el instrumento auxiliar del delito; es decir lo que quedaba de lo que  poco antes era un guardapolvo. En aquel momento comprobé con preocupación como me escocía una pequeña quemadura en la muñeca de mi mano izquierda. Con todo el barullo no sentí la gota de la reacción que me había salpicado, dejándome una casi imperceptible marca que aún conservo.

Al día siguiente lejos del orfanato nos deshicimos de aquel resto calcinado, a la vez que nos conjuramos en no contar el incidente, ni el posible paradero de aquella prueba comprometedora; con final, posiblemente, en seguro vertedero. Semejante precaución no era baladí, pues sin quererlo, ni pretenderlo, habíamos condenado a su propietario o, mejor dicho, su depositario --un interno apellidado Segura y apodado Cebolla menor; por más señas hermano pequeño del Cebolla mayor--  a la peor de las penas: la cadena perpetua. Mil veces que se le interrogó  sobre la desaparición de la prenda, mil veces exteriorizó su perplejidad, y mil veces no le creyeron. Aunque repetidamente esgrimió su desconocimiento por lo que se le preguntaba, se le castigó sin postre y sin recreo hasta que apareciera el guardapolvo. Obviamente nunca apareció. ¿A ver quién era el valiente que se confesaba culpable del suceso en aquel rígido contexto, con la espada de Damocles siempre gravitando peligrosamente sobre nuestras cabezas?

Aquella imaginaria visión del orfanato ardiendo por los cuatro costados, con los dedos acusadores señalándonos como los culpables, hizo que desistiéramos de los misterios de la química por descubrir... bueno en realidad aquel temprano abandono tuvo que ver más con la necesidad de evitar acabar con todos los guardapolvos de los chicos... o tal vez lo más seguro es que nuestras ya crónicas carencias económicas nos impidieran seguir con los experimentos. La verdad es que lo dejamos pero sin contarle al afectado el episodio de la volatilización de su guardapolvo y el destino final de sus restos en alguna papelera pública de la ciudad. Claro que durante este tiempo nosotros veíamos a la víctima expiatoria de un acontecimiento que nos desbordó; nos cruzábamos con él sabedores de los castigos que perduraban en el tiempo y que por nuestra culpa le habían infligido; nos compadecíamos, eso sí, pero ni mú de la prenda quemada... sabíamos que con el paso del tiempo los castigos se diluirían hasta desaparecer, como así sucedió alegrándonos por ello, proveyéndosele de un nuevo guardapolvo a estrenar. 

Señor Segura, cualquiera que sea el lugar donde te encuentres, si al leer este episodio nos tildas de canallas, ten a buen seguro que lo entiendo. También entenderé que te acuerdes, y no de forma amistosa, de todos nuestros familiares. Lo que no entendería es que no aceptaras en mi nombre y, estoy seguro, también en el de mis compañeros nuestras disculpas. Nunca es tarde para disculparse. Gracias de antemano.


FranciscoMolinaGómez